Vuelve el tema de los proyectos que se han estado desarrollando en Santurce y que, supuestamente, le estarían dando un nuevo aire a ese sector. No soy arquitecto ni urbanista, pero tengo dos ojos en la cara y es imposible soslayar la situación general de la zona, o engañarse uno mismo creyendo que porque han puesto un vitral, han remozado una placita, o acometido una serie de reformas en los alrededores del Museo --reformas que, dicho sea de paso, se han eternizado-- la rehabilitación de Santurce está a la vuelta de la esquina
El nuevo aire no puede reducirse a puras fachadas en determinados puntos y al diseño de unos reductos elegantes que corren el riesgo de quedarse enquistados. Por supuesto que a todos nos conviene que se embellezca una avenida, una plazoleta, un área que ha quedado ociosa entre dos edificios. Pero eso no resuelve nada si se le da la espalda a la devastación que late demasiado cerca. Ni tampoco resuelve nada si no contribuye a integrar a la gente que está metida en esos barrios llenos de hoyos, charcos, casas derruidas, terrenos baldíos y jaurías de perros sin dueño.
Hay zonas extensas de Santurce que siguen hundidas en el abandono. Entonces planificar un «circuito» para pasar como un bólido en el automóvil y meterse a cenar en un restaurante caro, no es ni remotamente recuperar un sector de la ciudad. Es vivir en plan fantasía de Disney, esquivando la trémula argamasa que se revuelve a dos calles de allí, comunidades enteras machacadas y olvidadas. Desde el punto de vista urbanístico, en Santurce lo que se ha hecho es poner parchos, no hay una visión global que intente rescatar todo el sector. Rescatar con visión de ciudad futura, caminable, de intercambio vivo. Lo que se está haciendo no integra ni a una mosca.
Hay gente que olvida que Santurce es algo más que un tramo de la Ponce de León. Santurce, entre otras cosas, es la Fernández Juncos. ¿Dónde está la rehabilitación de la avenida Fernández Juncos, desde la Parada 15 hasta la 26? Está peor que hace diez años. Hasta los edificios que podían tener un valor estético, y que son rescatables y redirigibles, se van deteriorando a la vista de todos.
Por otro lado: ¿quién se ocupa de arreglar las aceras, modernizar los postes y enjambres de cables, y sembrar filas de árboles de sombra en las calles que corren transversalmente desde la Baldorioty hasta la marginal del expreso Muñoz Rivera? Esas calles ignoradas y muchas veces destartaladas, no pueden borrarse de un plumazo. Son realidades que estallan en la cara de cualquiera que se dé una vuelta por la zona. Los nuevos y pomposos edificios se han quedado medio vacíos, pero aun en caso de que alguna vez estuviesen totalmente habitados, Santurce tendría que prepararse para superar esa composición de gueto, con los acomodados viviendo de un lado, y los más humildes viviendo del otro.
Cuando se intenta rescatar un sector de la ciudad lo primero que hay que hacer es mitigar la marginación; si eso no se hace, se crea un estado de cosas rara vez sostenible; una convivencia artificial que puede quebrarse en el instante menos pensado. Por otra parte, la depresión económica donde primero se nota es en el aspecto general de decadencia que poco a poco adquieren las ciudades. Se van cerrando establecimientos, tiendas y otros comercios cuyas puertas y ventanas son embadurnadas de porquería (imposible llamarlo graffiti) o cubiertas de carteles baratos, poco a poco desgarrados y despintados; crece la maleza en la acera y se desconchan de pena las paredes.
Ya tendría que haberse diseñado un plan, con la ayuda de urbanistas y arquitectos, para disimular en lo posible la decadencia. Se ha hecho en otras ciudades, utilizando murales provisionales u otros ardides para tapar lo feo. Aquí lo feo se va dejando que se ponga más feo, y entonces se invierte una millonada en arreglar unos trocitos, unas isletas de privilegios y privilegiados, que lo que hacen es ahondar el contraste. Puede tener arte y buena arquitectura, pero es un acto de enajenación que deja fuera lo fundamental.
También los dueños de los inmuebles abandonados, que son multitud, no sólo en Santurce, sino en Río Piedras, en Hato Rey, en el Viejo San Juan, tienen una responsabilidad con el entorno. Si se les desocupa una propiedad, debería de haber un mecanismo para que por lo menos se les exija adecentar los alrededores. Y si se trata de una propiedad reposeída por el banco, pues el banco tendría que ocuparse de eso. Sé que esto último es soñar despierto, ¿se han ocupado alguna vez los bancos de algo que no les deje dinero?
Lo cierto es que, hoy por hoy dar una vuelta a la ciudad, mirar las avenidas que una vez brillaron y ahora se descomponen, es un reto para la gente que de verdad pretende rescatar en serio. Es decir, asimilar la ciudad como un conjunto y no en parcelas. Santurce, desde luego, no es el mejor ejemplo. Su nueva cara es una cara partida, atravesada por el latigazo de la exclusión.

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