“Querido Romeo,
Soy una de cuatro hermanos, pero con quien más afinidad he tenido siempre ha sido con mi hermana menor, Gracielita, quien es también la más cercana a mí en edad.
Desde niñas solíamos salir y hacer travesuras juntas y nos llevábamos de lo mejor, pero la cosa empezó a cambiar un poco de tono cuando nos hicimos mayores y comenzamos a interesarnos en el sexo apuesto. Digo, opuesto.
Como es natural, por ser la mayor, yo fui la primera que empezó a salir formalmente con un chico. Se llamaba Jaime, estaba estudiando en la UPR –yo estaba todavía en tercer año de la high- y me trataba de maravillas. Llegó hasta el punto de que incluso empezamos a hacer planes para casarnos y todo eso. Un día hasta lo llevé a casa para que mis padres lo conocieran y no pensaran que era un loco por estar estudiando para ser comentarista de deportes con lenguaje de señas, pero lo malo fue que también conoció a Gracielita.
Ella siempre ha sido así, bien efusiva y cariñosa… algunos la llamarían incluso ‘esmandá’’. Y parece que esa noche, como sabía que yo iba a llevar a mi novio, se puso una de esas minifaldas bien apretadas que apenas llegan hasta el ombligo y en determinado momento, cuando estábamos todos en la sala conversando, prendió el sistema de música y empezó a bailar de una manera que hasta yo estuve a punto de introducirle un dólar en la cintura.
Mis padres, claro, lo cogieron a broma, como cogen casi todo lo que ella hace, pero yo no pude dejar de darme cuenta de que a Jaime se le salían los ojos.
A fin de cuentas, la cosa fue tan mal que esa misma noche rompí con él.
Luego pasaron los días y fue evaporándoseme el coraje con mi hermana, aunque no con él: yo me decía que si hubiese sido un hombre serio, fiel a sus sentimientos, muy bien hubiese sabido resistir esa tentación, pero que si no lo había hecho… lo mejor era eso, que se fuera bien lejos.
La cosa es que una noche, al regresar de la disco, entré a la casa, prendí la luz de la sala y… ¿saben qué? Allí estaba Gracielita, dándose tremendo besuqueo con mi ex en pleno sofá.
A él ni lo miré pero a ella le solté varias verdades: “No tienes vergüenza”, le dije, “mas nunca voy a confiar en ti”.
Unos dos meses después, conocí a Ruppert y nos hicimos novios. Todo fue tan bello, pero después de unos cinco meses juntos tuvimos una discusión muy fuerte y nos dejamos. A los pocos días de eso, Gracielita vino y me confesó que Ruppert le gustaba, que era el hombre de sus sueños y que no sabía cuánto me agradecía que ya yo no estuviera con él para no tener que quitármelo.
Ahí vine yo y le dije que anduviera con cuidado porque aunque Ruppert y yo habíamos roto, todavía seguía habiendo algo entre nosotros y no descartábamos volver algún día.
Cuando ella oyó eso, me dijo que quería llegar a un acuerdo conmigo para arreglarlo todo: que llamara a Ruppert y que cuando él estuviera en la casa, yo dejara que él la besara a ella.
“Si haces eso”, me dijo, “pase lo que pase, te juro que más nunca te voy a quitar a ningún novio”.
La noche siguiente, luego de recibir mi llamada, Ruppert llegó de su trabajo sin tener todavía tiempo para quitarse el oloroso uniforme que usaba en la pizzería.
Ahí le expliqué todo: “Ruppert”, le dije, “estoy considerando la posibilidad de que volvamos. Pero, para poder tenerme de nuevo contigo, primero tienes que hacerme un gran favor”.
“Lo que sea”, me dijo él.
“Pues tienes que besar a mi hermana”.
Ahí fue que empecé a darme cuenta de que era un tipo bien especial: se negó ciegamente, diciéndome que él me amaba. Cuando por fin accedió, me dijo: “Que conste, esto lo estoy haciendo por ti”.
No duraron ni cinco segundos.
“Ese beso no significa nada”, me dijo Ruppert inmediatamente. “A quien quiero es a ti”..
Cuando vi sus intenciones, le pedí que primero se lavara la boca. Entonces nos besamos. Sentí algo tan hermoso que no sé explicarlo… como maripositas en el estómago. Al día siguiente me llamó diciéndome que quería volver conmigo y yo le dije que también quería volver con él.
Pero, aunque me dio su palabra, mi hermana sigue por ahí, tratando de coquetear con él, aunque él no le hace ni caso.
Mi pregunta es una, querido Romeo: ¿tengo que alejarme de mi hermana o soy yo la que estoy haciendo mal en presentarle a mis exnovios?"
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Las dos cosas, querida amiga. De paso, ¿no me la podrías presentar un día de éstos? Ah, y ¿podrías decirle también que una vez fuimos novios? No sabes cuánto te lo agradecería.
La ñapa
Hay chistes tan tontos que, de todos modos, causan risa. Como éste, oído los otros días:
“Mamita, ¿qué quiere decir la palabra 'elección'?”
“Es lo que tiene un chino cuando se excita sexualmente, hijo mío”.
romeomareo@elnuevodia.com

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