Los perros en China viven la antesala de los Juegos Olímpicos de Pekín con sobradas razones para mover el rabo hasta el delirio: el Gobierno de ese país ha ordenado que la carne canina -bastante común en muchos restaurantes- sea retirada de los menús... al menos mientras duran las justas deportivas que se inician el viernes próximo.
Sin embargo, como nada en la vida es gratuito, los canes deberán pagar un precio que demanda un riguroso ajuste a sus hábitos de evacuación de desechos corporales: sólo podrán vaciar sus vejigas e intestinos durante ciertos lapsos muy cortos y definidos -sin importar los caprichos de la naturaleza- y durante esos paseos de eminente factura fisiológica sus dueños deberán portar los documentos que acrediten su filiación.
Ante este arreglo en la mejor tradición jurídica del “quid pro quo”, es razonable pensar que la comunidad perruna de Pekín no tiene motivos para cuestionar la conveniencia de que los Juegos tengan como sede la capital china... como sí parecen tenerlos muchos humanos a medida que se acerca el encendido del mítico fuego helénico en el colosal estadio con forma de nido.
Las dudas humanas -no las certezas caninas- tienen sólidos fundamentos anclados, más que a las obvias diferencias culturales entre China y Occidente -que lejos de levantar muros plantean la posibilidad de tender puentes- a la anquilosada obsolescencia de un sistema político que define en términos casi absolutos lo que en esa sociedad se hace, se dice y se piensa con un rigor de renovada vigencia ante la inminencia olímpica.
Si bien las constantes transgresiones a los derechos humanos en China ha sido la llaga en la que la opinión internacional ha puesto incisivamente el dedo desde que el Comité Olímpico Internacional definió en el 2001 a Pekín como sede de los Juegos del 2008, otras consideraciones han puesto una presión enorme sobre los organizadores de las justas deportivas sobre las que ciernen densos nubarrones que tienen su origen no sólo en la aguda contaminación ambiental urbana, sino también en diversas medidas que además de haber herido la sensibilidad ciudadana, han erosionado las expectativas de plenitud en deportistas y visitantes.
“Gran Hermano”
Además de la obviedad de que China no ha cumplido el compromiso que hizo de mejorar sustancialmente el respeto a los derechos humanos cuando el COI le confirió el privilegio de ser anfitriona de estas Olimpiadas, el Gobierno con sede en Pekín ha establecido unos códigos de comportamiento y de seguridad que amenazan con convertir las justas deportivas en una experiencia nada menos que incómoda, sujeta de alguna manera al escrutinio de un “Gran Hermano” orwelliano con más prohibiciones que libertades.
Por ejemplo, los aficionados deberán ser muy comedidos en la expresión de sus emociones, tanto en los escenarios de las competencias -estadios, gimnasios y piscinas- como en los hoteles y calles pekinesas. Están vedados los excesos que las autoridades puedan interpretar como ejemplos de la decadencia libertina occidental.
Como si la espiritualidad oriental diese como un hecho incuestionable la barbarie occidental, el comité organizador de los Juegos no ha querido dejar nada al juicio del sentido común y ha emitido una lista de artículos cuya tenencia o portación está estrictamente prohibida. El catálogo incluye -lista nada descabellada, por supuesto- pistolas, revólveres, ametralladoras -con sus respectivas municiones- granadas, arcos, ballestas, flechas, espadas, fuegos artificiales, materiales inflamables, químicos corrosivos y materiales radiactivos.
Aunque la lista no lo incluye expresamente, no es descabellado pensar que -por extensión- también está prohibido que un aficionado asista a cualquier competencia -digamos a la prueba de gimnasia rítmica femenina- con un poco de plutonio en la lonchera -entre el sandwich y la botella de agua- para evitar que celebre el triunfo de su paisana con una improvisada prueba nuclear en las tribunas.
Hay otra categoría de artículos que si bien no son “ilegales”, sí están “restringidos”, entre ellos los instrumentos musicales -ni los silbatos se salvan-, bultos de mano “de tamaño excesivo”, banderas de países y regiones que no participan en los Juegos, y también aquellas que -aunque sean de naciones participantes- excedan los 6.6 pies de largo por 3.3 pies de ancho, afiches, estandartes y equipo de vídeo profesional no autorizado.
Comportamiento “civilizado”
También están “restringidos” cuchillos, bates, sombrillas de mango largo, animales (excepto perros guía), vehículos (excepto carriolas y sillas de ruedas), bocinas, radios, aparatos de láser y equipos inalámbricos.
Las prohibiciones incluyen fumar, escupir, tratar de ingresar a cualquier escenario deportivo sin hacer fila, saltar vallas, utilizar paraguas o permanecer de pie en un área de asientos y también tomar fotografías con flash.
Aunque la mayoría de los expertos considera que el peligro de un ataque terrorista a los Juegos Olímpicos es bajo, los chinos tienen preparada una fuerza antiterrorista con 100,000 guardias de todos los niveles, desde policías desarmados hasta comandos especializados. Asimismo, se han instalado sistemas de circuito cerrado en todas las rutas de trenes urbanos y en otros sitios citadinos de tránsito masivo.
Tan recientemente como este jueves, se hizo oficial que los turistas que deseen dar un paseo por la célebre plaza de Tiananmen serán sometidos una rigurosa inspección.
Un punto a favor de los chinos: desde hace algunos años, las autoridades se han esmerado en pulir los modales de sus ciudadanos y durante los últimos años desarrollaron un programa de “comportamiento civilizado” que aspira a que los chinos observen reglas básicas de conducta para que olviden viejos hábitos, como lo son escupir constantemente en las aceras, pretender abordar los autobuses en tropel y entrar de la misma manera a actividades masivas.
Del sexo, ni hablar: los visitantes que no lleven sus propias parejas pasarán los controles de inmigración luego de hacer un voto de castidad hasta el fin de los juegos -no encontrarán prostitutas-, pero por otro lado podrán permanecer en el país con la tranquilidad de que ningún nativo está autorizado por el Gobierno a hacerle preguntas sobre este tema y tampoco sobre su edad, ingresos, vida sentimental, salud, ideas políticas y religiosas y tampoco sobre experiencias personales.
¿Será éste el ambiente idóneo para unos Juegos cuya génesis nos remite a conceptos asociados a la paz, la concordia, el amor, la libertad, la confianza y el respeto?
Son muchos los que piensan que no y que los Juegos Olímpicos en Pekín son un error. ¿Tendrán razón?, no lo sé, pero de una cosa sí estoy absolutamente seguro: los perros chinos no están en ese grupo.
