Tristeza que llega sin invitación y que no respeta mi ser. Que intenta derrumbarme haciendo que olvide las tantas bendiciones que Dios me ha regalado.
Tristeza que se empeña en recordarme todos los 'por pocos', los 'casi casi', los 'fracasos' y los 'no pude'.
Tristeza que no compone nada en mi vida sino que busca que me convierta en malagradecido, pero más que eso, que no recuerde las tantas veces que Dios me ha rescatado, me ha levantado. En otras palabras, tristeza que busca que nos quedemos derrumbados.
Meditando respecto a algo que sentí hace unos días, entendí que la razón por la que la frustración y la tristeza recurrentes llevan a las personas a la depresión, es que se enfocan en lo que no pudieron hacer en el pasado. Dejan que ese 'ruido' ensordecedor como el de una 'tumbacocos' que tanto se escuchan en estos días de campaña eleccionaria, los afecte tanto que se encierran en su mundo como quien se encierra en su casa en estos días para no toparse en la calle con los benditos tapones provocados por las caravanas políticas.
Esa tristeza o frustración se debe al constante martilleo en la cabeza de pensamientos que permitimos que se aniden en nuestra mente como: 'no he hecho esto', 'no he logrado aquello', 'no he cumplido en tal área'.
La frustración que nos neutraliza en ocasiones se debe a que insistimos en hacer y hacer lo que nunca antes hicimos, en lugar de enfocarnos en lo que podríamos hacer ahora.
Pero antes de enfocarnos en hacer ahora, deberíamos concentrarnos y poner nuestra mirada completamente en Jesús, porque como dice su Palabra, Él es el autor y consumador de la fe. Es quien nos da fe y encima nos lleva a ejercitarla y a provocar resultados que queremos.
El ruido ensordecedor de pensamientos de fracaso nos llena de tristeza cuando le permitimos que nos moleste y que se quede dando vueltas a nuestro alrededor, en lugar de usar nuestra autoridad para apagarlo.
Pero cuando nos enfocamos y descansamos en Él, en lugar de enfocarnos en el pasado no resuelto, le estamos diciendo que confiamos en Él y que esperamos a que sea Él quien nos guíe para tener un presente y futuro distinto al pasado que tuvimos.
Cierto que hay cosas del pasado que no hicimos, que de alguna forma debemos restituir o enmendar, pero no debe ser lo que nos robe el tiempo y las energías, porque la Palabra nos dice que las misericordias de Dios son nuevas cada mañana. Y si nos dice eso es que nos está dejando ver que no nos está tomando en cuenta nuestro pasado, ni para castigarnos ni para descualificarnos. Sí espera que aprendamos de esos fracasos, pero para no volver a caer en ellos.
Al contrario, nos extiende su misericordias nuevas cada mañana para que las aprovechemos y comencemos de nuevo. Cuando uno comienza algo de nuevo, se supone que comience de cero. Si está comenzando de nuevo, no es que sigue en el lugar que concluyó.
Si digo comenzar de nuevo, implica empezar una nueva carrera, por lo tanto, requiere volver a la línea de salida, no para correr la carrera vieja que ya perdí. Esa se perdió y sería imposible darle marcha atrás. Es necesario que vuelva a la línea de salida a correr una carrera nueva.
Y esta vez no basada en mis propias fuerzas e intelecto, sino en mi comunión con Dios y en mi dependencia de Él, como ese atleta que sabe escuchar a su coach y no pretende saberlo todo. No como ese atleta que habiendo fracasado tantas veces, insiste en seguir haciendo las cosas del mismo modo porque se cree saberlo todo.
La actitud debe ser como la de ese deportista que logra el triunfo porque sabe aplicar las técnicas que le dio su entrenador, quien antes corrió ese mismo camino, o estuvo en su misma situación y conoce cada detalle.
Mientras nos afanamos en hacer y hacer sobre el débil fundamento que es construir sobre el fracaso pasado sin la asistencia de Dios, lo que hacemos es hundirnos más como quien hace fuerza por salir a flote mientras sumergido en arena movediza. Mientras más se esfuerza solo, más se hunde.
Es como nadar y nadar contra una corriente de agua impetuosa... mientras más braceadas intente, más exhausta la persona terminará, y la corriente se la llevará.
Cuando descansamos en Dios es como ponerse un salvavidas que de repente evita que nos hundamos, y ya en esa calma sabiendo que no nos hundiremos, recibimos el beneficio adicional de escuchar el consejo de Dios.
Porque uno de los beneficios de mantener la calma, de hallar la paz que brinda confiar en Dios, es que entonces podemos escuchar, porque ya no estamos concentrados en el problema, sino que estamos receptivos a escuchar el consejo.
Ya no estamos enfocados en la tribulación, sino que nuestro campo de visión se amplia y podemos ver venir, con calma, la ayuda de Dios que se aproxima; que aunque se tarde, la vemos venir y por eso esperamos en calma.
Por eso es que la Biblia dice que la fe es la certeza de lo que se espera. Si uno espera algo, quiere decir que no llega de inmediato; si lo espera es porque no ha llegado ni llega rápido. Pero lo espera porque sabe que viene. Esa es la certeza de la que habla Hebreos.
Otro beneficio es que al confiar y esperar en Dios, además de estar receptivos a escuchar y entender mejor al Señor, comenzamos a ver y a comprender que tenemos talentos y habilidades que Dios mismo colocó para que tengamos éxito.
De repente, de estar ahogándonos en un vaso de agua, descubrimos que teníamos el talento para nadar. De llenarnos de ansiedad porque perdimos el trabajo, descubrimos que teníamos talento para ponerlo en práctica y comenzar un nuevo negocio.
De repente ese profesional que queda en la calle a pesar de un diploma que certifica que tiene un título, se recuerda que tenía unas habilidades y que esa pasión que veía solo como un hobby, fue en realidad el don que Dios puso en él para que lo explotara y lo pusiera en acción para beneficio de sí mismo y de otros.
Y ahí es que nos damos cuenta que lo que pareció una tragedia o un accidente, en realidad fue la oportunidad para descubrir cuál fue el diseño con que Dios nos hizo. Pero ese descubrimiento no ocurre mientras andamos solos, como llaneros solitarios que quieren caminar independientes de Dios, o alejados de Él.
Dios quiere que le hagamos caso, que dejemos las distracciones y lo escuchemos. Si lo hacemos, nos dará estrategias. Si lo hacemos, nos permitirá mirar hacia el futuro y nos hará soñar de nuevo. Y esa visión y ese sueño será el que nos hale y nos impulse hacia adelante, hacia ese futuro.
Apaguemos el ruido que hay alrededor; el ruido de tantas distracciones que existen hoy día. Callemos el ruido que produce nuestra ansiedad, de nuestra propia voz que nos dice a nosotros mismos, 'soy un fracasado, ya he fallado muchas veces'.
Empecemos a escuchar mejor la voz de Dios... la que encontramos en su Palabra; esa que nos revela nuestra identidad y para qué fuimos creados. Empecemos a escuchar más su voz, en el tiempo que pasamos a solas con Él... pero de una vez por todas, separemos ese tiempo para hablar con Él.
O escríbeme a arios@elnuevodia.com

Fue uno de cinco periodistas del hemisferio, y el único de Puerto Rico, en ser reconocido en el 2006...


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