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15 de noviembre de 2012

Segundo encuentro en las urnas

Dos eventos electorales en menos de tres meses dejan exhausto al más calmado de los mortales. A mí que, precisamente, no me distingo por serena, me han dejado con los pelos de punta y consumiendo toneladas de hierba -uy, no me malinterpreten. Me refiero a la St. John Wort, un gran remedio homeopático que me calma y me deja más ‘relax’ que el atún en agua.

Ir a las urnas no fue el problema. La victoria de Alejandro García Padilla la predije la noche antes de las elecciones. Me di un guille de Vivian Carla y preparé la lista de predicciones. Tan fáciles algunas, Norma Burgos, Glorimari Jaime, Evelyn Vázquez, no había forma de que revalidaran. No así la de Carmen Yulín. Caramba, esa me tomó por sorpresa -igual que a ella- y a Santini también. Diti, como lloró. Los alcaldes también lloran, y los presidentes... que lo diga Obama.

La mañana del martes temprano fui a votar. El vecino no pudo ir pues tenía trabajo. Así que me fui sola, con mi conciencia, como dice Monín. 

Y un tanto aprensiva, porque sabía que podía darse un segundo encuentro con el ex, el paleontólogo. Sí, el mismo que luego de cuatro años de noviazgo me dejó  y se fue a Madrid, a estudiar huesos viejos.

El mismo que con una sonrisa de medio ganchete me dijo que se había casado. El mismo que  de los más ‘cute’ aguardaba para votar en el colegio de votación.

Para colmo me tocó votar en el mismo colegio. Y la fila estaba venenosa. Me refiero a larga. 

Tan pronto llegué, se salió de la fila y le concedió su turno a una señora mayor que aguardaba con una sombrilla roja debajo del candente sol. Se me olvidaba cuán amable podía ser.

Los saludos y preguntas de rigor... La salud de los padres, de los amigos, del tío Juan y la prima Lola. Preguntó por Kobi, el pez. “Muerto”. Por Kiri, el lagartijo. “Regresó”. Por el vecino. “Trabajando”. Por Monín. “Votando”. ¿Mascotas? “Ninguna”. ¿Vacaciones? “París”. ¿Sola? “No  es de tu incumbencia”.

Silencio breve. Pregunté por León, el rottweiler. “Con mami”. Por Valquiria, la gata. “Murió de rabia”. ¿La maestría? “Empecé el doctorado”. ¿Y tu esposa? “Separados”. Casi infarto.

En ese momento, me tocó meter el dedo índice en la tinta. Estaba tan nerviosa que le di el pulgar al funcionario de colegio. No, el índice. Tuve que mirarme los dedos, y contarlos... pulgar, índice, del corazón, anular y  meñique. ¡Qué vergüenza!

    Ahí me entregaron las cuatro papeletas y me fui para la urna, pensando que a lo mejor se había ido. Tengo que confesar que ‘deep inside’ quería que no se fuera y terminara de contarme sus ¿desdichas?

  Al salir de la  caseta de votación, allí estaba, de lo más aquel. Se veía más provocador  que una bolsa de papitas fritas.

  Acto seguido me tomó del brazo y comenzó la novela...

Pues resulta que las cosas no le van muy bien. Al menos, eso dice él. La chica, es decir su esposa, la conoció en la universidad en Madrid. Ella también es experta en la ciencia de los huesos viejos. 

  Es australiana y según Gerardo -nombre de pila del susodicho- tiene una visión muy diferente a la de él de lo que debe ser el matrimonio. 

 ¿Y eso? Cuéntame.

Pues dice el caballero que Madison no asume ninguna responsabilidad. Que ni siquiera le prepara el café en las mañanas. Que está cansado de lavar y planchar. Que está cansado de comer manchego y jamón serrano y que muere por un arroz y habichuelas, plato que Madison aún no aprende a cocinar. “Mi mamá le envió un vídeo y aún así se le ahúma el arroz”, exclamó con cara de espanto.

No sé si era el calor que hacía en aquel estacionamiento o el detalle de la ley seca, lo cierto es que estaba harta de sudar y mi cuerpo me pedía algo frío. Así que aquella conversación, sin sentido, había que concluirla ya.

Y qué mejor que dejarle saber que no compartía para nada aquellos lamentos de macharrán que prácticamente lloraba porque su linda esposa Madison no preparaba el arroz con la pericia  de doña Rosi, su mamá.

Además, aproveché el momento para decirle que no era que Madison tuviera una visión diferente del matrimonio, sino que sencillamente  era una mujer segura de sí, con los pies en la tierra y el cerebro en su sitio que no tiene por qué convertirse en su mamá cuando es su esposa.

     La cara de Gerardo valía un millón. Pues claro, me imagino que anda contando sus ‘desventuras’ y todo mundo dándole la palmadita en el hombre. “Mami, me dijo que no me merece”, dijo.

 ¡Amén! Respiré profundo y di gracias al Universo. De lo que me libré. Que este hombre lo que busca es una mujer que antes de pensar, barra bien y no prepare un arroz amogollao.

   Afortunadamente, las elecciones son cada cuatro años. Ciao!

Escribe a caramia@elnuevodia.com 

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