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6 de junio de 2012

Pantalón, ¿amigo o enemigo?

Hace unas semanas leí en la sección de moda de Por Dentro un reportaje sobre el pantalón. “Fiel compañero”,  llevaba por título. En el escrito se hacía referencia al tiempo que le tomó a la mujer vestirse con esta pieza, vital  por su comodidad y funcionalidad y cómo para la mujer formó parte de su emancipación. 

Y es que a través de la historia, el pantalón se erigió como símbolo político y de libertad. Por tanto, ni pensar que una mujer usara pantalones en siglos pasados. Pero, gracias a la ‘chic’ Coco Chanel, sinónimo de  glamour y elegancia,  la mujer parisina y de otros lugares del mundo, logró vestirse con esta pieza única en su clase, primordial en el guardarropa femenino.

Coco los llevó con excelsa elegancia y así los diseñó. Pura clase.  Holgados, con caída. A la cintura, permitiendo a la mujer lucir sus formas. Como solía decir: “una mujer con pantalón, nunca será un hombre apuesto”.

Muy claro lo tenía Madame Channel. Con la pieza no se buscaba que la mujer pareciera un hombre, sino que dentro de la comodidad que brinda el pantalón, la mujer luciera femenina y ¿por qué no? sexy. Eso es que lo debe provocar el uso de un pantalón bien llevado, miradas de admiración, y no gestos de espanto y de angustia, como sucede a menudo.

Pobre Coco, si se diera la vuelta por estas latitudes en estos días y viera como se utiliza su excelsa obra, seguro convulsaría.

Hace unos días vi a una chica que juro debía tener el cuerpo embadurnado en mantequilla o vaselina para que lograra meterse en un mahón que era como tres tallas menos que su tamaño.

El pantalón en aquella joven, un tanto voluptuosa, parecía más una pieza de tortura del siglo 19 que una prenda cómoda como, por definición, es un mahón.

Y ni hablar, mis amigas, cuando logró sentarse. Y digo logró, porque no fue nada fácil aquel ‘drill’. Pero, si verla sentarse con dificultad fue un espectáculo dantesco, no apto para menores fue lo que aconteció luego. El mahón de la joven, como suelen  diseñarse en este siglo la mayoría de estas piezas,  era ‘low-cut’’, por lo que cuando la chica se sentó, al descubierto quedaron varias partes traseras de su cuerpo. Y ni hablar de la línea en donde la espalda pierde el nombre.

 Espantada quedé cuando vi algo  semejante a una braguita tipo hilo dental, sobresalir sin timidez alguna de aquel cuerpo.

Y ella de lo más feliz, sin remordimientos, ni pena alguna se subía el pedacito de tela de mahón que apenas cubría la nada discreta parte de su cuerpo.

No entiendo. ¿En dónde quedó aquello de mirarse en el espejo dos veces antes de salir de la casa?

 Un pantalón apretado hace ver a una como un mattress amarrado y esa imagen más grotesca no puede ser.

Y qué me dicen de las damas que  usan el pantalón tan ceñido que si ciertas partes del cuerpo pudieran hablar, lo menos que les dirían es “chica, plis no puedo respirar”.

El reportaje se refirió al gran diseñador francés Yves Saint Laurent, conocido por su labor de calcar el traje masculino al cuerpo femenino. “No hay nada más hermoso que una mujer con un traje masculino, ya que toda su femeneidad entra en juego”, decía Saint Laurent.  Coincido totalmente con el diseñador, solo cuando se lleva apropiadamente. Porque igual  cuando un hombre viste un traje una talla menor o los pantalones debajo de la panza -espectáculo grotesco por demás- así también lucirá la mujer.  De espanto.

 Creo haberles comentado que hace varios veranos que dejé de usar pantalones.  ¿La razón? Simple y llanamente no me quedan bien.

Un día me di cuenta que mi curvilíneo cuerpo se había expandido unas pulgaditas de más hacia los lados, provocándome  una serie de dificultades al momento de abotonarlos.

Además, las caderas han crecido, y conseguir un pantalón que defina la cintura, ajuste las caderas en su sitio, no estrangule los muslos ni otros partes de mi cuerpo es como buscar azafrán en Barranquitas. Tarea difícil, sino imposible.

Además, pertenezco a la generación de las cinturas de bombón, o de avispa. Donde los pantalones se llevaban a la cintura. Y eso ha contribuido a que, a pesar de los embates,  mi cintura aún perdure. ¡Gracias, universo!

En fin, que para evitar contratiempos, desilusiones, frustraciones y cintura oblicua renuncié a los pantalones. Lo siento Coco... pero aún te llevo en el corazón. Nunca olvido las bufandas y tu perfume. Ciao!

  

Escribe a caramia@elnuevodia.com.

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