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Romeo Mareo

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9 de agosto de 2012

Yo no soy un hombre celoso, pero...

Estimado don Romeo

Soy una de esas chicas que, hasta no hace mucho, se moría de envidia cuando escuchaba a otra mujer decir algo así como: ‘¡Mi novio es tan celoso!’

Lo curioso es que se trata de una frase que esta mujer pronuncia en medio de un gran número de circunstancias diferentes.

Por ejemplo, cuando un grupo de mujeres solteras y sin compromiso la invitan a una noche de diversión entre amigas, esta chica responde: 'Me encantaría, pero, ¡mi novio es tan celoso’

  O cuando alguna amiga le pregunta: ¿Qué te pasa que ya no te pones esas minifaldas que tú siempre te ponías antes? ¿Te ha pasado algo en las piernas?’

Esta chica responde lo mismo, ‘Chica, me encantaría, pero es que ¡mi novio es tan celoso!’

Pero, cada vez que lo escuchaba, yo sentía un vacío inmenso dentro de mi corazón.

 Porque lo cierto es que aunque yo he tenido mi buena cuota de pretendientes, ninguno de ellos- que yo recuerde- me ha venido con un ataque de celos. No hablo ya de uno de esos ataques que llegan al seis o siete en la escala Richter o como se llame, sino de un mero temblorcito.

 Y aunque sé que una cosa tal vez no tenga nada que ver con la otra, ninguna de mis relaciones ha durado mucho más allá de un temblor, como dicen por ahí.

Entonces conocí a un chico nuevo que se llama Freddy. O no tan nuevo: llevábamos meses viéndonos de lejito a la hora del ‘happy hour’ en un pub al que yo acudo a veces los fines de semana a sacudir el polvo acumulado de toda una semana de arduo trabajo, pero como me di cuenta de que era  tímido, el hielo no se rompió hasta que yo lo invité a salir.

Estuvimos así varias semanas, encontrándonos para ir a la disco, a la playa o, con más frecuencia, a la biblioteca de la UPR, donde él se pasa metido haciendo algún tipo de investigación para una maestría que est?á terminando en no sé qué cosa.

 Fue en la sala de lectura, sin embargo, donde una tarde noté que nuestra relación estaba tomando un giro diferente. Como siempre que lo acompaño, yo me tiré en un sillón a hojear algunas revistas mientras él pasaba horas embotellándose algún libraco, cuando de pronto sentí que él se sentaba junto a mí, respirando trabajosamente.

Entonces me dijo: “Yo no soy un tipo celoso, Cristina, pero…”.

 Lo que le preocupaba era la forma tan despatarrada en que yo me había sentado, en especial con la mini extra mini que llevaba puesta ese día.

La verdad es que la sala estaba llena de tipos  y, según parece, ya algunos de ellos le habían ido a Freddy con la queja de que no podían concentrarse por culpa mía.

No sé si esto querrá decir que vamos a terminar teniendo algo serio, pero, de entonces para acá, nuestra relación ha seguido profundizádose cada vez más, en gran medida porque no tardé en darme cuenta de que Freddy era el primer hombre celoso que había conocido en mi vida.

Fue fácil detectarlo: en la playa, cuando un día un salvavidas estuvo a punto de ahogarse por estar tan pendiente de mi microkini, o en el mitin político en que el orador por varios segundos se qued?ó mudo frente al micrófono cuando yo me senté en la primera fila y cruce las piernas, Freddy siempre enfrentó la crisis acercándoseme bien serio y bien colorado, y diciéndome: “Tú sabes que yo no soy un hombre celoso, pero…”.

¿Qué le parece, estimado Romeo, ¿voy bien?

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No sé, querida Cristina. Este es un de esos casos para el cual, con tal de poder evaluarlo bien, necesitaría algún tipo de ayuda visual. ¿Podrías hacerme llegar alguna fotito reciente, preferiblemente en una de esas poses que tanto afectan a tu amjgo Freddy?

La ñapa

Otro título que me resulta involuntariamente gracioso: “Seis lugares del mundo donde está prohibido besar en público”. Al contrario de lo que yo esperaba, se trata de ciudades o estados donde existen anacrónicas disposiciones que prohiben el acto, como es el caso de Iowa, donde un hombre con bigote violaría la ley si besa a una mujer en público.

Más interesante para mí hubiese sido que se tratara verdaderamente de lugares: digamos, el tope de la Estatua de la Libertad, la sala de la silla eléctrica en alguna prisión de Texas o el vestíbulo de la oficina del Papa en El Vaticano.

romeomareo@elnuevodia.com

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