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Romeo Mareo

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27 de diciembre de 2012

Un hombre fino habla francés

 

Estimado señor Romeo,

Desde que me aumentaron el sueldo en el trabajito que tengo en Santurce, no tan solo he comenzado a vestir mejor y con más caché, sino que, a la hora del almuerzo, he dejado de acudir a los negocios de comida rápida y he empezado a patrocinar -se dice así, ¿no?- negocios más rebuscados.

Así, hay veces que opto por ir a un sitio que simula ser un café al aire libre, con mesas regadas por el exterior del restaurante, donde hacen unos platos que tienen exquisitos nombres en francés.

Aunque son un poco más caros, las ventajas que estos negocios brindan, según mi humilde parecer, aparte de que la comida es mejor, es que permiten que uno se codee con gente un poquito más sofisticada. O tal vez deba decir un poquito menos cafre.

Y eso siempre me ha atraído, puesto que mi familia viene originalmente de Europa y, aunque yo nunca he estado por allá, siempre he sentido que una espesa corriente de nobleza me corre por las venas.

Aparte de que tengo que admitirle una cosa, señor Romeo: aunque solo tengo 22 años, siempre me han gustado las mujeres refinadas y maduras, de esas que uno ve en las revistas de modas, y, como es natural, muy pronto me di cuenta de que es más fácil conocerlas en sitios refinados y maduros, como estos, que en algún oscuro local en el que solo haya mujeres mascando tacos.

Para resumir, don Romeo, el otro día como que se hizo realidad mi sueño en el bistro o restaurante semi al aire libre en el que me hallaba almorzando: como las demás mesas estaban ocupadas de tepe a tepe y dado que yo me hallaba solo y conmigo mismo en una mesa dotada de cuatro sillas, esta chica bien hermosa se me acercó y con un delicioso acento brasileño me preguntó si no me molestaba que ella se sentara allí.

“Non, s'il vous plais”,  le dije en mi mejor francés, que no es muy bueno,  inspirado por la atmósfera de aquel restaurante. Pero la chica me impresiono al no hacer ninguna mueca de asco ni preguntarme, ofendida, que qué demonios yo le estaba diciendo.

Más me impresionó cuando ella ordenó un apetitoso soufflé y todavía más cuando noté la delicadeza con que lo saboreaba, introduciéndose en la boca pequeños pedacitos bien cortados y no los inmensos peñones de alimentos que  he visto engullir a algunas amigas.

Aunque no nos hablamos mientras comíamos, sí me di cuenta de que nuestras miradas se cruzaban y entrelazaban con frecuencia y, haciendo galas de mi gran elegancia, aunque terminé antes que ella, me abstuve de levantarme o de pedir la cuenta hasta que ella no hubiese terminado.

Cuando lo hizo, enjugándose la boquita con un perfumado pañuelo de terciopelo, le pedí al mesero que nos trajera dos cordiales y procedí también a pagar el almuerzo de ella.

La chica se sonrojó hermosamente e insistió más de una vez en que aquéllo no era necesario, pero me mantuve en mi posición y creo que terminé de desarmarla por completo al decirle:

“Noblesse oblige”.

En fin, había sido para mí, más que un encuentro perfecto, uno pluscuamperfecto, puesto que sabía muy bien que, después de este despliegue de sofisticación y cultura, ella no me debía negar el número de su celular.

Entonces me topé con lo imprevisto: hurgué primero en los bolsillos traseros de mi pantalón, luego en los del lado, y en ninguno estaba mi billetera.

“Merde!” exclamé en voz baja.

A la larga, como la billetera de seguro se me había quedado en el trabajo, abochornado, tuve que dejar que ella lo pagara todo. Y cuando nos paramos para marcharnos, cada cual por su lado, le dije:

“Tienes que darme la oportunidad de de devolverte ese dinero. O de pagarte un almuerzo”.

“No hay problema”, dijo ella.

Volví a la carga:

“Para mí será un gran placer. ¿Te parece bien mañana, a la misma hora y en este mismo lugar?”

La chica sonrió, un poco sonrojada y bajando la vista.

“Bueno, puede ser”, me dijo.

Pero han pasado ya dos semanas de eso, señor Romeo y... nadita de nada.

Incluso estoy llegando a pensar algo que me parece inverosímil: ¿habrá sido posible que yo no la haya impresionado a ella tanto como ella a mí?

¿Qué cree usted, amigo mío?

---------------------

Solo puedo decir una cosa, querido lector: Mon Dieu!

La ñapa

Cada vez que más lo pienso, más me convenzo de que Bodine, nuestra fallida Miss Puerto Rico, representa el nuevo ideal de la mujer puertorriqueña: hermosa, alegre y despreocupada. ¿Que si tiene novio, pero no se acuerda ni de su apellido? Bien por ella: por lo menos es sincera.

romeomareo@elnuevodia.com

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