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Romeo Mareo

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14 de septiembre de 2012

Sin amor por amor al arte

 

Laura es una mujer atractiva, elegante, inteligente, seria y satisfecha de sus logros, que eran muchos y muy reconocidos como tecnóloga de altos vuelos en un laboratorio donde se llevan a cabo enjundiosos experimentos.

(Nota al lector: no sé qué quiere decir enjundioso, pero se ve bien en este contexto).

Manuel era todo lo contrario: no, no era precisamente que fuera feo, pero sus amigos no se cansaban de decirle que tal vez si se vistiera un poquito mejor él daría una mejor impresión. Ah, y no faltaba quien le aconsejara que también podría serle conveniente peinarse de vez en cuando, en vez de andar por ahí con una especie de monte inexplorado en el tope de la cabeza.

Pero Manuel siempre decía que el era un intelectual y un pensador y que le importaban un comino las apariencias. Lo más grande es que se lo creía. Y en parte tenía razón: trabajaba en una agencia de publicidad como ‘creativo’, y a los creativos siempre se les perdona un poco la apariencia estrafalaria, incluyendo la ausencia de desodorante.

Ah, y Manuel también había publicado en determinado momento un libro de poemas, titulado “Alma en pena”, en cuya contracarátula aparecía una foto suya mirando la cámara con un gesto que pretendía ser serio y profundo, aunque la realidad daba la impresión de tratarse de la mirada de un hombre profundamente miope.

Pero, qué cosas tiene la vida, esa misma foto causó una impresión tal en el corazón de Laura cuando por casualidad ella encontró el poemario tirado en uno de los zafacones del laboratorio, que enseguida ella empezó a preguntar quién había botado el libro.

Al fin, una compañera le dijo que se lo había regalado una amiga suya que resultaba ser hermana del autor.

Así, una cosa condujo a otra, hubo invitaciones y presentaciones en una fiesta y, al par de semanas, Laura y Manuel estaban enfrascados en el inicio de un tórrido romance, de esos en que los participantes se pasan enviando mensajes de texto en todo momento, a menudo firmado con las iniciales TQM.

En los fines de semana, se les veía por todas partes: entrando o saliendo de ver una película en Fine Arts o de un restaurant especializado en comida tailandesa en Santurce, por ejemplo, obedeciendo en ambas ocasiones a la influencia de Laura, quien gustaba del buen cine y de la buena mesa.

Otras veces, si no se les veía, había entonces que deducir que había sido Manuel quien había tomado la decisión de comer esa noche y que, por lo tanto, lo más probable es que Laura hubiese pernoctado en su apartamento, comiendo TV Dinners y viendo viejas películas alquiladas en su DVD Player, puesto que el casi nunca veía televisión y no tenía cable ni satélite.

En resumidas cuentas, parecía tratarse de un romance que el destino había fraguado con la única intención de probar la validez de aquella vieja y desacreditada teoría que afirma que, en el romance, los opuestos se atraen.

En fin, los conocí cuando comenzaron a presentarse con cierta frecuencia en el Sport Bar que yo patrocino con cierta asidiudad y por alguna razón, se desarrolló entre nosotros una de esas rápidas amistades en las que ellos al poco tiempo estaban invitándome a tomar algo y otras veces yo les concedía el derecho de pagar lo que yo estuviera bebiendo.

De pronto estuvieron una semana entera sin venir, pero una noche  vi llegar a Laura… sola. Con ese sexto sentido que me caracteriza percibí que tenía deseos de desahogarse con alguien, así que permití que me convidara a un par de rondas en lo que me contaba todo lo que yo he escrito con antelación. Entonces me contó el trágico final: un día, después de ir al cine, Manuel le dijo que no podría verla más.

Como puede esperarse, hubo llantos, recriminaciones. Para sorpresa suya, Manuel le dijo que la quería y que no había más nadie, pero que no se trataba de eso.

“Es que contigo me corro el riesgo de ser feliz, y me temo que la felicidad sería fatal para mi poesía”, le dijo.

“Me temo que yo soy uno de esos seres malditos que tiene que sufrir para hacer arte”.

Como era de esperarse, dada mi reputación en estos temas sentimentales, Laura me pidió consejo.

“Eso te pasa por andar con intelectuales”, le dije. “Yo, en cambio, la última vez que leí un libro fue cuando repasaba para el examen de conducir”.

No creo que haya entendido mi indirecta, pues al poco raro se había marchado de allí. Lo peor de todo fue que lo hizo sin haber pagado la cuenta.

La ñapa

La verdad es que, después de verla la otra noche en el programa Mira Quién Baila, se me hace difícil comprender por qué tanta gente se mofa de esta hermosa mujer llamada Maripily. En fin,  ¿qué de malo tiene que de vez en cuando suelte su disparate una mujer que, según se vio por televisión, con el estremecedor contraste de su acaramelada piel canela con su vaporoso vestido blanco, parece una versión mejorada -y aumentada-, de Salma Hayek?

Nada, ya quisiera yo estar un día en posición de poder divorciarme de ella.

romeomareo@elnuevodia.com

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