Es verdad, como han dicho algunos en días recientes al intentar afrontar la espantosa cantidad de asesinatos ocurridos este año, que un simple número no tiene demasiada importancia y que el muerto uno significa tanto como el mil.
No obstante, hay un significado profundo que sí tiene la fatídica cifra de mil muertos alcanzado este fin de semana: en momentos en que la marejada de sangre que nos ahoga comenzaba a insensibilizar a la población con respecto a esta violencia que nos enfiebra, el récord de asesinatos alcanzado ha puesto de nuevo a pensar a mucha gente en lo terrible de esta dolorosa situación por la que atravesamos.
Las noticias ya cotidianas de que a un fulano "se le acercaron varios desconocidos y sin mediar palabra le hicieron varios disparos que lo alcanzaron en diferentes partes del cuerpo" habían dejado de importar. Sólo cuando el asesinado era un notorio, un niño, una mujer, un anciano, un inocente o el crimen ocurría en un lugar inusual se le prestaba un poco de atención.
Este momento en que el país vuelve a pensar en el asesinato nuestro de cada día es tal vez adecuado para que otra vez pausemos un momento y reflexionemos en las aciagas implicaciones que tiene para nuestro país, para nuestra sociedad y para nuestra vida colectiva el horror permanente en el que vivimos.
La cifra de mil muertos no importaría tanto si no supiéramos que vamos camino a superar por más de 150 los 983 muertos del año pasado, y que si, como parece, se mantiene la tendencia el 2011 terminará con cerca de 1,150 asesinatos, 419 más que hace apenas cuatro años, un horrendo aumento de 57% en la cantidad de asesinatos en tan corto periodo. Esto, en palabras sencillas, significa que el problema, con todo lo grave que ya es, está empeorando a pasos agigantados.
Mientras esto ocurre, los que nos gobiernan y los que aspiran a hacerlo o no se han enterado de la gravedad y complejidad del problema, o les falta imaginación para afrontarlo. Siguen prometiendo las mismas cosas que hace décadas se vienen haciendo con los resultados que ya conocemos: la peste a cadáver que arropa cada mañana puertorriqueña.
Prometen más policías, más guardias nacionales, más armamentos, más restricciones, más campañas de valores y menos derechos civiles.
Se culpan unos a otros mientras la sociedad se sigue desintegrando y más gente recurre al plomo, al puñal y al tubazo para resolver cualquier diferencia. El político podría cooperar si quisiera, ejerciendo un discurso menos divisivo y beligerante, dando ejemplo de trabajo, justicia y honestidad, deshaciéndose de la actitud de marcar terreno y de captura de botín que caracteriza la gestión pública, demostrando, con hechos, no con palabras, que el país nos pertenece a todos y no solo a los del partido en el poder.
El político podría ayudar si quisiera, pero para eso tendría que asumir la impensable actitud de hablar con la verdad y decirle de frente al público que éste no es un problema que se puede resolver en cuatro años. Si de verdad a todos los interesara resolver este problema, dejarían las soluciones fáciles y asumirían los proyectos a largo plazo y tremendamente complejos que, dentro de mucho tiempo, podrían mostrarnos la luz al final de este largo túnel.
Todo el mundo sabe cuáles son esas soluciones. Entre otras, un plan a largo plazo para despolitizar el Departamento de Educación y hacerlo que cumpla su función de levantar generaciones menos vulnerables a la tentación del dinero fácil; fomentar el trabajo y no la dependencia; respetar la dignidad de cada cual y dejar de estar marcando diferencias entre unos y otros; un modelo económico de participación y oportunidades para todos, no solo para los allegados al poder; una policía que pueda esclarecer al menos algunos delitos.
Todas, por supuesto, toman más de un cuatrienio, de dos cuatrienios. Requieren, además, que se entienda que los recursos del Estado no son sólo para unos pocos. Por eso es que al político no le interesan. Por eso, precisamente, es que la soluciones tenemos que fomentarlas nosotros los que no somos parte de este vetusto sistema político.
Nuestras calles están teñidas de sangre. En cada esquina, resuenan las voces de ultratumba de los mil muertos de este año y de los muchos otros miles de años anteriores y se oye el eco profundo del llanto desgarrador de todas las madres, padres, hijos, hermanos, abuelos, amigos, queridos de esos que cayeron en esta absurda guerra.
Es hora de que los escuchemos.

Benjamín Torres Gotay ha ejercido el periodismo de manera ininterrumpida desde su graduación de la U...


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