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Romeo Mareo

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23 de noviembre de 2012

Mi amiga, mi rival

 

Señor Romeo,

Todos los sábados, cuando no está lloviendo, mi amiga Sandy y yo nos encontramos temprano en la mañana frente a la playa de Ocean Park para pasarnos todo el día soleándonos, jugando a la paleta y bebiendo algunas cervecitas.

Es nuestra manera de relajarnos y de olvidarnos de las presiones de la semana laboral: ni siquiera estamos en plan de fijarnos en los chicos ni nada de eso, lo cual es bastante chévere, puesto que a veces se pone en un plan de competencia conmigo bastante desagradable.

Bueno, pues uno de esos sábados, ocurrió que Sandy se había metido al mar a dar un par de chapoteadas cuando, de buenas a primeras, yo sentí que una sombra brumosa me cubría todo el cuerpo. Cuando miré hacia el cielo, vi a este hombrón forrado de músculos que parecía una combinación de Brad Pitt con el actor ese que sale en las películas de Twilight, que me preguntó: “¿Te molesta que me siente por aquí?”

Bueno, pues cuando Sandy vino saltando como una loca desde el agua al ver aquella aparición, yo, conociéndola, ya había hecho mi trabajo:  había entablado un 'rapport' tal con el muchacho, que se llamaba Jason, que él ni siquiera miró a mi amiga cuando se la presenté y al poco rato él estaba invitándome a comer unos helados en  un negocito que queda cerca de la playa.

Esa tarde, cuando volvimos a encontrarnos para ir a la disco con otras amigas, vi a Sandy tan rara y poniendo tanta bemba que tuve que preguntarle si estaba molesta por algo.

“Pues, sí”, respondió.

Entonces me dijo que se había sentido ofendida por la forma en que la había tratado en la playa, y que apenas habia dejado que ella hablara con Jason. Para colmo, agregó, yo tan solo no la había convidado a ir a comprar los helados, sino que ni siquiera le había preguntado si quería uno

 “¿Qué tú creías, que yo iba a tratar de piratearte el gevo o algo así?” inquirió.  ¿Esa es la opinión tan baja que tú tienes de mí?”

Bueno, a continuación estuvimos gritándonos cosas por unos minutos pero, a fin de cuentas,  me reconocí a mí misma que Sandy tal vez sí tenía un poco de razón.

“Está? bien, amiga”, le dije. “Aunque quiz?ás la manera en que me lo has dicho no ha sido la más correcta –no veo que tiene que ver mi madre con todo esto- ahora me percato que tal vez se me fue un poco la mano”.

También me hice el firme propósito de remediar la situación.

Por consiguiente, cuando Jason se apareci?ó por la disco más tarde esa noche, como habíamos convenido, yo solo me la pasé bailoteando con él sin parar las primeras dos o tres horas, mientras que Sandy, la pobrecita, tenía que arreglárselas bailando ocasionalmente, cuando algún galanazo que había perdido a su pareja la ultilizaba a ella como plato de segunda mesa. O de tercera.

Al fin, cuando no pude aguantar  ?las ganas de ir al baño, le hablé claro a Jason: “Me esperas paradito aquí, tranquilito, sin bailar con más nadie. ¿Entendido?”

“¿Ni siquiera con tu amiga Sandy?” me preguntó. “Se ve tan triste ella, tan sola”.

Miré a mi amiga. En esos precisos momentos le daba un codazo en la yugular a un improvisado compañero de baile que, al parecer. pensaba que se estaba ahogando y la había confundido a ella con un salvavidas.

“Bueno, quizá con Sandy sí… pero una  sola pieza, ¿eh?”

Como suele ocurrir en las discos a altas horas de la madrugada y cuando ya los cuerpos están saturados de cerveza, el baño de las mujeres estaba intransitable, así que no pude regresar al érea del bailoteo hasta buen rato después.

Jason y Sandy, pero no se veían por ninguna  parte. Al fin, cuando según me pareció, par de horas después la pieza por fin terminó, los dos emergieron de entre el marasmo de gente y comenzaron a caminar en mi dirección.

Eso sí, me dio mala espina que todavía estuvieran tan cogiditos de la mano cuando ya hacía rato que la música había terminado.

Sandy fue la primera en hablar:

“Amiga”, dijo, “¿te acuerdas que yo te había dicho que por nada del mundo iba yo a caer tan bajo como para robarle un amigo a mi major amiga?”

“Anjá”, respondí con cautela.

Sandy se soltó entonces una risita nerviosa.

“Pues... se me chispoteó”.

¿No cree usted, señor Romeo, que, en asuntos del amor, las rivales más peligrosas son las mejores amigas de uno?

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Querida amiga, tal vez no debas ser tan severa en tu juicio. Ten pendiente que quizás ella lo hizo... sin querer queriendo.

La ñapa

Un amigo me comentó los otros días: “Me siento tan 'down' que lo único que me salvaría el día sería que una mujer hermosa, inteligente y rica de buenas a primeras me dijera que está perdidamente enamorada de mí”.

Bueno, pues hoy soy yo quien está en ésas, aunque con una diferencia: no tiene que ser hermosa ni inteligente.

romeomareo@elnuevodia.com

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