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Agridulce

Jorge Colón Ortiz

BIO
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1 de febrero de 2011

Rebeca

    En Porto, aún en plena primavera, los días son grises.  La llovizna fría había formado en mi cabello largo y rizado un nido de luciérnagas que refulgían al compás de la hilera de faroles que bordeaban la Ribeira.

    Me quedé un poco rezagado al resto de los tunos que cantaban y bailaban al son de algún risueño ritmo español un tanto impertinente para lo lúgubre de aquella ciudad.  Por el contrario, Rebeca estaba al frente de un grupo de chicas que había revoleteado por las discotecas que despertaban la inmensidad del río Duoro, y  quienes se habían convertido en la presa de aquellos hombres armados de guitarras, mandolinas, panderetas, cuatros.

    Rebeca tenía escondido en el semblante la estupefacción de las indignidades de la vida.  También era venezolana, de piernas cortas, ojos verdes, morena, con cabello marrón intenso pero suavizado por unos destellos color miel, arrogante, de sonrisa liviana; callada pero vivaz.

    Yo era tímido, pero sabía que era ella a quien quería hablarle en aquella ciudad impregnada de reliquias; además, era la única que hablaba español. Por ello, la busqué entre el cortinaje de mis pestañas y el insondable negro de mis ojos.

    En un esfuerzo sobrehumano me le acerqué: “Hola, soy Jorge. Mucho gusto”. Ella respondió sucintamente: “Rebeca”. 

    Se nos ocurrió caminar a la orilla del Duoro, con la luna escondida entre la niebla eterna de aquel puerto.  La plática fue sencilla, ella tiene una historia más interesante que la mía. Su padre es de Venezuela, su madre de Suiza y ahora viven en Portugal.  Ella es políglota y cosmopolita; yo soy monolingüe y de vez en cuando tenía pavor al híbrido de razas, culturas, lenguas y miedos históricos que me convierten en puertorriqueño.

    Rebeca regresó con sus amigas, las gacelas en botas de pieles artificiales y abrigos ligeros.  Yo caminé hacia mi hotel, una casa embrujada con un ascensor que se cerraba con dos puertas: una de rejilla y otra con una abertura justo al nivel del rostro para que pudiera ver las entrañas de aquel antro de espíritus y almas perdidas.

    Llegué a mi habitación y contemplé por largo rato la pared de ladrillo que nos protegía de la lluvia a mí y a mis compañeros, y lograba que una corriente de aire frío llenara de humedad el cuarto y me congestionara el espíritu.

    Mientras mis amigos contaban historias y de vez en cuando cantaban a medio entonar, sonó el teléfono.  El más histriónico de ellos contestó.  Era una mujer de lindo acento y voz pausada.  Preguntaba por mí.  En su inmensa ignorancia todos celebraron la primera conquista del viaje.  Como de costumbre, dejé que la llovizna me ensordeciera y me dirigí al teléfono.  Intercambié pocas palabras y bajé a verla.

    Hasta allí llegué, hasta la recepción del hotel.  Nos sentamos en un sofá con cientos de historias a cuestas, y en el ambiente tan gris de aquella posada pudimos tener un poco de privacidad para hablar.

    Rebeca esta vez me tomó la mano y me abrazó. Se le escapó una lágrima y se quedó callada.  Por un momento maldije otra vez ese don de inspirar confianza que me regaló mi abuela.  Superado eso, me tranquilicé, me la despegué del cuerpo, y le pedí que hablara. Sólo me dijo: “Lo hice otra vez. Vivir así es asfixiante y no logro detenerlo”.

    Por no conocerla y al tener la certeza de que no la volvería a ver, decidí esputar todo aquello que me pasó por la cabeza porque yo alguna vez tuve el mismo problema revoloteándome por la mente y ya había pensado en todas las posibilidades, las excusas y las razones.

      “Las recaídas en cualquier lucha no son más que una prueba a nuestra determinación.  Lo importante al fin de cuentas es el rebote, es poder levantarnos al otro día y saber a lo que nos dirigimos.  A veces despegarse de un hábito, sea por minusvalía o por falta de voluntad, es la parte más difícil de cualquier proceso, pero siempre llega ese buen día en que aprendemos a valorarnos y a amarnos de tal forma que le damos un alto a lo que nos atormenta.”

    Cuando tomé una bocanada de aliento para pedirle que me contara más, Rebeca me dio la espalda y caminó más rápido de lo que pensaba que podría con aquellas piernas tan cortas y pesadas que bordearon conmigo el Duoro.  Resignado, me subí en el ascensor, miré otra vez las entrañas del edificio, y desperté en la Ribeira, con el chasquido perturbador de una pandereta altisonante y Rebeca de nuevo en el surco de mi mirada.

-Recuerda que me puedes escribir a jorge.colon@hotmail.com-

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