Don Justo González, el padre del Dr. Justo L. González, fue uno de los grandes líderes de la Cuba prerrevolucionaria. Fue ministro metodista, pionero del movimiento socialista, viceministro de gobierno, educador y escritor. Temprano en la década de los 50 publicó un libro llamado “El Apocalipsis o la revelación del ciudadano”. Este hermoso tomo es una paráfrasis del libro de Apocalipsis que llama al pueblo a oponerse a toda dictadura.
La publicación de este libro provocó que don Justo fuera despedido de su puesto en el gobierno, desde el cual dirigía el programa de alfabetización nacional. El libro fue proscrito por el régimen de Batista, lo que lo convirtió en un favorito del movimiento revolucionario. Los adeptos de Fidel Castro sacaban copias clandestinas del libro, las circulaban y las usaban en tertulias populares.
La corte suprema de Cuba ordenó la restitución de don Justo a su puesto poco antes de la caída de Batista. Cuando triunfó la revolución, su libro sobre Apocalipsis volvió a circular libremente. Sin embargo, en el 1963 el régimen castrista volvió a prohibir el libro y obligó a don Justo a irse al exilio a Costa Rica.
No cabe duda que la revolución cubana trajo beneficios al pueblo. La Cuba de los años 50 era la meca del crimen organizado, la prostitución y el trasiego de drogas ilegales en el Caribe. Todo esto cesó cuando Castro llegó al poder, con sus nuevos énfasis en la democratización y el mejoramiento de la educación y la salud.
Sin embargo, tampoco cabe duda de que Castro persiguió a quienes disentían de sus opiniones. Viéndolas como enemigas de la revolución, su régimen encarceló, exiló y hasta fusiló a miles de personas, muchas de las cuales eran inocentes de toda culpa.
Claro está, la Cuba del nuevo milenio no es la Cuba de la década de los sesenta. Hoy hay más apertura y participación. No obstante, el temor permanece.
Hace pocos años, cuando yo trabajaba en los Estados Unidos, recibí a un ministro cubano que se vio obligado a recurrir al exilio. A pesar de que había tenido un puesto alto en una denominación de avanzada que era vista con buenos ojos por el gobierno, alguien lo acusó de actividades antirrevolucionarias.
Una tarde, después de tramitar visas para un grupo ecuménico que deseaba visitar Cuba, fue apresado, golpeado y encarcelado. No se le llevó a un magistrado y no se le acusó de crimen alguno. Pasadas 24 horas, fue liberado sin explicaciones y sin excusas. Esto lo obligó a dejar atrás su país. Llorando, me decía que no sabía quién lo había acusado y que no entendía por qué lo habían detenido. Hoy vive modestamente en los Estados Unidos, donde pastorea una pequeña iglesia rural que sirve mayormente a obreros indocumentados que se dedican a la avicultura.
Esto ilustra por qué hoy existe tanta incertidumbre sobre el futuro de Cuba. En la isla hermana no hay proyectos alternos, dado que las personas que podían desarrollar ideas nuevas fueron suprimidas por el gobierno.
La democracia es ciertamente difícil. La libertad de expresión y de criterio pueden ser incómodas y hasta peligrosas. Sin embargo, la libertad de expresión es un derecho humano inviolable. Los líderes que coarten la libertad de criterio -no importa el bien que puedan hacer en otras áreas- pasarán a la historia como dictadores.
La supresión de la libre expresión ha sido el gran pecado de Fidel.
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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado y el director de www.predicar.org, un portal electrónico dedicado al arte cristiano de la predicación.
