Señor Romeo,
Esto es algo que me ocurrió hace unos cuantos años y que en su momento me dejó con la vida destrozada y solo ahora me siento capaz de compartirlo con usted y sus lectores.
La cosa va así: hace cinco años yo estaba casada. Mi esposo, Alfredo, era lo que muchas mujeres hubiesen deseado tener de pareja: un hombre amable, sensible, bastante bien parecido... y enamorado de mí.
Su único defecto es que en todo tenía puesta una gorrita de esas que usan los peloteros, hasta para ir al banco a coger un préstamo, pero aunque le quedaba fatal estoy consciente de que ese es un defecto minúsculo si se compara con los que tienen otros hombres.
La verdad es que yo no tenía ninguna queja de él... y él tampoco de mí.
El único problema era que él no me hacía feliz: aunque le tenía afecto, yo no estaba segura de estar verdaderamente enamorada de él. Incluso, ya yo tenía mis 35 años y, en algunos momentos de duda, me preguntaba si debía estar resignada a no haber experimentado nunca en la vida uno de esos amores tenebrosos y turbulentos como los que se ven en las telenovelas. O se veían: hoy en día tal parece que todas las telenovelas son sobre tiroteos de narcotraficantes y cosas así.
Bueno, pues un día, sin yo quererlo, todo cambió en mi vida. Conocí a Raúl. ¿Quién era él? Un nuevo compañero de trabajo. El sabía que yo estaba casada y por eso cuando empezó a ‘flirtear’ conmigo, yo supuse que era el típico jueguito que se traen muchos hombres que se saben atractivos para las mujeres: coquetear por el sencillo placer de coquetear, aunque no haya nada ulterior.
¿Y yo? Pues empecé a ‘flirtear’ también con él, segurísima de que se trataba de un juego inocente y divertido... y nada más.
Pero antes de que yo me diera cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba metida de cabeza en algo en lo que nunca había pensado que me pudiera ocurrir: un ‘affaire’ extramarital. Pero para mí no era tan solo un ‘affaire’: estaba enamorada por completo de Raúl. O al menos pensaba que lo estaba.
No soy tonta, por lo que no tardé en darme cuenta de una cosa: como ser humano, Raúl no le llegaba ni a las rodillas a Alfredo, quien, a pesar de su uso constante de la gorrita, era lo más perfecto que podía ser un hombre.
Raúl, en cambio, era lo que una podía esperar de un tipo bonitillo que se pasa ‘flirteando’ con mujeres casadas: tonto, superficial, irresponsable, engreído...
Su mayor preocupación, cuando estábamos juntos, era que yo no fuera a esmorusarle el peinado.
Pero yo estaba loca por él.
Sin embargo, yo también estaba consciente de que no estaba en mí el traicionar de esa manera a mi marido. Así, después de llevar apenas unos seis meses saliendo a escondidas con Raúl, no aguanté más el sentimiento de culpa y se lo confesé todo a Alfredo una noche mientras veíamos televisión.
Eso ocurrió menos de un minuto después de que él me mostrara una foto que alguien le había hecho llegar anónimamente en un ‘email’, en la que yo aparecía besando a Raúl a la salida de un motel.
La reacción de Alfredo fue muy particular: no me miró ni me dijo nada. Solo se quitó la gorrita que traía puesta –es muy fanático de los Medias Rojas de Boston-, se alborotó el pelo como suele hacer cuando está pensando algo demasiado profundo y se la volvió a poner.
A los dos días, todavía sin decirme ni una palabra, agarró sus motetes o parte de sus motetes –la verdad es que teníamos motetes de más- y se fue de la casa. Después supe que estaba en casa de su mamá.
En fin, ese mismo día que me abandonó llame a Raúl para darle la buena nueva.
“Mi vida, mi marido me dejó”, le dije. “Por fin estoy libre, todita para ti”.
Lo que escuché fue tremendo ataque de tos de su parte. Al par de minutos, cuando la respiración volvía a fluirle normalmente de los pulmones, volvió a tomar el celular.
Me habló entonces con una voz ronca y aterrada que no le había conocido nunca.
“Espero”, me dijo, “que estés bromeando”.
Desde entonces se ha pasado esquivándome en el trabajo.
¿Que le parece, don Romeo?
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Aunque no lo creas, querida amiga, lo que me cuentas es algo que pasa todos los días. Al igual que a Raúl, yo espero que sea una broma porque, si no, me va a causar una gracia tremenda.
La ñapa
Un artículo reciente llevaba el título, bastante sugerente, de: “Diez cosas que se pueden hacer con el guineo”.
Sin embargo, leerlo fue una desilusión: aunque concedía que el primer uso del guineo es como alimento, el artículo entonces pasaba a enumerar cosas como “sirve para blanquear los dientes” y “alivia la resaca”.
Qué, ¿no sirve para más nada la dichosa fruta ésa?
romeomareo@elnuevodia,com

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