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Romeo Mareo

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9 de noviembre de 2012

No sé cómo podré vivir sin Beatriz

 

Hace poco menos de un año, allá para la época navideña, entraba yo a una tienda de Plaza las Américas cuando una muchacha bastante atractiva, aunque vestida como una enfermera, me hizo una seña para que me le acercara.

Cuando lo hice, ella, que se llamaba Beatriz, me preguntó si yo quería probar el perfume para caballeros  que estaban promocionando en esos momentos y, aunque nunca he sido muy amante de los perfumes –me dan alergia- el deseo de seguir conversando con la chica me hizo decirle que sí.

Acto seguido, pues, ella exprimió su atomizador y un chorro de perfume me hiri?ó en pleno ojo izquierdo.

Casi involuntariamente solté algunas de las mejores malas palabras de mi repertorio a la vez que la chica, que no podía dejar de reírse, me explicaba que ella  llevaba poco trabajando allí y que todavía no dominaba muy bien el arte de rociar con perfume a sus potenciales clientes.

“Pero no te preocupes”, añadió. “Hasta ahora solo uno se ha quedado ciego, y fue apenas por unos días”.

Naturalmente que la invite a salir y salimos un par de veces. La pasamos bien, pero en esos momentos yo estaba por regresar con una novia anterior y, de buenas a primeras, nos dejamos de ver.

Luego de casi un año, cuando expiró su segunda vez mi relación con mi ex, una de las primeras opciones que tenía en mi lista de candidatas era Beatriz, así que procedí a llamarla al número suyo que tenia incrustado en la memoria de mi celular.

Me contestó una voz de hombre algo malhumorado.

“¿Beatriz?” le pregunté.

“No, tu madre”, me respondió. Y colgó.

El próximo paso, naturalmente, fue darme una vueltecita por la tienda de Plaza en que la había conocido. Me topé con muchas muchachas amenazándolo a uno perfume en mano, pero por ningún lado se veía a Beatriz. Le pregunté por ella a algunas de las otras muchachas, pero ninguna sabía de ella. Ni siquiera se acordaban de haber tenido alguna vez una compañera que llevara ese nombre.

Desesperado, conté la experiencia del ataque terrorista que emprendiera contra mi ojo izquierdo, y eso pareció refrescarle la memoria a una, que dijo “¡Ah, esa!”, dándome a entender que Beatriz había tenido más de un incidente de esa naturaleza. Es más, que posiblemente la habían despedido por ese motivo.

“La última vez que supe de ella…”, pero entonces enmudeció de pronto, avergonzada.

“No, mejor no se lo digo”.

El gran secreto era que Betariz seguía trabajando en Plaza, pero en uno de esos quioscos donde vender dulces azucarados… un trabajo que, para una vendedora de perfumes de una cachendosa tienda por departamentos, debe resultar una degradación considerable.

En fin, logré hallar un quiosco donde por lo menos la conocían. Pero, según me dijeron, poco había durado allí porque se la pasaba dejando caer la bandejita con la que los empleados a veces salían del quiosco para ofrecerle trocitos a los clientes potenciales.

Esta vez no pudieron darme ninguna pista acerca de sus pasos futuros, pero no me resignaba yo a perderla de vista por complete e incluso, sin tener ninguna razón concreta para hacerlo, le pregunté a un par de policías que estaban dando una ronda por el centro comercial, para ver si por casualidad ellos sabían algo de Beatriz: se me antojaba que ella podía haberse interesado en una carrera policiaca, al menos por tener ya adelantada su pericia con el pepper spray.

Pero… nada.

Ya me daba por vencido cuando un día de la semana pasada me hallaba yo en la fila del correo de Plaza y frente a mi estaba una muchacha que, al menos de espalda, era idéntica a Beatriz. Cargaba varias cajas de regalo pero, de alguna manera, sostenía peligrosamente un largo un paragua debajo del brazo.

“¿Beatriz?” le pregunté.

Al voltearse, con el mango del paraguas me golpeó violentamente la nariz, provocando que empezara a manar sangre como grifo abierto.

No, no era Beatriz, pero algo me dice que cada vez estoy más cerca de ella.

La ñapa

El título de un artículo que leí recientemente dice: “Persiste el bochorno al comprar condones”. La nota es sobre cómo seguimos siendo una sociedad tan cohibida en lo que al sexo se refiera que hasta nos da pena comprar algo tan prosaico como unos paquetes de profilácticos.

Claro que yo no padezco de ese trauma: cada vez que los necesito, sencillamente acudo a un garaje de gasolina en horas de la madrugada cuando no hay nadie por los alrededores y, siempre y cuando sea un hombre quien atienda la caja, le pido: 'Dame un paquetito de esas cosas que están ahí'.

romeomareo@elnuevodia.com

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