Tarde ayer en la noche Hosni Mubarak compareció por primera vez en varios días ante su pueblo -ante el mundo- a través de las cámaras de televisión y anunció que estaba pidiendo la renuncia en masa de todo su gabinete, como si esta fuese la solución mágica a la gravísima crisis que vive Egipto.
De esta manera, Mubarak intentó -de manera cobarde, sin duda- adjudicar la responsabilidad de la situación a los funcionarios que no hacen otra cosa que cumplir órdenes de él.
Asimismo, dijo que es el terrorismo el culpable de que él no haya cumplido con los proyectos concebidos para resolver los profundos problemas que agobian a la inmensa mayoría de los egipcios desde hace ¡treinta años!
De dejar el poder, ni una palabra.

La violencia urbana que arropa El Cairo pone nuevamente de relieve la tragedia que suele traer consigo cualquier régimen que se perpetúa en el poder.
El de Mubarak es el ejemplo más inmediato de la manera obtusa como algunos gobernantes conciben el liderato al perder de perspectiva las necesidades e intereses de quienes deberían ser el propósito fundamental de su gobierno.
Con tres décadas en el poder, Mubarak ha sido infinitamente más dictador que líder, realidad que ha infligido serias heridas en un pueblo que –a juzgar por la bravura de sus protestas- llegó ya al límite de su tolerancia, empobrecido y reducido al silencio.
Es digno de destacar que el hartazgo que los egipcios sienten por Mubarak trasciende los espacios ideológicos. La mayoría de quienes inundan las calles en las revueltas de los últimos días aspiran a unas cuantas cosas que para los tiranos suelen tener poco valor: libertad de expresión, reunirse con quienes les venga en gana, la oportunidad de ganarse el pan dignamente y, si se puede, que quienes ostentan el poder roben un poco menos.
Sin duda Mubarak tiene sus horas contadas. No son muchas. El único misterio real es saber cómo llegará la última.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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