Uno acompaña a sus amigos hasta el cementerio, pero no se entierra con ellos.
La frase, que se ha oído por ahí alguna vez y cuyo origen, como tantas de su cuño, se desconoce, debe estar sonándole dentro de la cabeza a Jenniffer González, presidenta de la Cámara de Representantes, en estos días, como una campana, en el sueño y en la vigilia.
Ya sabremos por qué.
En el envenenado ambiente de la política partidista puede que mucha gente no lo haya visto, pero Jenniffer González no carece en absoluto de algunos méritos notables.
No es poca cosa, si no hubiera nada más que atribuirle, y lo hay, que una mujer de extracción proletaria clásica, sin abolengo de clase alguna, haya podido vencer a dragones y a minotauros para obtener la presidencia de la Cámara a los 32 añitos, como pasó con ella en el 2009.
Pero no se quedó ahí.
Uno sabe que nada es perfecto, uno puede que no esté de acuerdo con el 99 o con el 100% de las cosas que ha hecho Jenniffer González en la presidencia cameral, ni pueda excusarla de las desdichadas políticas públicas de las que ha sido parte u ocasionalmente promotora.
Mas eso de no estar de acuerdo con algo que alguien haga es tan parte de la vida como respirar y, estipuladas las diferencias, la verdad es que a Jenniffer González casi nadie podría haberle atribuido deshonestidad intelectual, mucho menos actos corruptos.
Además, y esto es algo que, manos arriba, habrá que agradecerle por mucho tiempo, le ha cerrado el paso una y otra vez en la Cámara al integrismo religioso que ha plantado bandera en todas las demás instituciones importantes del actual gobierno.
En resumen, salvo las pajas que inevitablemente le caen de cuando en vez a la leche, y si uno no le ve valor solo a los que pueden recitar de memoria versos de Milton o hacer un análisis semiótico de la Primavera de Praga, es de lo mejorcito que podía encontrarse entre nuestros políticos.
O lo era. Hasta ahora.
Por razones que de momento no es posible ni imaginar, Jenniffer González ha puesto su prestigio al servicio del bárbaro de José Luis Rivera Guerra. Si la cosa sigue madurando como está pintando, puede entonces que la reputación de la joven presidenta termine al final de esto tan magullada como el rostro de Rivera Guerra cuando fue atropellado al correr bicicleta hace un tiempo.
Es verdad, sí, que logró que la Comisión de Ética examinara el caso luego de tres fracasados intentos. Pero todo el país sabe que la Comisión torció a gusto y gana los testimonios que recibió y se negó a recibir otros que le hubieran calentado los pies a Rivera Guerra, para tirarle el ya clásico toallazo, con Jenniffer González aprobándolo todo con un guiño de complicidad.
Para completar, cuando el gobernador Luis Fortuño decidió referir al representante al directorio del Partido Nuevo Progresista (PNP), Jenniffer González se ofreció prácticamente como su abogada ante este foro.
Así, vemos que Jenniffer González, que había estado como que una pulgada arriba de la mayor parte de la ignominia legislativa, es ahora mencionada en las mismas frases y los mismos tonos que gente como Rivera Guerra, Liza Fernández y otras yerbas así.
Cabe preguntarse, entonces, qué le pasó para que haya dejado que se le macule de esta manera, por defender a un oscuro personaje al que este país no le debe nada que no sea este mal rato de hace semanas.
Nadie sabe. Dicen por ahí que es que le teme aún a José Aponte, a quien le ganó la presidencia cameral por un solo voto y quien, según se cuenta, sigue malcriando en secreto el primitivo afán de volver a sentarse en el escaño mayor.
Pero eso no lo sabe nadie. Lo que sí sabemos es que José Luis Rivera Guerra ni tenía buena reputación antes de esto, ni la va a tener después. Jenniffer González, en cambio, sí tenía un prestigio que cuidar. En la resaca del escándalo Rivera Guerra, puede que le haya causado un daño irreparable.
Acompañó a su amigo al cementerio y parece que se quiere enterrar con él.

Benjamín Torres Gotay ha ejercido el periodismo de manera ininterrumpida desde su graduación de la U...


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