Rosa Lydia Vélez, Carmen Warren, Carmen Rodríguez, Nilda Forte, Jessica Cabiya y Marta Díaz son algunas de las muchas mujeres puertorriqueñas que han dedicado su vida a criar hijos con impedimento físicos severos, y en exigir que se cumplan sus derechos, que son los derechos de sus hijos. Son “mujeres trabajadoras”, aunque no reciban cheques por su labor en una oficina o una fábrica. Pero igual son amas de casa, o “profesionales” que no ejercen, porque el día no les rinde para atender a sus hijos. Para ellas, el 8 de marzo es otro día más para festejar el milagro de acariciar a sus hijos o hijas, aunque en algunos casos, no reciban ni una sonrisa a cambio.
La floripandeada “Semana de la Mujer” -que empezó con piropos perfumados y vanos- no le hace ni cosquillas. Ellas, y miles más aman la vida con pasión y locura. Como leonas, se dedican a defender a sus crías de todo depredador; aún cuando se trate del propio sistema gubernamental. ¡Menudo trabajo! Como “reportera de calle” estuve con ellas el 14 de febrero de 2002 en la Sala 907 del Tribunal de San Juan. También estuvieron presentes todos los jueces y los peritos que trabajaron el Pleito de Clase Rosa Lydia Vélez vs. Departamento de Educación.
El pleito comenzó el 14 de noviembre del 1980 cuando la nena de Rosa Lydia –Izamar Malaret Vélez- tenía 5 años. Concluyó después de celebrarle los 28 años a Izamar. Demasiado tarde para que la hija de Rosa Lydia -y muchos otros- “cualificaran” para los servicios. No niego que se me saltaron par de lagrimones cuando se firmaron las estipulaciones exigían la inclusión de miles de niños que habían dejado fuera del sistema de educación. A varios de los jueces, también se le aguaron los ojos. No me lo contaron. Los ví. Con el último malletazo del juez quedó claro que se cumpliría con las estipulaciones. En principio, era una orden innecesaria, debido a que con ella se trataba de obligar al estado a acatar una ley federal. Al tiempo -ya fuera del periodismo- se me apretó el corazón cuando supe de la tomadura de pelo.
Como “periodista de calle” conocí a muchas Rosa Lydias, Cármenes, Nildas, Jessicas y Martas. También conocí a muchas otras que mendigaban desde terapias del habla, terapias físicas y ocupacionales, hasta pañales. Fui a escuelas donde almacenes de cachivaches fungían como los “salones” para niños de educación especial. Tras publicarse esos descaros disfrazados de “educación digna”, las agencias pertinentes iniciaban “investigaciones”. Días después, las madres protestonas eran fichadas como escoria, y se les licuaban los beneficios mientras se humillaba a sus hijos autistas, con problemas específicos de aprendizaje, o el nuevo término: “discapacidad cognitiva”. Hoy 8 de marzo, mi admiración a todas esas mujeres de coraje, dedicación y empuje.
Ellas aman la vida. Trabajan sin salario, sin derecho a vacaciones ni días “por enfermedad”. Aun así, reciben el mejor de los “bonos”: apapachar a sus hijos, aunque algunos no reaccionen; sonreírles, aunque algunos tengan la mirada perdida, o estén tan hiperactivos y entretenidos en su universo especial y privado. Un abrazote especial a Tere Previdi –cineasta, profesora universitara y madre trabajadora- que capturó en su documental “La otra educación”, parte del dolor y la lucha de las familias que manifiestan su amor a la vida al no rendirse ante las injusticias ni ante la impotencia.
Las protagonistas del trabajo fílmico de 60 minutos alaban cada segundo de sus propias vidas, aunque aterradas, se pregunten: “¿qué va a pasar cuando yo falte?” Las honro cada día. Hacerlo durante las 24 horas del 8 de marzo, es un acto hipócrita cuando todavía mendigan los servicios a los que tienen derecho sus hijos. Tampoco se vale hacerlo una semana.
¿El “Día de las Madres”? No tengo el corazón para preguntarles. Allá políticos y politiqueros, que están preparando programas de gobierno pesca-votos mientras tienen sus vidas resueltas.
El CD es gratis.

Sangermeña que quiso ser periodista desde que aprendió a leer. Tras el bachillerato de Estudios ...


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