Vamos, con calma, tranquilícense. Respiren. Sí, Joseph Ratzinger renunció a su trabajo en el Vaticano. Dejará de ser papa el último día de este mes. El mundo lo repite hasta la saciedad; yo digo ¿y qué?
Benedicto XVI se va con más pena que gloria. Es más, sin ninguna gloria, como un papa que sería perfectamente olvidable si no fuese por el hecho de que es el primero que dimite en más de cinco siglos, cuando lo canónico es que, quien se dedica al papado, no renuncia, sino que se muere en el cargo con los Prada, digo, con las botas puestas.
En verdad, nada personal contra Ratzinger, solo en lo profesional, en lo moral, en lo ético: desde antes de ser elegido papa -y también después- encubrió sistemáticamente casos de abusos sexuales contra niños y jóvenes alrededor del mundo perpetrados por curas y sacerdotes, crímenes que, cuando se volvieron de dominio público, solo merecieron de él tibias disculpas a las víctimas y sus familias, y golpecitos en las manos a los pederastas.
¿Alguien me puede decir categóricamente cual es el legado de Ratzinger? ¿Por qué se supone que se le deba de extrañar?
Dicen que en algún momento de marzo será anunciado su sucesor. Ni ahora, ni entonces y tampoco después sucederá algo realmente trascendental, solo la gran marea mediática.
Mientras sus incondicionales dicen que su renuncia es una decisión "ejemplar" y "valiente", lo cierto es que algo huele extraño en Roma. A rosas no es.
Respeto profundamente la fe de cada cual, y mi opinión sobre el papa nada tiene que ver con el Dios católico y tampoco con el Jesús de la Biblia, sino con la Iglesia como institución desgastada, anquilosada, obsoleta de la que la gente cada vez se aleja más, realidad irrefutable y que Ratzinger no alivió.
Sí, el papa renunció, ¿y qué?
marioalegreb@elnuevodia.com

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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