En medio de esta insólita semana, donde se han encadenado unos con otros los eventos siniestros, poco a poco nos hemos olvidado del episodio de los reguetoneros que fueron sorprendidos en la imposible fiesta de “Fritanga”, narcotraficante colombiano que, de sólo verlo, se sabía de qué pata cojeaba.
Ni los reguetoneros ni sus representantes sospecharon nada. Les pareció muy normal aquella fiesta en una isla frente a la ciudad de Cartagena, donde se alquiló todo un hotel de lujo para doce días de jolgorio. Sencillito. “Fritanga”, descamisado, cantaba rancheras. Pagaba lo que pagaba a billetazo limpio, porque no había modo de que lo hiciera con cheques o tarjetas de crédito, toda vez que, ante las autoridades y la sociedad, era un cadáver exquisito. Había tenido que fingir su muerte, como hacen tantos narcotraficantes antes de que los maten de verdad.
Escuché a uno de los reguetoneros que estuvieron en la fiesta, contar, con los ojos aguados, lo que había sufrido la novia de “Fritanga”, que a poco de saberse una mujer casada, era privada de un elemento un poco imprescindible: el marido.
Cuenta el reguetonero que, al llegar la Policía, la novia de “Fritanga” lo abrazaba y no quería separarse de él. Yo hubiera dado cualquier cosa por ver aquella escena. La mujer tirando por un brazo y los de la DEA por el otro. Por supuesto que ella sabía de las actividades ilícitas de su marido, sino de qué. Todas lo saben.
Con los reguetoneros viajaba un séquito de Puerto Rico, entre guardaespaldas, o supuestos guardaespaldas, y representantes de la casa productora de uno de ellos, propiedad del tal Pina, que está por enfrentar un juicio: fraude bancario y otras menudencias. Ya saldrán los que salieron la otra vez -cuando lo arrestaron a su llegada a Nueva York- para desearle mucha suerte. Gente famosa del cotarro artístico lo animaba a través de las redes sociales; le comentaba cosas como que él era un guerrero (ya lo creo), y le mandaban buenas vibraciones.
Todo en ese ambiente se torna surrealista, pero de ahora en adelante, con la advertencia del jefe de la DEA, que promete llevar a cabo una pesquisa a ver si agarran a los reguetoneros y a los artistas que trabajan fuera, en irregularidades fiscales, tendrán que andar con pies de plomo.
Se dice que la queja de algunos de estos reguetoneros, y de los músicos de otros géneros que han amenizado también sus tormentosos ágapes, es que en Puerto Rico no encuentran suficiente trabajo, y que en algunos países de Centroamérica y Suramérica les llueven los contratos para fiestas privadas, entre las cuales me imagino que habrá alguna normal, de gente que no anda en malos pasos.
“Fritanga”, en efecto, pagaba con dinero sucio. Pero de sobra sabe la DEA, y la Policía de Puerto Rico, que el lavado de dinero a través de reguetoneros o de artistas diversos, representa una ínfima parte de lo que de verdad se lava en el País.
El dinero de la droga se lava en la adquisición de automóviles de lujo; en la compra de mansiones o apartamentos; en la de prendas caras y relojes inalcanzables para una gran parte de la población. Se lava, nadie lo dude, en las actividades políticas, y en donaciones para los candidatos; en montones de establecimientos comerciales, que uno intuye que no hay modo de que sobrevivan con lo poco que venden, sino que son un frente para otra actividad más cruda.
Es muy cómodo cargar a los reguetoneros con el sambenito de que se lucran del dinero sucio, o del dinero manchado de sangre, como prefieren denominarlo en algunos programas de televisión. Y debe ser cierto que uno que otro lo hace. Pero en este país hay muchas personas, menos emblemáticas, muy estiradas en la páginas sociales, que han aceptado -y siguen aceptando- toda clase de sumas provenientes de los bajos fondos. En riguroso efectivo. Lavan a otro nivel, impecable y soberbio. Qué nos van a contar a estas alturas, cuando hemos visto tanto, y leído entre líneas, y escuchado más de lo que nadie se puede imaginar.
Si la DEA en verdad va a pedir la colaboración de Rentas Internas, y si la señora Napolitano quiere cumplir con lo que le prometió al gobernador -a quien, por cierto, le negó el cuartito que él solicitó para atender a los periodistas, qué barbaridad, qué detallito colonial-, les será fácil dar con las lavadoras de alcurnia que tienen ante sus narices.
Que empiecen por averiguar cuántas propiedades, cuántos carros o cuántos sortijones de prístinos diamantes, se pagan billete sobre billete, o a través de hombres de paja.
Comparado con eso, lo de los reguetoneros es calderilla. Y cuidado, que es bastante.
Despojado de su alegría, reventada su boda, a “Fritanga” se lo llevaron derecho a la extradición. A la novia se le corrió el maquillaje y la sacaron del lugar en un mísero bote. Hay un reguetonero que se llama Arcángel que lo cuenta con gracia y destreza narrativa. Me encantó oírlo. Debería dedicarse a escribir.

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