En el año 1954 cursaba mi segundo semestre de ingeniería en el Colegio de Mayaguez. En el verano de ese año me mudé para la casa de un tío mío en el Condado para jugar con los Cangrejeros del Santurce en el Basket Boricua.
Aficionado al fin y ya casado, vivía de cupones familiares y dietas que, de vez en cuando, me obsequiaba el apoderado Wiso Purcell. Había rechazado una mejor oferta de Ponce optando por unirme a mis amigos y compañeros del equipo sub campeón de 1951 incluyendo a mi ídolo Pedro Ismael Prado y a mi 'coach' Víctor Mario Pérez. Formábamos un trabuco campeonil. Los Leones evitaron ese gran propósito pero esa es otra historia.
Salvador V. Caro, 'eterno colegial' y padrino de todos los colegiales como yo, enterado sobre mi precaria situación económica, me consiguió un trabajo en una de las brigadas que trabajaba en la construcción de un enorme aeropuerto en isla verde. Y así todas las madrugadas, exactamente a las 5:30 mi 'grupo' me recogía en mi hogar para llevarme a unas de las pistas del proyecto.
Allí, asistía a un técnico de suelos, con quien aprendí a hacer las pruebas pertinentes que garantizarían la consistencia y solidez del terreno para que se convirtiera en una pista segura para el aterrizaje de aviones comerciales de todas las dimensiones.
El día lo pasaba con este joven que no era ingeniero pero sabía muchísimo de lo que hacía y no fueron pocas las veces que venteaba su frustración diciéndome algo así como; “ “cosas tiene la vida, tu, que no sabes un carajo de estos procedimientos, algún día vas a ser ingeniero y te harás de muchos chavos mientras yo, si no estudio y me hago de un título, seguiré haciendo lo que hago ahora”.
Tenía razón en todo lo que dijo excepto en una cosa: nunca hice mucho dinero. No recuerdo su nombre pero cuando lea esta columna , si la lee, se acordará de su discípulo.
Sería hiperbólico alegar que por esos tres meses de trabajo 'forzado' una parte del aeropuerto internacional Luis Muñoz Marín es mía. Pero ahora que se debate la titularidad de esa obra monumental que hicimos manos puertorriqueñas me entristece el que otros puertorriqueños , graduados quizás de Harvard y Yale y con doctorados que los distinguen, no hayan podido administrar y mantener exitosamente una obra que tanto significa para todos los puertorriqueños; los de aq uí y los de allá, porque, no se engañen compatriotas, ese aeropuerto es nuestro , no solo porque se ubica en Puerto Rico y porque lo construyera el músculo y la inteligencia boricua, sino porque SOMOS LOS PUERTORRIQUEÑOS su mayor y mejor clientela.
Para mí, el aeropuerto de una NACIÓN es tan sagrado como su Capitolio.
Los detalles que se exponen en los medios de comunicación calificando el alquilar mi aeropuerto por 40 años incluyen suma y resta de números; de deudas; de balances financieros , de salarios y el desempleo y un referéndum entre economistas lo resume como UN MAL NEGOCIO.
Si ese contrato se firmó en octubre del 2011 se hizo a espaldas del Pueblo. Y ahora resulta que Alejandro tiene que validar lo que firmó Fortuño. Pudo haber vendido La Fortaleza. ¿ Y entonces qué ?
Mucho me requetejoroba el eufemismo de Alianza Público Privadas. Pura vaselina capitalista. Suena bien pero como duele. Pensar que los puertorriqueños no podemos administrar eficientemente servicios que son esenciales para nuestro Pueblo es dar pábulo a las inferencias de que somos brutos o vagos; o las dos cosas.
A veces pienso en mi Puerto Rico; porque lo he vivido por ocho décadas, porque lo conozco, porque lo quiero y quiero a su gente.
Una vez, Luis Muñoz Rivera, desahogándose de frustraciones al ver como los 'americanos', además de mantenernos como colonia estaban comprándolo todo (centrales azucareras, tierras etc.) sentenció : “ “En Puerto Rico ya nada es nuestro”.
Terminaré con una expresión que viene muy al caso.
MI AEROPUERTO ES PUERTO RICO.
Y la patria ni se vende ni se alquila.

José Santori Coll nació en Santurce y luego de estudiar en el Colegio San José de Río Piedras termin...


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