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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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1 de septiembre de 2013

Parábola del marido abusador

Una parábola para que pensemos un poco:

Un marido golpea a la esposa. Luego, temeroso de las consecuencias, se transfigura en el protector y, con mucho cuidado, le cura las heridas que él mismo le causó. La esposa, que por estar metida hasta el cuello en el síndrome de la mujer maltratada y en la cultura machista carece de la perspectiva para comprender la gravedad de su situación, le responde, agradecida: “Que sería de mí sin ti”.

Hace poco, aquí, vivimos una experiencia real que, cuando le vemos las vértebras ocultas, resulta bastante similar a esa parábola. La fiscal federal Rosa Emilia Rodríguez, hablando del trabajo que las agencias de ley y orden de Estados Unidos hacen en Puerto Rico, exclamó: “Imagínense si no nos tuvieran”. La expresión se ha convertido, explícita o implícitamente, en el lema de los apologistas de la relación actual entre Puerto Rico y Estados Unidos. Ya podemos imaginarlo como un eslogan de campaña la próxima vez que nos toque votar sobre el status.

Pero, esa expresión, que mirada desde la superficie parecería encerrar una de las grandes verdades de la vida aquí, es en realidad una afirmación absolutamente chueca que ignora las múltiples implicaciones sociológicas, económicas, políticas y hasta sicológicas que tiene en nuestro país la dinámica colonial de la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos.

Es un tema complejo, pero hay que tratarlo. En términos duros, porque no es posible entenderlo en toda su magnitud si no se le llama por su nombre. El coloniaje no es un fenómeno abstracto, ni una elucubración de quienes por décadas lo han denunciado aquí y afuera. Tiene consecuencias concretas y específicas en las vidas de todos los que vivimos aquí.

La mayoría piensa que nuestra relación con Estados Unidos nos ha permitido alcanzar un nivel de vida muy superior al de nuestros vecinos. Pero la naturaleza colonial de esta relación también ha tenido efectos perniciosos en nuestra vida colectiva. Por algo es que las relaciones coloniales carecen de todo prestigio en la comunidad internacional.

Su mal no es solo la falta de representación en el gobierno que toma las decisiones que nos impactan a todos, como plantean los estadistas, ni  tampoco la ausencia de poderes políticos para conducir nuestra vida colectiva de acuerdo a nuestros propios intereses, como plantean independentistas y soberanistas. Es mucho más que eso.

En nuestro caso, la relación colonial ha determinado cómo es nuestra economía, nuestra educación, nuestros sistemas de salud, seguridad, etcétera. Estados Unidos maneja, normalmente de acuerdo a sus intereses, nuestras relaciones con el resto del mundo, decide quién entra y quién sale de aquí, cuáles son nuestras leyes bancarias, entre muchísimas otras cosas.

Veamos dos ejemplos concretos del impacto de esto en dos pesadas cargas que ahora llevamos sobre nuestras espaldas. Prácticamente todos los estudiosos de este tema coinciden, primero, en que la gran crisis social que vivimos comenzó a cuajarse cuando Estados Unidos empezó a repartir ayudas económicas individuales a mediados de los 70; y, segundo, en que el hoyo económico en que estamos se desató cuando, en el 2006, por decisión del Congreso federal, desapareció la Sección 936 del Código de Rentas Internas, que había viabilizado el establecimiento aquí de numerosas industrias que producían decenas de miles de empleos bien remunerados y forraron de billetes a nuestros bancos.

En la misma línea, la manera en que desde Washington se controla todo lo importante aquí ha fomentado el florecimiento de una clase política mediocre e inmadura, que se conduce como un adolescente irresponsable porque sabe o cree que, al final, papá responderá por sus desmanes.

El pensador tunecino Albert Memmi explica esta dinámica con una lucidez casi insufrible en su famoso libro ‘Retrato del Colonizado’. Dice Memmi que, no teniendo ninguna responsabilidad de importancia para con su propio país, el colonizado “se arruina, toma dinero prestado y finalmente paga con el dinero de otros”.

El colonizador, por su parte, “abogará con rabiosa obstinación por parecer heroico”.

Por eso, vemos a los federales asumiendo en estos días la actitud de guardianes de todas las virtudes, interpretando, para mencionar solo uno de muchos ejemplos, el  rol de garantes de la calidad de la Policía, cuando la historia es clara en que por décadas ellos toleraron y fomentaron la cultura de abusos en ese organismo porque le servía de garrote contra los independentistas.

O sea, la próxima vez que un federal venga a decirle “imagínese si no nos tuvieran” no se duerma pensando que ellos son actores ajenos a este bochinche. Están, en cambio, asumiendo su parte de la responsabilidad en esta bola de hilo en que el coloniaje convirtió a nuestro país, como el marido de la parábola que, haciéndose el santo, cura a su esposa las heridas que él mismo le causó.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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