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Romeo Mareo

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11 de julio de 2013

La guerra de los treinta años

 

Marta se había mantenido en contacto con algunas de sus viejas amigas de la ‘high’ después de graduarse, así que estas le habían mantenido informada cuando se organizó el ‘class reunion’  del décimo aniversario.

Pero Marta decidió no asistir a ese baile, celebrado en un popular club nocturno, como tampoco fue a la actividad del vigésimo aniversario.

Cuando anunciaron en la prensa la actividad de los treinta años, sin embargo, Marta consideró que por fin estaba lista para entrar en acción.

Tal como lo esperaba, prácticamente nadie la reconoció cuando llegó al lujoso salón de baile del hotel en el que se celebraba esta vez la actividad, como correspondía a una clase de escuela privada de la que habían salido numerosos abogados, médicos y hasta criminales de gran renombre y fortuna.

Bien es verdad que ella iba sola, mientras que la gran mayoría de sus excompañeras de clases iban orgullosamente escoltadas por sus maridos y sus hijos ya mayores Pero  Marta iba sola por decisión propia, al contrario de como le había ocurrido en su 'senior prom', cuando por estar tan esperanzada en que determinado muchacho la acompañara, a fin de cuentas ella terminó yendo sola cuando la anhelada invitación no se produjo.

Pero esta vez, ella sabía que su apariencia misma evitaba que alguien pudiera sospechar que no hubiera conseguido pareja: era una mujer alta, de sonrisa radiante, que lucia un traje de diseñador caro y uno de esos peinados tan sencillos que necesariamente tenía que haber sido confeccionado por un estilista de primera,

En fin, estaba deslumbrante y, cuando saludaba a una vieja amiga, ésta invariablemente le decía: “¿Marta? ¿De verdad eres tú? No te pareces en nada…”.

Entonces se le quedaban mirando, como queriendo descifrar si su  atractivo se debía al arte de un buen cirujano plástico, como era el caso de muchas de ellas. Pero no era así: lo suyo era completamente natural.

Finalmente Marta vio a Romualdo. De la misma manera que él había sido la causa de que Marta se ausentara de las fiestas del décimo y vigésimo aniversario, también había sido él quien le provocara deseos de asistir a la actividad del trigésimo aniversario.

Seguía siendo alto, naturalmente, y conservaba algo de la sonrisa despectiva, abusadora, que había arrasado con tantos corazones femeninos –y algunos masculinos también- para la época en la que él  no tan solo era un estudiante de honor, sino el mejor atleta de la secundaria.

 Y entre esos corazones arrasados, naturalmente,  había estado el de ella.

Claro, treinta años atrás,  asediado como estaba por tantas beldades, él apenas se había percatado de su existencia, y de seguro hubiese quedado muy sorprendido si él se hubiera enterado de que Marta guardaba un álbum repleto de fotos suyas, recortadas del periodiquito escolar en él que siempre aparecía una foto suya, la mayoría de las veces en la portada.

Y no solo fotos: a lo largo de ese último año de 'high school', cuando ya ella se había abandonado por completo al enchule, Marta también le había echado mano a algunas de sus pertenencias: la peinilla que una vez había encontrado debajo de su escritorio, por ejemplo; un lápiz que Romualdo le había prestado alguna vez; una goma de borrar gastada que él había echado al zafacón y luego ella había rescatado amorosamente.

Al acercarse la fecha del 'senior prom' Marta descartó todas las parejas que le fue proponiendo su madre, quien estaba convencida que era muy dudoso que, abandonado al libre albedrío, algún muchacho hubiese invitado a una chica tan tímida y tan poco atractiva.

Y Marta no tan solo los descartaba porque supiera que se trataba de hijos de las amigas de su mamá, unos pobres tipos que de seguro habrían sido objeto de todo tipo de amenazas de parte de sus padres.

No, Marta los descartaba también porque no perdía la esperanza de ir con Romualdo, una esperanza que se cifraba en la carta introducida secretamente en su 'locker', una carta profusamente perfumada en la que ella le declaraba todo su amor.

Pero Romualdo nunca se dio por enterado.

Y ahora estaba allí, 30 anos después, tal como le había visto recientemente por accidente en un supermercado, visión que fue lo que la decidió a acudir esta vez a la fiesta de aniversario.

 Allí estaba ahora Romualdo, o por lo menos lo que quedaba de él: aquel hombre calvo y medio encorvado, flaco pero panzón, tenia tanta relación con el supremo galán de antaño, como la esplendorosa Marta de ahora la tenía con su versión de 30 años antes.

La vida era así: algunos decaen con los años, y otros, como ella, sencillamente florecían un poco más tarde.

En fin, Marta se le acercó y lo saludó.

“No te digo mi nombre, porque lo más probable es que ni te acuerdes de mi”, empezó a decirle ella, recitando un texto que llevaba años redactando en su corazón.

“Lo único que te quiero decir es que hace mucho tiempo estuve enamorada de ti y tú ni te diste cuenta de ello”, agregó.

Casi involuntariamente, Romualdo comenzó a desenvainar su vieja sonrisa de galán asesino.

“Pero tuve suerte: no me ha ido mal”, continuó ella. “Mi marido es rico y guapo, tenemos unos hijos hermosos… y lo mejor de todo es que ahora, cuando te veo, me doy cuenta del gran favor que me hiciste”.

Treinta años esperando… pero había valido la pena.

Romeomareo@elnuevodia.com

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