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28 de noviembre de 2012

Un príncipe tacaño

A la vida de María Elena llegó su príncipe encantado. ¿Encantado? Eso decía ella. Y es que Felipe -no de Borbón- para los efectos era el hombre “perfecto”. 

 Lo conoció por conexión. La invitaron a la fiesta de Navidad de la oficina en donde trabaja el esposo de la prima y allí le presentaron a su blind date. Guapo el Felipe -como el de Borbón-. Alto, ojos claros, cuerpo en forma, buen trabajo,  soltero y sin compromiso. 

 De entrada, el click. A las semanas ya estaban de novios, viviendo una vida de ensueño. Al parecer, porque no es azul el mar.  ¿Y a qué se debe el comentario? Pues a que las cosas no eran tan maravillosas. No habían transcurridos dos semanas del noviazgo y salía a flote el verdadero Felipe: un maceta empedernido que ha logrado amasar un buen capital, a cuenta de no comerse ni un limber.

 Me contó mi prima Lola, que la conoce desde niña, que María Elena es de estas mujeres que les gusta vivir bien y estar siempre de “punta en blanco”. Prácticamente se echa el sueldo encima. Tiene un buen trabajo, posee una casa muy linda y conduce un carro europeo. Le encanta comer en restaurantes finos y viajar por el mundo. En cambio Felipe, nada que ver con ese estilo de vida. Posee casa y carro porque no le queda de otra. Pero eso de andar fabu, dando un brinco a Nueva York, ir a Broadway y comprar en Barneys es un sacrilegio en la vida.

 Las banderas de su tacañería se levantaron de inmediato. Odiaba dejar propinas, eso las pocas veces que con la muela de atrás aceptaba pagar la cuenta. Es de los que van al baño cuando llega el ticket. Además, la tenía loca con lo de guardar los recibos del IVU Loto. Es una obsesión. Al parecer los organiza por fechas y los revisa a diario. 

 Cuando María Elena lo visitó por primera vez se llevó una gran sorpresa. Felipe vive en una casa de los más elegante, por fuera. Pero, por dentro no contaba con mobiliario. Dormía en un matres, porque no era necesario. Y para colmo, ni acondicionador de aire... “luego pago mucho de luz”, le comentó a María Elena, quien tuvo que bañarse con agua fría porque el calentador “halaba mucha electricidad”. En su clóset, par de camisas y dos pantalones. 

 El primer lío tuvo lugar el día en que María Elena llamó al hombre para  informarle, de lo más emocionada, que se iban de wikén largo para las British Islands. Una lancha en Tortola los aguardaba para disfrutar por varios días en Virgen Gorda y Peter Island. Felipe puso el grito en el cielo. “Estoy pelao”, se oyó del otro lado de la línea. “Don't worry honey, yo pago”, exclamó la enamorada María Elena.

 Estaba pelao el hombre, pero gozó de lo lindo. Nadó con delfines, restaurantes exóticos, bebidas caras, en fin, vida de reyes, cortesía de María Elena.

 A los días del regreso de esa estadía idílica y costosísima, se acercaba el cumpleaños de María Elena. Ella se encargó de pregonarlo a los cuatro vientos para que no quedara duda del evento. 

 Llegó el gran día. Y Felipe, mutis. Una llamadita al mediodía, pero de rosas o chocolates, nada. En la noche, arribó el hombre con una invitación a cenar. María Elena feliz. Pero, no duró mucho ese estado de felicidad. Hubiera esperado que él la hubiera llevado a un restaurante fino, algo parecido al steak house del hotel de Isla Verde, que ella lo llevó cuando le dieron la promoción en la oficina. Triste el caso de María Elena. Un restaurante modesto, vino económico y tuvo que compartir el postre. Para colmo, Felipe le dijo al mozo que ella cumplía años y cuando se disponía a pedir el postre, a son de ollas y gritos le cantaron el "cumpleaños feliz” más burdo de su existencia. 

 Cuando llegó la cuenta, él sacó una tarjetita de descuentos que le habían obsequiado con lo que se ahorró el 35 por ciento de la cena. Más el 15 de la propina, porque la pagó ella. 

 Por supuesto, que se acabó el idilio. Muchos sapos y pocos príncipes.  Ciao!

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