Juré que no escribiría de esto, pero la tentación no me lo permite. Más bien, la indignación me obliga a ello. Otra experiencia surrealista en lo que servicio al cliente se refiere.
Una tarde navideña, salí poco después del mediodía a toda prisa para almorzar. No contaba con mucho tiempo, pero ya que unos queridos familiares que venían desde lejos estarían en un restaurante de hamburgers cercano a mi oficina, aproveché la oportunidad para dar el brinco y almorzar con ellos.
Llegué unos minutos antes que mis familiares, ordené y me senté a esperar. Mi orden, una ensalada de pollo, se demoraba en salir. En varias ocasiones, me levanté a procurar la misma, ya que no contaba con mucho tiempo. Mis familiares llegaron, ordenaron y su orden salió primero que la mía.
Cuando me levanté a ver qué sucedía, me topé con una garata en el área de despacho de comida. Una dama discutía con quien aparentaba ser el gerente de turno, ya que su comida se había demorado también. La respuesta del empleado, fue un clásico en el libro de las malas crianzas y del servicio más nefasto posible.
Tras mirar el boleto de la dama con su orden, el empleado la miró y le dijo, “señora, usted me está haciendo un show por un ticket que tiene 10 minutos de atraso, cuando esta gente que está al lado suyo tiene un ticket de más de $100 que está más atrasado que el suyo”.
Yo miré al señor y luego a la dama, quien se quedó boquiabierta. ¿En serio? Fue lo que pensé. Sólo faltaba que saliera el actor Ashton Kutcher con sus cámaras de televisión y le dijera a la señora que estaba en el programa Punk’d.
La dama, no se quedó callada. Le reclamó al empleado, indignada y con razón, que la orden del otro grupo era de mayor valor monetario, sencillamente porque era un grupo más grande. Furiosa y firme, la dama insistió en que eso no significaba que su orden fuera menos importante.
Mientras, el otro grupo afectado, -el del ticket caro- trataba de organizar el reguero de platos que le ponían en las bandejas, tratando de descifrar a qué orden le faltaba qué.
Entre todo este caos culinario, divisé a lo lejos lo que pensaba era mi ensalada, posada suculenta entre una fila de platos que salían de la cocina. Fue como si una música celestial sonara logrando opacar el ruido de la gente quejándose y el batallón de empleados tratando de sacar las órdenes.
Traté, de forma civilizada, de notificarle a los empleados que allí en la cocina descansaba mi ensalada. Pero nadie escuchó. La garata seguía y claro ¿por qué preocuparse por una triste ensalada con pollo marinado, cuando hay ordenes más “importantes” que ya se han demorado bastante.
De pronto, una de las empleadas, agarró la ensalada y tocó el pollo, como para ver si estaba caliente. Al ver que la ensalada estaba allí sólita, y al parecer con el pollo frío -tuvo que haberse dado cuenta, tras la manoseada que le dio- la empleada botó la orden al no encontrar a su dueño. Claro, que si no se busca al dueño, ni se le llama, resulta un poco difícil encontrarlo.
Tras el acto, perdí un poco la tabla y vociferé, “¿pero por qué botan mi ensalada?” Un alma noble finalmente me escuchó y se apiadó de mí. La empleada que vino a mi rescate se percató de la situación y me dijo que me sacaba una nueva enseguida y así lo hizo.
Lamentablemente, terminé almorzando sobre media hora después de haber ordenado una triste ensalada. Alrededor de 15 minutos se me fueron en el cabildeo por mi orden. No podía creer que esto me estaba pasando a sólo meses de haber tenido un encuentro del tercer tipo con mi amiga la cajera, quien en un supermercado trataba la compra como si fuera basura.
Así las cosas, el servicio al cliente sigue en precario y la falta de buena supervisión sigue rampante, cosas que atentan severamente contra la competitividad de nuestro país.
Pero la más reciente pesadilla culinaria tuvo un valor humorístico sin igual. Esta vez no puedo decir que no volveré a ese lugar. Tal vez cuando quiera experimentar el teatro de lo absurdo en vivo, entonces regresaré.

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