Hay cosas que están mal, que son muy dolorosas, pero que no son irreversibles: el desempleo, las malas decisiones económicas, la honda decadencia política. Tomemos por caso la situación en la Universidad de Puerto Rico. Pueden debilitarla, eliminar infinidad de cursos -cursos, algunos, creados originalmente en esa institución y copiados por otras universidades del mundo-; empobrecer su oferta y minar su prestigio. Pero eso se recupera. Con esfuerzo y con un cambio de actitud, o de Gobierno, o lo que sea, pero se recupera.
Lo que resulta sin embargo en un daño para toda la vida es el que se le inflige a la naturaleza. En esos casos no hay marcha atrás, lo que se arruina no se renovará más nunca. No hay recuperación posible después que se arrasa con un bosque, se anula un cuerpo de agua o se rellena un humedal, y el plano resultante se cubre de cemento. La palabra más hipócrita y recurrida en ese panorama es mitigación. Arrasan por aquí, pero siembran arbolitos allá. Es más, dos arbolitos por cada tronco derribado, en extrema generosidad. No obstante, la mayoría de las veces, los que valen y son insustituibles son los que caen. Y no hacen falta en otro lado, sino precisamente donde estaban.
Esa es la urgencia de defender ahora lo que por obra y gracia de la avaricia, y el toma y daca partidista, ha quedado desprotegido. Pero el problema es que hay tantos frentes abiertos, tantas preocupaciones por tantos temas, que es casi imposible que la gente pueda poner toda su atención y su energía en cuestiones esenciales como es el daño que va a causar el gasoducto, si es que se construye; o los zarpazos intermitentes que ha estado recibiendo la zona del Karso, más los que se aproximan.
El martes pasado, sin ir más lejos, se daba a conocer una carta, proveniente de una firma de consultores contratada por la Compañía de Turismo, donde se especificaban las zonas que debían de “liberarse” para construir hoteles y centros comerciales en terrenos del Corredor Ecológico del Noreste.
Nadie se tomó la molestia de ponerle una coma, un punto, una rayita a la voluntad de los dueños de esos proyectos. Tomando como base esa carta -opiniones que son órdenes, mi general- se procedió a desmantelar el perfil original del Corredor, tal como se concibió hace años. Entre la Junta de Planificación y el Departamento de Recursos Naturales, siempre empeñado en ir contra natura, prepararon otro muñequito, un mapa que cayera como un guante a las pretensiones de los que nunca se resignaron a que el Corredor fuera un lugar protegido.
Por supuesto que era necesario oír -e incluir en el informe- la opinión de las empresas que ansían levantar hoteles, proyectos residenciales y campos de golf en terrenos ubicados en las faldas del Yunque y en parajes privilegiados que, en definitiva, no deberían tocarse. Pero el mismo derecho que tenían ellos a ser escuchados y exponer su opinión en ese documento lo tenían las comunidades aledañas, los prestigiosos científicos que han advertido del desastre que se está cocinando, y, por último, los miembros de la Coalición que ha estado luchando durante tanto tiempo por la integridad de la Reserva.
Nada de eso aparece en el informe. Apenas una mención medio desdeñosa respecto a que los grupos ambientalistas que en 2008 apoyaron la designación del Corredor Ecológico del Noreste como área protegida, se oponen a cualquier desarrollo turístico en la zona. Lo cual no es cierto. Se oponen al desparrame descabellado del resort, del innecesario centro comercial, del tráfico de urbanización y de las carreteras que causarían un grave disloque ecológico.
En ocasiones, la misma gente que viaja a zonas selváticas de Centro o Sur América (Costa Rica, Panamá, Brasil), y regresa maravillada de los proyectos turísticos integrados a la naturaleza, mimetizados con su entorno, que además gozan de una enorme acogida, son los que luego no conciben para Puerto Rico otra cosa que no sea la devastación, la planicie reverberante de cemento, con palmeritas, campos de golf y achicharramiento general.
La realidad es que tampoco hay que renunciar por completo a ese concepto. Pero encapricharse en hacerlo en los terrenos del Corredor, que es como el último bastión de la naturaleza agreste en Puerto Rico, es un verdadero crimen.
Por otro lado, ¿vale la pena desproteger una zona previamente protegida, para abrirla no sólo a esos vanidosos proyectos, sino a otro tipo de especulación pequeña pero igual de insidiosa? Una vez se liberen esos parchos horribles que aparecen en el nuevo mapa diseñado a gusto de los proponentes, ¿quién nos garantiza que no se colarán otros inventos, una pequeña avalancha de inescrupulosos metiendo el codo para poder levantar su proyectito aquí o allá?
Tan pronto aplasten, desmonten, extirpen y pavimenten, no habrá remedio. Ni recuperación. Ni volverá jamás a ser lo que era.
¿Quién que quiere algo en la vida quiere eso para su País?

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