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Romeo Mareo

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1 de noviembre de 2013

Para algo sirven los hombres


Estimado Dr. Kildare,

¿Por qué habrá hombres que no se dan cuenta de que cuando una mujer está sola, puede deberse a que quiere estar sola?

Sí, sé que la pregunta que le hago no tiene nada de original, pero se trata de algo que acabo de experimentar en carne propia y debo decir que ha sido una experiencia espeluznante.

Me llamo Sonia, tengo 31 años y estoy divorciada desde hace casi siete meses. Para mí el divorcio fue algo tan trágico que ha sido como una viudez, y durante las primeras semanas, aunque nunca abandoné mi trabajo, cuando regresaba al apartamento por las tardes lo único que quería era darme un buen baño, tomar un par de aspirinas y ver algún DVD del tipo de película que siempre me relaja los nervios. Friday 13th, Texas Chainsaw Massacre, etc..

Hace pocas semanas, a instancias de un matrimonio amigo, comencé a acompañarlos a ellos al teatro y cosas así. Nada de ir en pareja con nadie, sino sencillamente nosotros tres.

“Solo para que te acostumbres a ver seres humanos otra vez”, me decía mi amiga Sally, la esposa de Pablo.

De vez en cuando, como para demostrarles que ya me estaba reponiendo de mi sufrimiento, me despedía de ellos a la salida del teatro y, muy risueña, les decía que era muy temprano para mí y que iba a ir a un pub que me quedaba cerca de casa para zumbarme un par de cervezas antes de cerrar el quiosco.

Ahí comenzó la odisea. Claro que sé que un pub es uno de esos sitios a los que las mujeres solteras van a buscar pareja, igual que los hombres casados, pero no estaba consciente de que la mera presencia de una mujer que llega sola y pide un trago en la barra es capaz de alborotar hasta el frenesí el avispero de las hormonas masculinas.

A la media hora ya había escuchado lo que debería ser un compendio bastante completo de los que los americanos llaman ‘pick-up lines’.

“Amiga, ¿no te han dicho que pareces una combinación de Angelina Jolie con Cameron Diaz?”

Mi respuesta: “A cada rato, pero siempre mando a buena parte al que me lo dice”.

“Me imagino que es algo que te han dicho ya más de una vez, pero, ¿Qué hace una dama tan elegante como usted bebiendo a solas en un sitio como este?”

Mi respuesta: “Es cierto, me lo han dicho”.

“¿Y se puede saber que les respondes?”

Mi respuesta: “Por lo regular no digo nada, para ver si el tipo capta la indirecta y se desaparece”.

Claro que a veces los acercamientos resultan ser algo ingeniosos.

“Mi nombre es Bond, James Bond”, me soltó una vez un calvo gordito que de la turca que traía encima casi hacía que se le desbordara el vaso con hielos que estrangulaba con una de sus manos.

Mi respuesta: “Oh, el agente cero, cero… cero”.

Otro me dijo: “Si me pagas un trago, te contaré la historia de mi vida”.

Este por lo menos tenía la ventaja de ser alto y contar con una sonrisa irónica a lo Brad Pitt.

Mi respuesta: “¿Por qué no te pago dos y vas y se la cuentas a tu abuela?”

Al principio creí que con el tiempo cogería tanta fama de antipática que los acercamientos irían decayendo paulatinamente, como el porvenir crediticio de Puerto Rico. Pero… no. Los hombres siempre seguían acercándoseme en manada, no sé si porque siempre eran nuevos y no me habían visto antes, o porque el alcohol a cada rato le daba un ‘reboot’ a su memoria. O tal vez porque era algo que no podían controlar, como las ganas que uno siente de ir al baño tan pronto se sienta en uno de los asientos del medio en la fila del cine.

En fin, una noche reciente, ya cansada de tanto acoso, me levanté y salí resuelta a no regresar en buen tiempo. Sin embargo, mi ímpetu se desinfló un poco cuando, al llegar a mi carro, me di cuenta de que este tenía una goma en el piso.

Abrí el baúl: estaba todo allí, excepto el gato, que hacía tiempo le había prestado a una compañera de trabajo y no me lo había devuelto nunca.

¿Qué podía hacer?

Inflándome de valor, di media vuelta y comencé a caminar en dirección al pub, con la suerte de que en la puerta tropecé con el tipo alto de buena dentadura.

Mi pregunta: “¿Me pagas una cerveza si estoy dispuesta escuchar la historia de tu vida como si fuera tu abuela?”

El hombre sonrió deliciosamente y me invit?ó a entrar.

Pobrecito, no sabía lo que le esperaba.

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