Cuando cumplió 40 años, mi amigo Romualdo, mejor conocido como Rommy, llegó a la conclusión de que, en lo que al trato con mujeres se refiere, su vida había sido un fracaso total.
No era tan solo que estuviera soltero: como todo el mundo, él conocía a buena cantidad de hombres que habían llegado sin casarse hasta esa edad, y estaban felices de ello…. Y hasta orgullosos. Pero se trataba de hombres que, au?n sin casarse, gozaban de una vida social –y sexual- bastante activa
Pero con Rommy no era as?í.
No era bien parecido - estaba un poco gordo y un poco calvo- pero, volvemos a lo mismo: proliferan por ahí tipos muchos más feos que él, que aún así, debían inventarse nuevas maneras de archivar los nombres de sus contactos femeninos en el celular, con tal de que no se le confundieran los nombres: Cristina I (rubia, alta), podían poner, por ejemplo, para identificar su llamada. Seguida de Cristina II (pelo negro, bailadora).
Salvo alguna que otra compañera de trabajo, que podía llamarlo exclusivamente para discutir asuntos de trabajo con él, Romualdo no contaba con un solo contacto femenino en su celular.
“Bueno, tengo a mi madre”, me dijo una noche, cuando me confesó su dilema en una consulta privada que le concedí en mi consultorio favorito: el pub que yo frecuento con bastante asidiudad y al que él empezó a asistir no hace mucho, en un desesperado esfuerzo por conocer gente nueva.
“Tu madre no cuenta”, le dije. “Tampoco tus tías ni tu abuela”.
Para tratar de analizar cuál podía ser su problema, le pedí que me enumerara los sitios que el visitaba en su tiempo libre. Me habló del banco, de la iglesia, del supermercado, del laundry…
A continuación le expliqué que la cosa ha venido cambiando en los últimos años, y que hoy en día uno debe acudir a aquellos sitios a los que todo el mundo va expresamente con esa misma intención.
Es decir, discotecas, pubs, barras, licorerías…
“Yo casi no bebo”, me dijo Rommy.
“Pues aprende, y rápido”, le contesté. “Estás entrando a una edad en la que la sobriedad no te va a ayudar a ti, ni a tu pareja en potencia”.
Entonces le pedí que me enumerara los temas de los que él hablaba con las mujeres cuando se daba el milagro de que conocía a conocer a una.
“Pues lo que todo el mundo: de programas de televisión, de cine, del clima, de política, de mi trabajo…”.
“Con razón”, le dije.
Como quien le está hablando a un niño de primer grado, le expliqué que, al ritmo en que estamos viviendo la vida en estos tiempos, uno no puede perder el tiempo y debe zumbarse casi de inmediato al tema sexual.
“Si ella te empieza a hablar de un programa de televisión, coméntale algo que viste recientemente en el canal de Playboy”, le dije.
“Si ella te habla del calor, dile que el mejor antídoto es una buena ducha con agua tibia, y menciónale que, por una de esas casualidades de la vida, la de tu apartamento está disponible en esos momentos”.
“Si la chica no te propina una bofetada y sigue hablando contigo después de eso, ya tú sabes que tienes posibilidades”.
Mi última recomendación fue la más dolorosa: Rommy es uno de esos tipos sinceros, nobles, caballerosos y de buenos sentimientos, unas cualidades que a menudo asquean a la mujer moderna.
Por consiguiente, le recomendé que se esforzara al máximo por lucir superficial, vulgar y engreído, con una pequeña dosis de falsos aires de grandeza también, y que querá notar esos cambios la próxima vez que nos viéramos en ese mismo pub, la próxima semana.
Y debo decir que casi no lo reconocí cuando llegó: en vez de andar con su habitual paso de carro con dos gomas ponchadas, con los hombros caídos y un gesto de depresión suicida en el rostro, entró al pub a paso firme, la cabeza enarbolada hacia el techo y un abrigo colgándole jactanciosamente de los hombros con las mangas sueltas.
Además, llevaba unas gafas oscuras, naturalmente que enterradas en la cabeza, y hablaba a todo volumen por su celular:
“¿Alejandrito?” preguntaba a su supuesto interlocutor, o interlocutora.. “Pues no, no lo he visto después de las elecciones, pero todavía tenemos pendiente una cena en su casa… ahora me imagino que será el mes próximo en La Fortaleza… Que fastidio, con lo difícil que es conseguir parking en el Viejo San Juan. Cuando comí con Luisito los otros días, tuve que dejar el Mercedes en el parking de Doña Fela. Pues no, no sé si tendrán valet parking…”
Enorgullecido, vi cómo las admiradas miradas femeninas empezaban a emigrar en su dirección, junto a la mirada en igual grado resentida de los otros galanes del lugar.
Poco después Rommy me preguntó si yo no creía que estaba exagerando un poco la nota.
“¿Estás loco? El cielo es el límite”.
La ñapa
No he leído la novela Cincuenta sombras de Grey, que al parecer ha conmovido al mundo con su alto contenido sexual, pero sí me atrevería a apostar algo: la traducción correcta del título 50 Shades of Grey debería ser Cincuenta tonalidades de gris. Aunque Shade también se traduce como sombra, solo de ese modo haría sentido el leve juego de palabras entre el apellido del protagonista Christian Grey y el color gris (Grey).
romeomareo@elnuevodia.com

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