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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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19 de mayo de 2013

Un cadáver en el baúl

Algunas de las páginas más estremecedoras jamás escritas por Mario Vargas Llosa aparecen en ‘La Fiesta del Chivo’,  su monumental novela acerca del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. Son las que cuentan lo acontecido inmediatamente después de que un comando asesinara al dictador la noche del 30 de mayo de 1961.

Los asesinos de Trujillo habían logrado lo impensable. Acabaron con sus propias manos con una figura que por más de 30 años había ejercido un control brutal sobre las vidas, destinos, ilusiones,  y hasta las mentes de todos los dominicanos. Metieron al muerto en el baúl. Tanto miedo le tenían que ni aun después de muerto dejaron de temerle. Y no sabían qué hacer con el cadáver.

Este hecho histórico, novelado con la feroz maestría narrativa de Vargas Llosa, viene a la mente cuando se mira la situación en la que está ahora el Partido Nuevo Progresista (PNP). El PNP mató la colonia en la consulta de status de noviembre pasado. Pero desde entonces anda con el cadáver en el baúl sin saber qué hacer con él.

Así, en una época que debía ser de gran júbilo, la colectividad anda ensimismada, melancólica, dividida, mordiéndose el rabo a sí misma y con sus miembros empleando entre ellos los ataques y epítetos que por lo regular reservan para la oposición.

Es que la situación para el PNP es de verdad muy complicada.

Ganó la estadidad. Más importante aún, los electores derrotaron decisivamente el status colonial. Lo lógico sería que fueran felices y sonrientes a pedir por fin la estadidad a Washington. Pero no han logrado ponerse de acuerdo sobre cómo hacerlo, el gran momento los cogió fuera del poder y peleándose el liderato y tienen mucho miedo de la respuesta que puedan hallar en Washington. 

Ese coctelito es la causa de las amarguras del PNP.

Hay una facción  del PNP delirando con que la cosa es tan fácil como presentar un acta de admisión y ya, estado 51 en tres meses. Pero toda persona sensata, dentro y fuera del PNP, sabe que, dadas las circunstancias políticas aquí y en Washington, eso no pasa de ser una ardiente fantasía sin ninguna base en la realidad.

Por eso es que el comisionado residente Pedro Pierluisi, en el proyecto que presentó esta semana en el Congreso, vincula la petición con una consulta “estadidad sí o no”, porque sabe que, en el caso extremo de que el proceso en realidad echara a andar, tienen que haber más votaciones.

Eso de la “estadidad sí o no” pone a temblar a muchos, porque aunque el PNP está roncando con que la estadidad sacó el 61% en la consulta, todo el que ve esto sin pasiones sabe que ese número ni de lejos responde a la realidad. La estadidad no ha llegado nunca al ansiado 50 más uno y, como se les ha dicho por varias vías, para que se considere una petición en el Congreso tiene que haber mucho más del 50% de los electores favoreciéndola.

Si se hicieran realidad los temores de los que no logran conciliar el sueño pensando en la “estadidad sí o no”  la anexión, saben incluso los que fanfarronean otras cosas, sufriría en este momento una resonante derrota, con independentistas y estadolibristas de todas las tendencias rajando la papeleta por el no.

Y si eso pasara, fue nada más y nada menos que José Serrano, el único congresista boricua que el que tienen relaciones cordiales, quien se encargó de anunciarles serenito y clarito la consecuencia: olvídense de la estadidad por al menos una generación.

Como ven, el PNP, al haber matado la colonia en la consulta de noviembre, metió a la estadidad en un callejón sin salida.

Y el panorama podría ponerse peor.

No parece probable, pero si por una carambola se desatara una discusión seria sobre la estadidad en Washington, pueden venir sorpresas muy desagradables, con noticias sobre el costo de la anexión para ellos y para nosotros, tanto en términos económicos como sociales, culturales y hasta deportivos, cosa esta última que, como sabemos, no se puede subestimar.

Mas, al final, esto no es para nadie se ponga a llorar. Lo más seguro es que, aparte de una que otra audiencia, no pase nada. Los estadistas pueden seguir entonces viviendo unos cuantos años más engordando su militancia con la esperanza de que, la próxima vez que se vote, sean suficientes para que allá los tomen en serio.

Mientras tanto, el cadáver de la colonia seguirá pudriéndose en el baúl.

 (benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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