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Antes que llegue el lunes

Mayra Montero

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20 de enero de 2013

Sencillo

La incertidumbre por lo que ocurrirá con la reforma legislativa, está causando, para decir lo menos, ansiedad. ¿Por qué tenemos todos la impresión de que se está preparando un escenario en el que, aunque se realicen cambios, se las arreglarán para seguir nadando en privilegios?

La malas experiencias del pasado nos han vuelto recelosos. La confianza del País se halla tan lacerada, que cualquier vacilación, cualquiera de esas frases que proclaman buenas intenciones, pero a continuación la duda, las medias tintas, y hasta la incertidumbre sobre el presunto código de ética para el legislador ciudadano (código que ellos prometen que será implacable), hacen temer lo peor. Y lo peor es que intenten ganar tiempo, aplazar por años lo que prometieron para este mismo instante.

La cosa podría ser sencilla: se les paga a los legisladores un sueldo razonable (que no es el que han estado ganando hasta ahora, ojo con eso), sin ninguna clase de dietas, y que se las arreglen con su propio automóvil, como hace la mayor parte de los trabajadores. Que paguen por su gasolina y por la revisión mecánica. Que cubran el costo de sus almuerzos, sus celulares y sus merienditas. Eso es un legislador ciudadano. 

 Que tengan una oficina normal con un equipo reducido, y no el ejército de aduladores a los que sólo falta abanicar al jefe. Si algo ha mostrado la desidia y holgazanería que se respira dentro de las cámaras legislativas, han sido las transmisiones por televisión. Uno se queda perplejo viéndolos en todo su esplendor: se levantan, dan tumbos, forman corrillos para hacerse chistes, y además sostienen largas charlas por el celular mientras en sus narices se debaten leyes. ¿En qué empresa del País se permite semejante asueto? Son recesos frecuentes e inefables. 

Y eso para los legisladores que asisten. La televisión también nos ha hecho percatarnos del penoso ausentismo. A muchas de las sesiones legislativas, no importa cuán importantes sean, asisten cuatro gatos, y el resto manda recado de que tiene “compromisos previos”. Ninguno de ellos se cree en el deber de explicarle al País cuáles son esos compromisos. Eso también hay que pararlo.

¿Quién controla las ausencias de los legisladores? ¿Quién le puede asegurar al pueblo que los que faltan lo hacen por un motivo mayor, y no por “gansería”, por alargar el almuerzo o andar dándose tragos? Los trabajadores del País, en fábricas y oficinas, justifican sus ausencias, las documentan, presentan certificados médicos. ¿Se les pide a los legisladores algún tipo de justificante? Por el contrario, se encubren entre ellos; hacen acto de presencia para cobrar las dietas y salen pitando cuando les parece.

Las dietas se han usado como anzuelo para que los legisladores acudan a votar. Es vergonzoso. Individuos adultos, que han jurado servirle al País, y a los que hay que camelar con unos billetes adicionales.

La gente, con razón, tiene pavor de que, una vez instituido el legislador a tiempo parcial, los próceres salgan a buscar trabajo. Estando en la Legislatura, y teniendo voz y voto en la redacción de leyes y en la toma de un sinnúmero de decisiones, quizá lo encuentren enseguida. Los que son abogados, serán recibidos por bufetes de mayor o menor alcurnia, donde no doblarán mucho el lomo. Nadie se crea que van a trabajar como el resto de sus colegas, abogados a los que les exigen facturar. A los legisladores los contratarían por la mera influencia.

Los que no tienen una profesión definida, podrían ser captados en calidad de “asesores” por empresas a las que les convenga un empujón.

El cacareado código de ética que se estaría redactando, tendría que contener, entonces, un sinfín de situaciones donde los legisladores, si trabajan en tal o más cual sitio, y dependiendo del tema que se vaya a deliberar, tendrían que inhibirse. Pero eso tampoco es tan fácil. Siempre habrá una especie de alianza entre unos y otros; el hoy por mí y el mañana por ti. 

Lo mejor sin duda es un salario lógico, como el de cualquier empleo, y que trabajen ocho horas como los demás mortales, o que renuncien y les dejen el lugar a ciudadanos con imaginación y sinceras ganas de sacudir la alfombra.

Deberán eliminarse los viajes inútiles, la carga del carro y el chofer, la sarta de felicitaciones y homenajes. Fuera las proclamas y las cursilerías, que sólo representan gasto de papel (con lo que vale un árbol) y de electricidad. Si se ahorran todo eso, seguro que no tendrán que trabajar de noche, que por cierto es una de las insoportables letanías que enarbolan a la hora de oponerse a los cambios. ¿Qué tan malo es trabajar de noche? No sé, pues que lo hagan de día.

Y por favor, ni una escultura más. La colección con que han rodeado el Capitolio, no sólo ha costado millones, sino que dice mucho de la cabeza de chorlito de los anteriores presidentes de ambos cuerpos. ¿Cómo se puede acumular tanta mediocridad en tan poco espacio? Los hombrecitos iluminados causan una especie de repelo en la noche. Y quedan unos “monumentos” a medio hacer, del Holocausto y de la Policía. A ver de dónde sale el alma para terminarlos. O los dejan así. 

Bien vistos, si los tocan, los dañan.

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