Jowie es un amigo que fue homosexual y fue redimido por Cristo.
Nos conocimos hace 20 años y hace diez me confesó que un tío lo sodomizó cuando era niño. Y que durante diez años participó de relaciones sexuales con otros muchachos, aunque en el fondo reconocía que el sexo anal era una aberración.
"El ano es para defecar. Es la salida de los desperdicios de los alimentos que entran por la boca", me repetía.
En el fondo no era feliz. Su sexo, su naturaleza, su carácter; su esencia, su sicología, su espíritu... En una palabra, todo su ser, era masculino y no femenino.
Imploró a Dios, que por la sangre derramada por Jesús en la Cruz del Calvario, lo renovara y liberara. Y ocurrió el milagro, sin el concurso de siquiatras y sicólogos. Jowie perdonó a su tío y lo llevó a los caminos de Dios.
Un ejemplo de que sí se puede. Y la Palabra de Dios lo confirma: "Si alguien está en unión con Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron. ¡Miren! Nuevas cosas han venido a existir" (2 Corintios 5; 17)
Y es que Dios ama al pecador, pero aborrece el pecado porque el pecado, tarde o temprano, nos puede conducir al cementerio, a la cárcel o a un hospital.
"Pero cada uno es probado por medio de ser provocado y atraido seductoramente por su propio deseo. Luego el deseo, se ha hecho fecundo, da a luz el pecado; a su vez, el pecado, cuando se ha realizado, produce la muerte". (Santiago 1; 14-15)
Comparto la vivencia de Jowie para sustentar mi oposición a las enmiendas del nuevo Código Civil. No me preocupa que me acusen de loco, anticuado, moralista, retrógrada, fundamentalista y homofóbico.
En días en que un sector de los intelectuales, letrados, artistas, profesionales y ciudadanos del país ejerce su derecho a la libre expresión para manifestar que respalda el reconocimiento jurídico a las parejas gays y homosexuales que se propone al borrador del libro "Las Instituciones Familiares" del nuevo Código Civil, me corresponde -ejerciendo el mismo derecho constitucional- señalar que me opongo categóricamente.
Amo a los homosexuales y a las lesbianas, y les recuerdo que las Buenas Nuevas de Jesús son fuente de paz, luz, liberación y salvación. Pero reitero mi oposición a que parejas de lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgéneros reclamen el derecho a la adopción de menores.
Menos que la pareja de dos mujeres adquiera esperma para que una de ellas conciba y que una pareja de homosexuales alquile un vientre para ser "padres".
También me opongo, por supuesto, a la ola de adulterios e infidelidades que sacude este país; recordando -por conocer muy de cerca el asunto- que son una de las causas de la desestabilidad de la familia tradicional, según instituida por Dios, cuya Ley precede las formuladas por los hombres y en cuya Divinidad se ampara, incluso, la Constitución del Estado Libre Asociado.
"Y procedió Dios a crear al hombre a su imagen; a la imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó... Es por eso que el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán una sola carne". (Génesis 1; 27 2; 24)
Claro que también me opongo a los sacerdotes y pastores que ocultan su homosexualidad detrás de una sotana o un cuello clerical; también a los que, valiéndose de su autoridad, abusan sexualmente de menores o viven una doble vida, cediendo a la concuspicencia de sus corazones.
No soy un santo; soy un pecador que cada día libra una dura batalla para vencer sus pasiones dominantes. Antes de ser "libre" y dedicarme a vivir aventuras, prefiero ser esclavo de Cristo, y cada día le pido que me fortalezca con su armadura.
Cada día miro a la Cruz y me descubro y redescubro en ella. La historia de mi vida tiene imagen, sonido y movimiento en la Cruz. Mis pecados tienen nombre y apellido. Cada vez que miro la Cruz también veo la infinita misericordia de Dios.
Jowie (nombre ficticio para proteger su identidad) también descubre su rostro y su historia en la Cruz.
En ella encuentra el poder de Dios. Sin embargo, con tristeza, también debo admitir que he conocido muy de cerca personas que, por considerar la Cruz una locura, se han perdido (I Corintios 1; 18).
Cultivé una bonita y sincera amistad con una pareja de esposos. Nos visitábamos regularmente, con nuestros respectivos hijos. El joven matrimonio procreó dos hermosas doncellitas. Tras diez años de unión, la señora abandonó a su marido e hijas para convivir con otra dama. El caballero y las dos niñas aún no se recuperan del trauma.
Por sentido común, yo no podría favorecer bajo ninguna circunstancia que la pareja de féminas reciba a las niñas y mucho menos que adopten a un menor porque el problema de tantos menores sin hogar es efecto, precisamente, de la desintegración del núcleo familiar.
Sé de otro caso: el de un individuo casado con tres hijos, que tiene un amante de su mismo sexo. Ha intentado suicidarse tres veces... La Palabra de Dios es clara. El sentido común también.
Meditemos:
"En conformidad con los deseos de sus corazones, Dios los entregó a la inmundicia para que se deshonrasen sus cuerpos entre sí. Por eso Dios los entregó a apetitos sexuales vergonzosos, porque sus hembras cambiaron el uso natural de sí mismas a uno que es contrario a la naturaleza, y así mismo hasta los varones dejaron el uso natural de la hembra y se encendieron violentamente en su lascivia unos para con otros, varones contra varones, obrando lo que es obsceno y recibiendo en sí mismos la recompensa completa por su error". (Romanos 1; 24, 26)
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