Una de las razones de que las tan llamadas resoluciones de nuevo año no se cumplan a fin de cuentas, es que la gente le huye a los procesos y prefiere resultados inmediatos.
¿A quién le amarga un dulce?, como decimos los puertorriqueños. Si podemos tener un resultado rápido, de seguro que no nos molestará, pero la mayoría de los objetivos que deseamos en nuestra vida para que se cumplan de manera permanente, conllevan esfuerzo, tiempo y dedicación. En otras palabras, se requiere paciencia. Y por paciencia, no se debe entender quedarse sentado sin hacer nada. Aprendí que paciencia tiene que ver con perseverar. Es estar tranquilo, pero a la vez perseverar.
Hablo de este tema no desde la plataforma de la grandeza, sino desde mi humanidad. Como toda persona, he pasado por la experiencia de proponerme metas, que al concluir el año no se cumplieron. Pero también puedo hablar desde el ángulo del que con trabajo, y a pesar de las frustraciones y la tentación de claudicar, llega a la meta.
En el 2011 viví ambas experiencias. Por un lado, sí hubo cosas que esperaba realizar que no las cumplí. ¿La culpa? De nadie. Solo mía por no hacer el esfuerzo en el área que me propuse lograr un objetivo específico.
Ese es el problema con alguna gente, que toda su vida están buscando a quién echarle la culpa de sus fracasos y metas incumplidas. Pero el resultado, por más que encuentres a quién culpar, será el mismo: frustración y amargura.
Podrás culpar a alguien siempre, pero no vas a lograr traspasar la frustración y la amargura del fracaso. Con esas tendrás que cargar tú.
En el 2011 también me vi en la tentación de querer renunciar a mis estudios, a medida que se acercaba la fecha de entrega de mi tesis. Me vi tentado en más de una ocasión a renunciar y tirar a la basura el trabajo que ya había comenzado, solo para librarme de la tensión que me causaba pensar que se acercaba la fecha de entrega.
La lucha en la mente fue terrible. Me dio ansiedad. No lo niego. Pero aprendí hace un tiempo atrás, que lo que nos ayudará a no renunciar a nuestras luchas y metas, es mantener clara la visión por la que nos propusimos en determinado momento, embarcarnos en una aventura. Y eso me dio fuerzas en el proceso. Pero sobre todo, el crédito no lo reclamo como mío, sino al Señor que es quien nos fortalece. Porque dentro de todo, cuando nos proponemos hacer algo para el servicio de Dios, y nos mantenemos enfocados en ese propósito, Él mismo nos ayudará a completar la carrera sin desfallecer.
Cuando nuestro propósito es darle la gloria a Dios, por medio de lo que hacemos y gracias a los talentos que él nos concede, tendremos éxito.
Lo que me ayudó a continuar adelante, fue tener claro que cuando comencé a estudiar, fue con el propósito de algún día poder ayudar a la gente desde el campo de la consejería profesional.
También me ayudó mirar hacia atrás en una instrospección. Ver el esfuerzo que había hecho durante tres años, y pensar en lo que pasaría si renunciaba, me hacía cobrar fuerzas aunque no tuviera el ánimo. Pensaba en que los sacrificios que hice, serían tirados por la borda si renunciaba. Pensé que le estaría fallando a mi familia, porque parte de lo que tuve que sacrificar en tres años fue el tiempo de estar con mis seres queridos.
Pero el trabajo no ha concluido. Todavía me falta completar la especialización (maestría), y de seguro, conllevará mucho más sacrificios. Y trataré de usar la pasada experiencia como estímulo, pero sobre todo, lo que fue el principal motor para salir adelante: pensar en cumplir la obra que Dios ha encomendado.
Ser tentado a renunciar, o incluso, ser tentado a pecar, no es lo que nos hace débiles. Por eso es que la Palabra de Dios nos dice en Hebreos 4:15 que tenemos un Sumo Sacerdote (Cristo) que conoce nuestras debilidades. Por eso no nos condena y por eso es que la Biblia también nos aclara que Jesús no vino al mundo a condenarlo, sino a salvarlo.
Lo que nos hace débiles es precisamente renunciar antes de probarnos a nosotros mismos que podemos alcanzar la meta, o al menos intentarlo. Porque aun el fracaso no es malo, siempre y cuando tu fracaso se produzca en el intento de alcanzar algo y no simplemente por quedarte cruzado de brazos. Y en todo caso, ese fracaso debe utilizarse como aprendizaje para luchar aunque sea en otro ámbito. No puede usarse la derrota como excusa para no seguir luchando.
Como dije al principio, esto se trata de aceptar que hay que completar un proceso. Esa es la manera en que Dios trabaja muchas veces en nuestra vida, para ayudarnos a que nuestra fe sea aumentada. Dios tiene el poder para darte algunas cosas sin mucho esfuerzo, y a diario lo hace. Pero no permite que todo sea fácil. En la mayoría de las ocasiones busca que te esfuerces, en creer, en luchar y en caminar, porque la fe sin obras es muerta.
Me parece que lo que fácil llega poco se agradece. En cambio, cuando cuesta trabajo lograrlo, lo agradecemos más.
La pregunta que cabe en este principio de año, es si aspiras a un cambio en tu vida y qué estás dispuesto a hacer para lograrlo. Si aceptas que requiere esfuerzo y dedicación, y que se trata de un proceso de día a día, tendrás éxito siempre y cuando trabajes y aceptes consejos e instrucción, sobre todo la de Dios y su Palabra.
Cuando lo que pretendes es conseguir mucho con el mínimo esfuerzo, llegarás al próximo 31 de diciembre sin haber alcanzado nada. Y mucho peor, cuando pretendes tener éxito en la vida sin someterte a Dios ni a sus procesos, tarde o temprano terminarás fracasado.
Ten paciencia, sigue el consejo de Dios. Encomienda a Dios tus caminos, confía en él, y él hará (Salmo 37:5). Otra versión dice en este mismo verso, "Pon tu vida en sus manos, confía plenamente en él, y él actuará en tu favor".
Solo una última aclaración. Que Dios actúe en tu favor, no implica que tú no hagas nada. Tú debes confiar en Él, debes aplicar a tu vida lo que la Palabra te aconseja y sobre todo, debes creer.
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