(Segunda de una serie, con el Orfeón San Juan Bautista en Sevilla, España.)
El tañido de una campana solitaria rompe el frío silencio de la noche en el Oratorio de la padres filipenses en Sevilla. Desde lo alto, convoca a la reunión que está a punto de comenzar, como una vez lo hicieron los antiguos minaretes en este recinto antiguo. El barrio de Santa Cruz, con su laberinto milenario de callejones angostos, no descansa. Por sus calles, que conforman una inmensa red capilar, discurre un mar de gente dispuesta al ocio y a la conversación, como un plasma vital que restaura el pulso de la antigua ciudad. Es viernes en la noche y el comienzo del fin de semana añade brío a los pasos de los caminantes. Adentro de la iglesia, vocaliza el Orfeón San Juan Bautista, venido de Puerto Rico para un programa de música sacra, junto a la orquesta Archivo 415. Se trata del primero de dos conciertos en esta tierra andaluza.
El Orfeón y Archivo 415 comparten cosas importantes que saltan a primera vista, entre ellas la juventud y el entusiasmo por el repertorio barroco. Sentados frente al altar mayor ubican, a la izquierda, cinco violines; al centro, dos violas da gamba y un archilaúd; a la derecha, dos violas, violines, órgano y fagot barroco. El conjunto afina mientras el coro repasa detalles y prepara su entrada. Coralistas y músicos se aprietan codo a codo con la mirada puesta en el maestro Daniel Alejandro Tapia Santiago, que con su genial batuta imparte con autoridad las instrucciones. Un público discreto observa repartido por los bancos de la iglesia. De repente, la imagen me golpea felizmente: un coro antillano y una orquesta sevillana se aprestan a hacer juntos música antigua en una iglesia centenaria, absoluta naturalidad.
Sentado en un banco solitario observa silencioso un joven. Es Fabio Fresi, compositor de Cerdeña, autor de una de las piezas que serán interpretadas esta noche, el Stabat Mater in do minore, de seis movimientos. Le pregunto de su relación con el Orfeón y no me sorprende su respuesta: se han conocido por Internet. Fueron los boricuas quienes iniciaron el contacto, interesados en su música. Luego le comisionaron una pieza y de allí vino la amistad. “Cuando un compositor escucha sus composiciones siente miedo. Pero yo me siento confiado,” sentencia refiriéndose al Orfeón San Juan Bautista. Autodidacta, se formó cantando en un prestigioso coro, los Cantori della Resurrezione, en la mejor tradición medieval de aprender haciendo. Acude a la cita complacido del reencuentro con los boricuas.
Un público diverso va ocupando los bancos de la iglesia y, a primera vista, sorprende por su diversidad. Elegantes unos, casuales otros, presentan además un cuadro diferente en edades, homologado tal vez por la afición a la música. Llegado el momento, los dos conjuntos hacen su entrada desde la puerta de la sacristía en el costado izquierdo, y se disponen en varias filas. El público los saluda con un aplauso. Y comienza la música.
El recinto sagrado adquiere una nueva dimensión sonora con las voces y los instrumentos que emociona por su riqueza y calidad: un verdadero banquete para los sentidos. Pieza tras pieza, remontan el repertorio con maestría. La escena, sin embargo, no deja de tener sus peculiaridades. De repente, un cura cabizbajo y solitario, irrumpe silenciosamente desde la sacristía y atraviesa sin miramientos el altar, ante la mirada atónita del director. El prelado no se inmuta y prende un interruptor. El rostro de La Dolorosa se ilumina y la divinidad entra en escena. Ni en una película de Buñuel, pienso. Pero en la Andalucía mestiza, sí.
El concierto casi concluye, y tras una magistral interpretación del Stabat Mater de Pergolesi, el público de pie, los recompensa con un aplauso. Me acerco de nuevo al maestro Fresi y le pregunto si advierte alguna afinidad entre nosotros por ser isleños. “El orgullo,” me dice. “Llevamos una isla en la cabeza.”

Soy escritor y periodista. Me interesa interrogar mi tiempo y mi circunstancia para comprender mejor...


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