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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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3 de noviembre de 2013

Un superintendente simpático

Se busca un superintendente para la Policía.  Debe tener alguna experiencia en temas de seguridad, tener características de liderato, saber manejarse en la espesa selva de los intereses siniestros y pactos de sangre en la Policía, conocer los pasadizos secretos del Cuartel General, no tener dedos amarrados con nadie, ser un administrador y conocer algo de Puerto Rico.

Y necesita, además, un atributo que, vista la experiencia del renunciante Héctor Pesquera, parece más importante que todas las características antes mencionadas: debe ser simpático. Sobre todo con políticos. Debe ser alguien, en resumen, capaz de pelar el diente cuando convenga y ante quien convenga. 

 Uno ve los reproches que se le han hecho estos días a Héctor Pesquera, quien renunció abruptamente el miércoles en la noche, y todos van por esa línea: que es rudo hablando, que no hace chistes, que desafía periodistas y políticos, que es un “malcriao” y un “parao”, que responde a la prensa cuando le da la gana y en los tonos y términos que le da la gana, y par de otras linduras así.

Es verdad que Héctor Pesquera dejó un muy mal sabor al renunciar de manera tan abrupta en un momento tan crítico para la Policía, sobre todo porque no ha explicado públicamente las razones que tuvo para tomar tan tajante decisión.

Pero es cierto también que, mirado fríamente, y dejando de lado los defectos de su personalidad, que a eso sí que le aplica aquello de que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, puede que haya sido el mejor superintendente que ha tenido la Policía en tiempos recientes.

Claro, tenía la piel finísima. Ciertamente, sus exabruptos cuando se le pedían cuentas no parecían cosa de cristiano. Por supuesto que fueron injustos sus ataques a los líderes comunitarios que reclamaban mayor presencia policiaca en lugares de alta incidencia criminal. De acuerdo también en que el cinismo al responder preguntas sin sentido no parece  digno de todo un jefe de agencia, que debe saber usar ciertos dotes diplomáticos aun en las circunstancias más absurdas.

También, hay quien quisiera que el jefe de la Policía fuera un líder comunitario o un activista de derechos civiles. Pero todos sabemos que eso nunca va a pasar.

El jefe de la Policía siempre será un policía, estatal o federal, un fiscal, un abogado, un exjuez, gente así, ligada al campo llamado “de la ley y el orden”, esa disciplina en la que a los derechos civiles se les ve más como excentricidades con las que ocasionalmente hay que cumplir, que como un componente vital de la interacción entre el ciudadano y la autoridad.

En resumen, haciendo todas esas salvedades, que son muchas, se sabe, y si uno no tiene expectativas irreales sobre lo que debe ser un jefe de la Policía, Héctor Pesquera no fue un mal superintendente.

Tenía control de ese cuerpo, cosa que no es fácil, como saben todos los que han estado antes en esa silla con clavos. Apenas llegado, hizo varios diagnósticos milimétricos de los principales problemas de la Policía.

Por ejemplo, fue el primero que llamó la atención al anacronismo intolerable de que ningún procedimiento en la Policía esté mecanizado, lo cual afecta tanto los procesos administrativos internos, como la recopilación de la información necesaria para establecer adecuados planes policiacos. 

Además, identificó las deficiencias en el adiestramiento de la Policía y manifestó la necesidad de que los agentes tuvieran recursos tecnológicos que le permitieran llevar a cabo sus tareas de manera más eficiente. También, recordemos, le cortó las cabezas sin contemplaciones a los oficiales y agentes que incurrían en la despreciable práctica de manipular las estadísticas del crimen.

Por último, identificó la importancia de que la Policía esclareciera más crímenes, trabajó hacia ello, y llegó hasta a producir algunos resultados, modestos, por supuesto, por el poco tiempo que estuvo, pero que sin duda iban en la dirección correcta.

Si usted no es de los que cree que la Policía tiene poderes sobrenaturales que le avisan que a alguien se le metió en la cabeza matar a alguien, o de que un fulano quiso robar en tal sitio, darse un pase de cocaína en el otro o darle un pescozón a su vecino, pues si usted no es de los que cree en esos cuentos de camino, entenderá que cosas como las que ocuparon a Héctor Pesquera son las que deben ocupar a los jefes de la Policía.

Aquí, cualquier la gestión de cualquier superintendente está abocada al fracaso desde antes de empezar porque tenemos expectativas irreales: en pocas palabras, vivimos bajo la ilusión de que la Policía puede evitar que ocurran crímenes.

Eso es un error.

Los crímenes se evitan en las familias, en las escuelas, hospitales, organizaciones comunitarias, iglesias, etcétera. Si todos esos fallan, y a alguien le da con meterse a bandido, no hay policía ni ejército que pueda evitarlo.

Lo que sí le toca a la Policía es establecer buenos planes de vigilancia para que menos bandidos encuentren donde hacer su diablura, tratar con dignidad a la población y, sobre todo, tener la tecnología y la pericia para que, contrario a lo que ocurre ahora, cada vez que a alguien le dé con ser malo entienda que es más probable que lo atrapen a que se salga con la suya. 

Por ahí era que, poco a poco, iba Héctor Pesquera llevando la Policía. Eso, más o menos, es lo que debe tener claro el que venga ahora. Eso, y, claro, algo que tampoco se puede subestimar, ser un poco, solo un poco, simpático. 

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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