Si algo debemos aprender de la fallida campaña a favor de la limitación del derecho a la fianza es que no debemos negar la humanidad del “otro”. Si algo he aprendido durante mis años de pastorado en Puerto Rico es que los criminales también son seres humanos. Permítanme, pues, explicar a qué me refiero.
Los medios de comunicación masiva tienden a deshumanizar a las personas acusadas de cometer crímenes. Tanto la prensa como el cine y la televisión presentan a los acusados como monstruos cuyo único objetivo es destruir a los demás. La prensa se refiere a ellos por sus apodos más escandalosos. La televisión los presenta como personas solitarias, viciosas o emocionalmente inestables. Y el cine los presenta como genios malignos para quienes el asesinato es una forma de diversión.
Empero, estas descripciones tienen poco que ver con la realidad. Los muchachos y las pocas muchachas que optan por el crimen como modo de vida son gente también.
En términos generales, los delincuentes tienen vidas muy parecidas a la suya y a la mía. Viven en casas o apartamentos. Tienen autos, conviven con parejas y crían niños y niñas. Botan la basura, cortan la grama y pintan los cuartos. Van a los juegos de pelota de sus chicos y a los recitales de ballet de sus hijas. Viajan a la Florida para visitar los parques de diversiones y a compartir con familiares. En fin, aman a algunas personas y hay algunas personas que los aman.
Esos criminales también tienen abuelas y abuelos, tías y tíos, primas y primos, madres y padres, hermanos y hermanas. Los mayores tienen esposas, ex esposas, hijos e hijas, nietos y nietas. Y algunos de esos familiares se preocupan por el bienestar de esos seres queridos involucrados en el crimen. Por el amor que les tienen, los familiares piden oración por ellos en sus respectivas iglesias. Una abuela pide la oración por el nieto que volvió a la droga. Un empresario exitoso clama por su hijo, quien está en un hogar para la rehabilitación de adictos a drogas y alcohol. Y una respetada educadora todavía llora al hijo que murió a causa del vicio. Y, claro está, las drogas son la puerta al crimen.
He conocido a familiares de dueños de puntos de drogas, de ladrones y de pandilleros que diariamente piden un milagro que transforme a los suyos. Aunque les tienen un poco de temor, no pierden la esperanza de verlos transformados en gente de bien.
Debemos aprender, pues, que las campañas mediáticas que deshumanizan a los criminales con el propósito de buscar votos tienden a fracasar. ¿Por qué? Porque sus amistades y familiares esperan que cambien y porque lo último que se pierde es la esperanza.
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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. http://www.drpablojimenez.com

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