Yo sé que se resiste a creerlo, dado que para usted él es todavía un “nene”. Es más, a pesar de los años, él sigue siendo su bebé. La casa está salpicada de recuerdos de su niñez, desde sus zapatitos hasta las medallas que ganó en la escuela.
Por eso, cuando la gente le advierte que su hijo, su sobrino o su nieto “anda en malos pasos”, usted no lo puede creer. “Él es un muchacho de buenos sentimientos -en la escuela tenía todas ‘A’- ustedes están equivocados”, contesta confiada.
No obstante, usted está preocupada por su nene, porque sabe que ha dejado la escuela. Usted también sabe que algunos de sus amigos no son los mejores y, probablemente, usted no soporta a la noviecita de su nene. Usted piensa que todo esto es una etapa que pasará pronto; cree que pronto todo volverá a la normalidad. Y su fe en su nene la tiene ciega.
El chico que no terminó la escuela superior tiene un auto deportivo, un televisor enorme con varios aparatos electrónicos, una computadora portátil, un teléfono móvil carísimo y dinero para gastar. Una o dos veces al año su nene viaja a los Estados Unidos para ver un jueguito de la NBA con sus amistades. Y su nene puede darse el lujo de pasar cada año varios fines de semana en hoteles locales. Y usted no cuestiona de dónde sale tanto dinero.
Usted tampoco quiere ver los otros síntomas, tales como la falta de apetito, la locuacidad seguida por largos períodos de silencio y los cambios súbitos en el comportamiento. Cuando el nene está en la casa, se la pasa encerrado en su cuarto. Su chico duerme hasta horas de la tarde, sale de la casa y vuelve en la madrugada. Usted casi no lo ve.
Usted no sospecha que su nene es parte de una pandilla que distribuye drogas ilegales en la vecindad. Su nene lo mismo puede vender la droga que servir como vigilante de la pandilla, que funcionar como un gatillero. Con toda seguridad, su nene ha “jalao gatillo”, aunque quizás no haya asesinado a nadie todavía. De primera intención, su nene parece un joven normal.
Es más, hasta puede parecer tímido o introvertido. Pero en la calle su nene es un peligro para sí mismo y para los demás. Su nene se juega la vida porque sabe que las posibilidades de llegar a los 30 años de edad son relativamente pocas. Empero, el muchacho está dispuesto a arriesgar su futuro con tal de tener hoy la novia, el carro y los artículos de lujo que tanto desea obtener.
Señora, lamento informarle que su nene es un “gánster”. También lamento informarle que usted es parte del problema, ya que trata de justificar todo lo que hace su muchacho. Finalmente, le informo con dolor que la Policía no tiene nada personal en contra de su retoño. Si conocen su nombre y lo vigilan es porque saben que forma parte de una de las pandillas que lucha por controlar las actividades delictivas en su comunidad.
Señora, reitero, su nene es un gánster. Y mientras más rápido usted acepte esa realidad, más posibilidades tendrá su muchacho de abandonar el crimen como opción de vida para tratar de ser un hombre de bien.
¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores y de otras lectoras.
El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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