Si Edgar Santana tiene sangre en las venas, el viernes en la noche no pudo conciliar el sueño. Sólo unas horas habían pasado desde la tremenda sentencia de 18 años de cárcel que le fue impuesta tras haber resultado convicto de corrupción.
El inmenso peso de la perspectiva de tantos años despojado de toda la humanidad que pierden los presidiarios lo tenía de seguro dando vueltas en el duro catre de su celda cuando, a las 2:00 de la mañana ya del sábado, tres temblores sacudieron los cimientos de la isla de Puerto Rico.
No es difícil imaginar cómo la habrá pasado le exalcalde al sentir el temblor y comprenderse incomunicado en su celda, sin el pequeño consuelo que sienten los que nos aterramos ante una sacudida del suelo cuando podemos optar por arrimarnos a alguien querido y hacer la simple, la inevitable pregunta: "¿Lo sentiste?".
Peor aún la habrá pasado cuando comprendió que no tenía manera de saber cómo la estaban pasando sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus amigos más cercanos, todo el que le importa en la vida, tras los inquietantes sismos del sábado en la madrugada. Quién sabe cuántas horas pasarán para saber si sus niños se asustaron, lloraron, a quién se abrazaron, lo cogieron a vacilón o, como tantos otros, ni cuenta se dieron.
Así, bien tempranito en su sentencia, Edgar Santana se dio cuenta de todo lo simple y de todo lo complejo, de todo lo banal y de todo lo importante, que puede perderse alguien por estar preso.
Son demasiadas las cosas que no puede vivir el confinado. Más allá de lo obvio, de lo que todos imaginan cuando piensan en alguien que ha estado o va a estar mucho tiempo tras la rejas, hay mucho mucho más que no se tiene cuando no se es libre: una cerveza helada, correr bicicleta, bañarse en la playa, un pedazo de pizza de pepperoni, mojarse en la lluvia.
En el caso de Edgar Santana, hay que decir, no sin cierta tristeza, que él mismo se buscó lo que le está pasando. A pesar de un origen bastante prosaico, de una vida sin ningún brillo especial, de un desempeño académico y profesional mediocre en el sentido más clásico, se había conseguido un trabajito de alcalde, lo cual no es poca cosa en una ciudad con espíritu de pueblo pequeño como Vega Baja.
Pero se puso a robar. No le bastó ser el señor alcalde y tenía que traicionar. Un amigo suyo dijo a un periódico que le advirtió que dejara el traqueteo. Pero Edgar Santana, con esa incapacidad tan de los mediocres de no poder ver más allá de sus narices, no hizo caso y siguió extorsionando hasta a sus propios amigos.
Después que fue atrapado, pudo haber alzado las manos, declararse culpable, pedir perdón, obtener una sentencia mucho menos pesada de la que carga ahora. Pero tampoco recapacitó. Creyó que el poder de su amigo Thomas Rivera Schatz era tanto como para poder descarrilar el proceso, como lo intentó haciendo imputaciones sin base contra el Fiscal Especial Independiente (FEI) que llevaba el caso, César López Cintrón.
Creyó, después, que lo mejor le tocaba como juez uno de los muchos comisarios que el Partido Nuevo Progresista (PNP) ha sembrado en todos los niveles de la rama judicial.
Todos los cálculos le fallaron.
Existe la sensación en Puerto Rico de que por cada corrupto que, como Edgar Santana, cae, cinco otros levantan cabeza, diez otros siguen arrancándole el corazón a la confianza del pueblo. Pero no deja de producir cierta satisfacción que, de vez en cuando, aunque sea muy de vez en cuando, al menos uno caiga, y se dé bien duro, como Edgar Santana.
Quizás esta sea una buena hora para que, usted, senador, alcalde, representante, secretario, que lo hizo o está pensando en hacerlo, eso mismo, robar, se mire en el espejo de Edgar Santana y vea lo que podría pasarle.
Entre muchas otras cosas, es muy triste, piénselo bien, no poder pasarle la mano por el pelo a un hijo cuando hay un temblor y decirle "tranquilo, ya pasó".

(J. Ismael Fernández / El Nuevo Día)

Benjamín Torres Gotay ha ejercido el periodismo de manera ininterrumpida desde su graduación de la U...


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