Siempre he pensado que no hay peor gestión que la que no se hace. He insistido en que no se puede ganar la guerra, cuando no se luchan las batallas. Y, sobretodo, que no puedes saber hasta donde puedes llegar, si no lo intentas.
Sabemos de corredores que usan prótesis de metal por pies; de nadadores sin brazos que se impulsan con las caderas y el torso; de ciclistas con prótesis, y de baloncelistas en silla de ruedas. Muchos compiten por medallas y ocupan merecidos espacios en los medios noticiosos. Pocos tenemos el privilegio de conocer a los que entrenan día a día en hospitales, en las clínicas de rehabilitación, piscinas y parques. Son miles. Lo hacen en sincronía con médicos, terapistas físicos y ocupacionales. Siguen instrucciones de los que saben; de los especialistas que llamo “mecánicos de la ingeniería perfecta del cuerpo que Dios nos regaló”.
Pero apuesto a que nadie conoce a un tonto que insistió en nadar valiéndose de una pierna soberana y otra asociada “más o menos funcional”. ¿Tonto? Más bien rebelde, arriesgado y loco. Él es uno de esos pacientes impacientes que se balancean –a lo Wallenda- en el fino cable de la insistencia, causada probablemente por la negación (mala cosa cuando se desea progresar).
Me refiero a mi amigo Ángel Antonio (Toñito) Pérez-Serás, quien con una espasticidad severa, creyó que podría practicar a caminar en las aguas de una de las pozas más tranquilas de Piñones. Toño, como muchos de nosotros, conoció lo que significa la fragilidad de la vida tras un tumor cerebral que le quitó funcionalidad a sus piernas. Igual pudo haber sido víctima de un accidente, o alguna travesura genética.
Problema: Toño es de la estirpe de los orgullosos que no se rinden. Es además un desesperado que puede cometer imprudencias en el intento de echar pa’lante.
Por eso, hace unas semanas le entró la jiribilla de ir a la playa.
“¿Cómo voy a saber si puedo o no hacer algo, sin intentarlo?” Su cuestionamiento me llevó directo a una emboscada. Me sentí atrapada como en película de vaqueros porque su pregunta es una de mis frases constantes.
“¡Toño!, hay que ser humilde y reconocer hasta dónde te estira la pata, no sea que tengas un accidente y termines con las patas estira’s en el cementerio”, le dije para evitar que incurriera en comportamiento arriesgado. Pero ya no había marcha atrás.
“¡Toño, con cuidado!”, le advertí para quedar en récord.
Tan pronto el agua le llegó a la rodilla, le apretó el frío, arreció la espasticidad y mi pobre amigo perdió el control. La pierna izquierda se estiró y yo me asusté. En el agua, la pierna desobediente flotaba estirada y sin control. Recordé que por su insistencia y mi inútil persistencia, habíamos dejado las pesas que se amarran en los tobillos cada vez que hace terapias en agua. Ahora parecía que intentábamos hacer terapias de nado sincronizado.
Por bendición Divina, el Cielo nos envió dos ángeles disfrazados de traje de baño, con bíceps tatuados y experiencia en salvamento acuático de un terco con una pierna flotante y una diva acuática asustada. Uno de ellos nos disparó de la baqueta: “¿ustedes hacen terapias sin supervisión?” El otro nos remató: “¡es admirable intentar ‘la milla extra’! Pero déjense llevar de la mano de los que saben”.
Tras el chiqui-mangue, los salvavidas se esfumaron.
Con humildad y vergüenza, pensamos en las personas que trabajan en sincronía con terapeutas sensibles que nos llevan al ritmo adecuado.
Pensamos en los pacientes que buscan en la Internet estrategias “Plan B”, y terapias en la medicina alternativa, complementaria, integral y hasta experimental. Pensamos también en los que no tienen esa oportunidad y hacen “terapias creativas caseras”, aprobadas por los que saben.
Así también se ganan las pequeñas batallas que nos hacen valorar la vida de una manera especial.

Sangermeña que quiso ser periodista desde que aprendió a leer. Tras el bachillerato de Estudios ...


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