¿ Es normal que en Puerto Rico se construyan escuelas herméticas, casi sin ventanas, que dependen exclusivamente del aire acondicionado?
Pues no. Pero hubo un contratista, hace algún tiempo, que se llevó una subasta del Gobierno y construyó en Maunabo una de esas escuelas que no están diseñadas para este clima, sino para las inclemencias del invierno en Vermont.
Como ya dije, la escuela casi no tiene ventanas, y las pocas que tiene están selladas con paneles plásticos. Incluso, para parecerse más a los planteles de las zonas frías, añadieron en las paredes unos cubos de cristal que, en el caso de Maunabo, actúan como lupas y generan un calor intenso.
Claro, en otros países esos cubos de cristal se usan para que la luz natural sea utilizada al máximo. Pero aquí tienen el efecto contrario: convierten el lugar en un horno. El costo energético y el nefasto ejemplo ambiental que esto representa para los niños, es otra muestra de lo poco que se reflexiona.
Se necesita tener un cerebro de mime -de mime espiritualmente nórdico- para autorizar ese tipo de construcción en un país tropical, donde los edificios deberían abrirse a la Naturaleza, con ventanas dispuestas de la manera más inteligente, que potencien las brisas cruzadas y sean capaces de minimizar el calentón del sol.
En esa escuela de Maunabo se han visto obligados a colocar decenas de unidades de aire acondicionado para poder dar clases. Lo que sucedió, recién instaladas las máquinas, era de esperarse: poco antes de que terminara el receso navideño, los delincuentes se llevaron el cobre de los compresores que estaban en el techo. A causa de eso, los niños no pudieron empezar las clases en la fecha prevista.
El episodio es consecuencia de la improvisación y de la tendencia a reproducir lo que los políticos ven cuando van de paseo por Estados Unidos. Sería bueno saber cuántas escuelas se han construido siguiendo ese diseño, y si el flamante arquitecto que lo recomendó se ha llevado como premio otros encargos.
En lugar de aprovechar la arquitectura para dar lecciones de estética y conservación a los estudiantes, se fomenta otra cosa, otra mentalidad. En este caso, la dependencia absoluta de las consolas de aire acondicionado. Basta que se vaya la luz durante un par de horas o que surja otro evento de envergadura, tal como ocurrió con el robo del cobre, para que todo el mundo se quede en el aire: niños, padres y maestros.
Lo normal es que, aunque un edificio se construya pensando en que habrá climatización artificial, haya un plan alterno para los imprevistos: se abren las ventanas y las clases no se interrumpen. En la escuelita de Maunabo no se pueden abrir las ventanas. Surrealista, pero constatable.
Avanzamos en la dirección opuesta en muchísimos aspectos, y no sólo en lo referente a la construcción de las escuelas. En los nuevos edificios de vivienda, salvo contadas excepciones, se siguen empujando los modelos pensados para un reducido grupo de personas, de alto poder adquisitivo, que pueden y gustan de incurrir en gastos extravagantes de electricidad. Por eso hay tantos condominios vacíos.
Que, por cierto, hablando de los que están vacíos, y sobre todo los que están a medio construir, he notado que abundan en la zona de Hato Rey, como barcos fantasmas sin ninguna vida. La pregunta es: ¿cuánto aguantarán sin deteriorarse y convertirse en estorbos públicos? Porque supongo que el costo de dar mantenimiento a esas moles que de noche quedan totalmente a oscuras, debe ser gigantesco.
Cuando pase un poco toda esta conmoción de la burbuja inmobiliaria, y, forzados por las circunstancias, los interesados se pongan a reflexionar en el mercado y en las realidades del País, tendrán que incluir en el debate estos temas de la construcción responsable, con los pies puestos sobre la tierra, pero sobre la tierra en que vivimos, no sobre la de Vermont o la de Minnesota.
En cuanto a la escuela de Maunabo, la pregunta de rigor es ésta: cuando la estaban construyendo, ¿nadie en el Departamento de Educación se dio cuenta de que había algo raro en ese concepto de búnker casi sin ventanas? Y cuando se hizo la requisición para las unidades de aire acondicionado, ¿le pareció normal al que la recibió destinar esa barbaridad de equipo, como 45 unidades, para una sola escuela? A saber quién se llevó la subasta.
Es de vértigo el asunto, porque ahora habrán tenido que encargar algún sistema de seguridad para proteger los compresores y que no vuelvan a robarse el cobre.
Si me permiten dar una idea, en las ventanas podrían poner cortinas de paño con forro de piel de reno. Es una costumbre sueca que saco de las novelas de Stieg Larsson.

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