Yo recuerdo que cuando surgió aquella acusación contra Rommel Cintrón, alias “Peluquín”, un individuo que fue sorprendido con tres presuntas menores de edad en una casa de Río Grande, y que se disponía a ofrecerlas como prostitutas, el Departamento de la Familia dijo que había intervenido para tomar custodia de las niñas. Eso quedó ahí.
Seis meses después, resulta que una de las perjudicadas aparentemente escapó a Santo Domingo. Otra, según fuentes de este diario, alegó que había engañado a Rommel diciéndole que tenía 18 años, cuando en verdad tenía menos. Y aún existe otra versión de que una de ellas no era menor, pero Rommel la mercadeaba como tal. Nunca supimos si las muchachas tenían padres o tutores, o si Familia les siguió la pista.
El caso es que “Peluquín”, aquel oscuro personaje acusado en principio de prostituirlas, está en la calle bajo fianza, lo cual ha levantado ronchas en el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.
El director de esa agencia, Roberto Escobar, ha declarado que sus agentes reunieron suficiente evidencia para documentar la acusación más grave, que al final fue desestimada.
Rommel, que no es el zorro del desierto, sino el de la jungla hotelera, presuntamente era el contacto para que algunos turistas u hombres de negocio pudieran divertirse desnudando niñas. Con él habrían colaborado empleados de hotel y personal de algunas discotecas. También ha trascendido que, como el turismo no es muy consistente, Rommel prestaba servicios a envarados caballeros del patio.
Al final, para poder salir bajo fianza, hizo admisión de culpa en un caso más leve, aceptando haber escondido a una niña que fue contratada para tener sexo con un “acaudalado hombre del Condado”.
A estas horas, no sabemos si el “acaudalado” ya hizo las maletas para partir antes que salga a relucir su nombre, o si le han retirado el pasaporte, anticipándose a cualquier intento de evasión, o si ya está cantando como seguramente lo hizo Rommel.
Hay que darle el beneficio de la duda a la Fiscalía federal, que ha insistido una y otra vez en que combatirán la pedofilia y el tráfico de seres humanos, caiga quien caiga en el País. Si es así, una mañana de éstas nos despertaremos con la noticia de que se han realizado arrestos, de acaudalados y compinches, quienes al enfrentarse a las cámaras dirán que son inocentes, familiares y vegetativos.
No obstante, ahora mismo deben estar moviendo Roma con Santiago para salir airosos.
En el momento en que atraparon a Rommel, trascendió que la selecta clientela de este hombre no siempre se conformaba con que la presa fuera menor de 18 años, sino que exigía que no pasara de 15, y a menudo pagaba sumas adicionales por atributos específicos.
A todas estas, Rommel llevaba una originalísima doble vida en la que, por el día, se desempeñaba como librero. Esto es literatura. No mía, claro, sino de la que genera la vida real.
En una época, “Peluquín” tenía o regentaba una librería en el área de Humacao, que al final creo que la vendieron, pero que llevaba el sugerente y bien plantado nombre de “El Búho”. Según mis fuentes, el establecimiento se dedicaba mayormente a la venta de libros escolares. La suerte es que esos libros los compran por lo regular las madres, que aunque tengan 25 años, son ancianitas para los gustos de los clientes de “Peluquín”.
Uno pensaría que un tipo sumergido en ese lodazal, se acuesta al despuntar el día y se levanta hacia el atardecer. A esa hora escucha los recados que le han dejado en el contestador, hace un par de llamadas, se afeita, se pone o no se pone peluca, se viste discretamente y sale a dar la ronda hotelera. Por el ladito, se ocupa de los asuntos delicados: los acaudalados que por sus caudales quieren lo inalcanzable y que son los más difíciles de complacer.
“Peluquín”, que en el mundo del libro no era “Peluquín”, sino Rommel, yo no sé si leía, pero por sus manos pasaban la página impresa, los títulos de la ficción y hasta los nombres de los autores.
A última hora, se apartó de todo eso y presumía de lo bien que le iba comprando y vendiendo propiedades. Se dejaba caer por Barrio Obrero, escurridizo en su perfil bajito: un carro del montón, ropa gastada, la peluca siempre un poco arisca. Tiene un mundo de información entre oreja y oreja. En todos estos años, ha podido escuchar un sinnúmero de peticiones retorcidas. Y apuesto a que podría enredar a más de una figura de la alta sociedad.
Por eso, todos quedamos boquiabiertos cuando a Rommel se le sacó a la calle. El primer boquiabierto, supongo, fue el agente a cargo del operativo original, el que supuestamente engañó a Rommel diciéndole que unos colombianos estaban interesados en las niñas. Si era para colombianos, musitó meditabundo Rommel, en vez de los $1,500 que cobraba siempre, les pediría $1,700, de los cuales cada menor recibiría $500.
Luego las niñas dijeron que de $500 nada, que sólo les daban $100. Y encima se les descontaba un dólar por condón.
Toda esa podredumbre hay que refrescarla ahora, para ver en realidad cuáles fueron los trámites que realizó Familia, y a qué puerto, si hubo alguno, pudo llegar con ellos. En cuanto a “Peluquín”, apuesto a que observa los libros en el horizonte. Son un refugio siempre, en la celda real o en la imaginaria. Novelas magníficas como “Los enamoramientos”, de Javier Marías, que terminé hace poco y aprovecho aquí para recomendar.

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