“Ese sabe dónde están los muertos”.
La frase la decía esta semana alguien que, como muchos en este país, se preguntaba en voz alta las razones que puede tener la administración del gobernador Luis Fortuño para mantener en su puesto a la tóxica figura de Miguel Cordero, el director ejecutivo de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE).
Cordero en estos días tiene una distinción nada envidiable.
Pocas veces alguien logra superar el repudio que normalmente siente el público hacia el secretario de Hacienda o el gobernador, sean quienes sean. Miguel Cordero, entre otras cosas por el abuso que comete la agencia que dirige contra el pueblo con las insostenibles facturas que mes a mes nos estremecen al llegar al buzón o por su defensa del detestado proyecto del gasoducto, es hoy por hoy la figura más aborrecida en Puerto Rico.
Y en uno de esos vuelcos irónicos de la realidad solo posibles aquí, es, al mismo tiempo, el funcionario mejor pagado. Su salario base de $282,000, que se acerca a los $400,000 cuando se le suman los polémicos bonos y otros emolumentos, lo convierten, por mucho en el funcionario mejor pagado del Gobierno de Puerto Rico.
¿Y por qué se le paga esto?
Por dirigir una ineficiente agencia que acumula pérdidas multimillonarias, que no da mantenimiento a instalaciones esenciales por lo que la luz se va apenas a un silbido de pájaro y para que nos hagan pagar a nosotros todos los absurdos compromisos que le engancharon a la AEE con los subsidios a hoteles, iglesias y municipios.
Le pagan eso por mentirnos, por dejar que se pierda el 15% de la energía que produce la AEE, por timarnos con el ajuste por combustible, por retrasarse en el pago a los suplidores de combustible y cargarnos a nosotros el recargo que le imponen por malapaga y por hacer chistes de mal gusto en medio de las vicisitudes de la tormenta.
No todo lo anterior, por supuesto, es pecado original suyo, pues el diseño diabólico de las finanzas de la AEE no se lo inventó él.
Pero él se convierte voluntariamente en el parapeto de nuestras frustraciones porque no ha hecho el menor esfuerzo por comprender la justa indignación pública, lo justifica y hasta nos ha mentido sin que se le note el pudor para ocultar algunos de sus desmanes.
El gobernador Fortuño, que tiene que estar plenamente consciente de lo pesada que es la piedra de Miguel Cordero en sus perspectivas de reelección, se hace el desentendido cuando se le plantea esto. Dice que son cosas de la Junta de Gobierno de la AEE, como si fuéramos tontos y no supiéramos que los miembros de esa Junta los designa él, le responden a él y cuando él quiera le dan a Miguel Cordero la patada.
Pero no. Es tanto el cariño que le tiene Fortuño que, por su afecto, hasta olvidó una de sus principales promesas de campaña: bajar el costo de la luz. El otro día lo recordó de repente. Casi 33 meses después de su ascenso al poder dijo que le preocupaba el costo de la luz y que había que buscar alguna manera de bajarlo. Lo mismito que decía en la campaña. Como si no hubiera tenido tiempo de sobra para al menos haber encaminado un plan a esos fines.
Ah, claro, ahí está el gasoducto, como plan a mediano plazo para bajar el costo de la luz, dirán algunos. Pero si no hubieran ya suficientes dudas con ese proyecto, nos enteramos ahora que solo funcionará al 30% de su capacidad. O sea, que si todo lo que nos han querido atosigar sobre el gasoducto fuera cierto, habría que quitarle el 70% del peso a esa promesa.
En resumen, que no hay nada que parezca que Miguel Cordero ha hecho bien y por eso las dudas sobre la manera en que en medio de esta tormenta ni siquiera se ha insinuado que salga de su puesto.
En realidad, Miguel Cordero de seguro no sabe nada de ningún muerto. Pero hay algo que no nos han explicado que le deja sobrevivir en medio de la indignación popular, del repudio general y del presunto deseo de Fortuño de ser reelecto.

Benjamín Torres Gotay ha ejercido el periodismo de manera ininterrumpida desde su graduación de la U...


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