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Romeo Mareo

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13 de diciembre de 2012

Otro matrimonio que logra salvarse

 

La llamada a mi celular entró a eso de las cinco de la mañana del sábado, una hora en la que por lo regular, en el día cumbre del fin de semana, no estoy disponible para nadie.

Pero cuando finalmente  agarré el teléfono luego de despertarme, vi que tenía como cinco llamadas perdidas de Amanda.

“Oh, no”, me dije. “Debe andar en problemas con Alfredito otra vez”.

 Amanda es posiblemente la mejor amiga que yo he tenido en mi vida, por lo menos entre las mujeres con las que no he estado inmerso en una relación sentimental. Nos conocemos, creo, desde que estábamos en kinder y nos hemos mantenido contacto, “on and off”, desde entonces. Incluso cuando se fue a vivir a Alaska con su tercer marido a fines de los noventa.

Alfredito, entretanto, es su cuarto cónyuge. Según mis mejores cálculos, están por cumplir tres años de casados, pero parece que las cosas no van tan bien.

Conozco bien a Alfredito, un ejecutivo de mediano nivel en una compañía de embutidos. Me cae bien. Es un gordito amable, buen esposo, cariñoso con los hijos de Amanda y, con ella, no escatima gastos ni sentimientos: se pasa haciéndole regalos casi semanalente, sin ton ni son, una cualidad que yo siempre he admirado en otro hombre ya que  no la comparto en lo más mínimo. De hecho, una de mis exesposas, no recuerdo cuál de las dos, decía que mi segundo apellido debía ser “Bisiesto”, porque tal parecía que yo solo tenía capacidad de acordarme de nuestro aniversario  una vez cada cuatro años.

Alfredito  solo tenía un pequeño defecto: era mujeriego como él solo. Y Amanda, como sucede con algunas esposas, parecía considerar que se trataba de un defecto considerable, pese a todas sus virtudes.

Claro, ella nunca había tenido pruebas irrefutables de sus infidelidades, si no contamos la ocasión en que halló en su  un panty diminuto color dorado extraviado debajo del asiento del pasajero de su carro, aunque él se había salvado de l;a guillotina explicando que probablemente se le había descorrido sin que ella se diera cuenta a la pobre doña Irma, la anciana secretaria a la que a veces daba pon hasta su casa.

Pero esta vez Amanda estaba convencida de que la cosa iba en serio.

“Me lo dijeron de trenton”, se querelló cuando por fin me puse en contacto con ella esa mañana. “No tengo muchos detalles, pero sí me dijeron que se llama Ana, que está divorciada con dos hijos y que vive  en Carolina”.

“¿No te dieron su numero de seguro social, por casualidad?” le pregunté, impresionado.

Pero mi próxima pregunta era la más importante: ¿Qué tu quieres que yo haga?”

“No sé… habla con él, como su amigo. Dile que hasta ti llegó ese rumor y que si es verdad y la cosa está tan regada, que tenga cuidado porque yo puedo enterarme también en cualquier momento”, me dijo. “Bah, dile lo que tú quieras. Lo importante es que no le digas que yo estoy enterada… y después me cuentas qué te dice”.

Claro, aunque se trataba de una misión incómoda y poco varonil, yo  no podía fallarle a Amanda, así que esa misma tarde llamé a Alfredito. Después de los chistes de rigor, le bajé por el centro de la goma: “Oye, gordo, ¿estás saliendo de nuevo con la ejecutiva aquella de un supermercado, la que vivía en Carolina? ¿Cómo se llamaba ella, Florinda?”

Alfredito se echó a reír y me preguntó si yo lo había visto de lejos a la salida de algún motel, o era que habían puesto el vídeo en Dando Candela o en La Comay.

“Peor que eso”, le dije.

Luego de que le conté sobre la llamada de Amanda, se quedó pensativo  por unos segundos antes de preguntarme si yo le había dicho algo a su esposa.

“Oye”, le dije, “Amanda es mi mejor amiga y todo, pero yo no estoy en este mundo para dañarle la vida a nadie, y menos a otro hombre, un miembro de mi mismo club”.

“Seguro”, me dijo él, riendo aliviado, “no seremos muchas, pero si somos machos”.

“Claro”, le dije. “Además de que yo sé que tú harías lo mismo por mí”.

Por último le dije: “Y culéate, ¿quieres?”

Esa misma noche, pues, le di mi informe a Amanda: “Falsa alarma, querida”, le dije. “No sé quién habrá sido tu fuente, pero yo sé que si el hubiese estado guisando por la izquierda me lo hubiera dicho de muy buena gana –los hombres tenemos el gran defecto de que nos gusta vanagloriarnos de esas cosas con los amigos”.

“Pero, ¿sabes una cosa, Amanda? En ese sentido tu Alfredito es uno de tipos más aburridos que yo he conocido”.

Esa noche dormí con la tranquilidad de saber que no le había dañado la vida al matrimonio de dos de mis mejores amigos.

¿Que si no son un matrimonio perfecto? Pues, tal vez no. Pero, ¿cuántos lo son?

La ñapa

Escuchado los otros días en una cafetería:

“A veces sueño con ser, algún día, una persona alegre, divertida, codiciada por todos y sin una sola preocupación en el cerebro. Pero entonces me despierto y me doy cuenta de que, Lindsay Lohan, solo hay una”.

romeomareo@elnuevodia.com

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