Mario Alegre Barrios
13-Nov-2008

Carlos Fuentes en la memoria

La Tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física. El mundo, no, porque es creación verbal. Y el mundo no sería mundo sin palabras.
Carlos Fuentes

Una tarde de 1990 -con apenas poco más de un año en este diario- sonó mi teléfono en la Redacción. Cuando la voz al otro lado de la línea se identificó, pensé que se trataba de una broma: era el mismísimo Carlos Fuentes. El escritor mexicano. Mi paisano. El autor de “La región más transparente”. El que este martes se convirtió en octogenario. Estaba Puerto Rico, en el hotel Normandie, y me preguntó cortesmente si podía ira a verlo a la brevedad posible.

Nunca supe con certeza por qué me llamó precisamente a mí. Jamás nos habíamos visto y, aunque yo había leído varios de sus libros, no creo que alguna vez él hubiese hecho lo mismo con una sola de mis notas de prensa.
Fuentes había venido a San Juan en busca de escenarios para la filmación de la tercera parte de la miniserie de la BBC de Londres “The Buried Mirror”, de la que él era escritor, presentador y narrador.

Necesitaba que le ayudará a identificar posibles lugares para rodar varias escenas de ese capítulo que se tituló “The Age of Gold” y finalmente se grabó en El Morro, el Fuerte San Cristóbal y algunas playas y cañaverales de la Isla.
Al día siguiente de ese encuentro -en uno de los recesos de la filmación en El Morro y quizás en agradecimiento a mi inmediata comparecencia en el Normandie - Fuentes conversó largamente conmigo, de cara al Atlántico y con el viento jugando con su ya entrecana cabellera.

Cuqui Korff fue el fotógrafo.

Aquella entrevista -que la candidez propia de la inexperiencia me hizo percibir como épica- fue de alguna manera el parteaguas en mi carrera periodística -a.F. y d.F.- y en un referente anecdótico para las conversaciones que posteriormente pude sostener con este carismático escritor que en estos días es objeto de infinidad de homenajes en México, en el la coyuntura de su octogésimo cumpleaños.

Desde el dolor
Con la reverente curiosidad con la que todos los lectores nos acercamos a la obra de los escritores que admiramos, he seguido la de Fuentes a la distancia, subrayada esporádicamente por las ocasionales oportunidades en las que nuestros caminos se han vuelto a cruzar.

A través del tiempo -a través de lo que escribe y de lo que habla- he descubierto que, más allá del aire serenamente académico que porta, no sólo como un halo perpetuo, sino también como rúbrica del personaje que ha creado de sí mismo, Carlos Fuentes escribe desde el dolor, desde la pérdida, desde la certeza que le revela más allá de toda duda la tragedia que entraña siempre el fin de la vida.
“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”, escribió en las páginas de “En esto creo” (Seix Barral, 2002) y esa lapidaria reflexión ha tenido una dolorosa y recurrente vigencia a lo largo de su vida.

Poco después, en una entrevista con el diario Reforma y en la coyuntura de la publicación de su libro “Todas las familias felices”, hizo alusión a sus propias pérdidas al decir que “quizás haya ternuras y amores que sólo en el libro me podían salvar de mi tristeza. La muerte de los seres más queridos, fatal e irremediable, no tiene otra posibilidad de expresarse que a través de la capacidad creativa, para llevar el dolor y la vida que perdimos a la vida del arte, a la vida de la literatura”, apunta quien ha sido uno de los candidatos permanentes al Premio Nobel durante los últimos años.

Conversé con él  por última vez hace cinco años en Sevilla, España, cuando Fuentes formó parte del elenco de escritores del proyecto “Las rutas del Quijote” -orquestado por Caridad Sorondo- en el que participaron también José Saramago, Arturo Pérez Reverte, Luce López Baralt y Antonio Skármeta.

Entonces volví a recordar el primer encuentro, el de principios de los 90, en el que Fuentes fue -y no tenía porque no serlo, desde luego- el escritor que todos conocemos a través de su obra: brillante, articulado, agudo, sereno, siempre con la respuesta precisa y muchas veces sorprendente. Entonces estaba muy lejos de sospechar que en 1999 su hijo Carlos moriría a los 25 años a consecuencia de un padecimiento en la sangre.

En Sevilla -en 2003- esta pérdida parecía haber empezado a pasarle la factura al galardonado con el Premio Cervantes. Un Fuentes con la mirada menos luminosa y el verbo más comedido me habló de la incertidumbre en Don Quijote con un tono infinitamente más vivencial y también más reflexivo. En esos días ya corrían insistentes rumores sobre los serios problemas que el escritor enfrentaba con su hija Natasha, quien finalmente falleció a los 29 años en circunstancias nada menos que trágicas, en agosto del 2005.

¿Amiga o enemiga?
Para quien ha perdido a dos de sus hijos, escribir desde del dolor de la pérdida parece ser la única manera de -si no reconciliarse con la vida- al menos intentar sanar unas heridas que dan una inmediatez contundente a la frase de Leon Tolstoi en Anna Karenina, que Fuentes usó como epígrafe en “Todas las familias felices”: “Todas las familias felices se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera”.

“La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte… hacemos el balance de nuestra vida, pero sabemos que el verdadero fiscal es la muerte y el veredicto lo conocemos de antemano”, escribe Fuentes en uno de los textos de “En esto creo”. “Compañera final e inevitable. Pero, ¿amiga o enemiga? Enemiga y, más que enemiga, rival, cuando nos arrebata a un ser amado”.

Fuentes es humano -ni quien lo dude- y como tal ha llegado a confesar que se ha sentido muy “vulnerable” y cita como ejemplo la muerte de sus dos hijos con la periodista Silvia Lemus, su segunda esposa. “Pero la única respuesta que tengo es incorporar la desaparición y la muerte a mi vida, y sobre todo a mi vida creativa”, asevera.

Y ha sido precisamente en la palabra donde Fuentes ha encontrado un espacio vital para tratar de comprender lo que de incomprensible tiene la vida, con una producción literaria que traza una verdadera saga en la que, con México como personaje omnisciente, retrata de manera magistral el drama del hombre contemporáneo desde una perspectiva  bastante unicversal.

“La lengua no es biología: se aprende, es educación”, dijo Fuentes en el discurso que ofreció en el 2004 en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Argentina. “La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor, pero también valores compartidos de la comunidad”.
Como coda a esa ponencia, Fuentes invitó a que “nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua maravillosa, que nada se pierde”. “Yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos. ¿Y qué decimos? ¿Qué hablamos? ¿Qué escribimos? Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo”.
Feliz cumpleaños, maestro.

sobre el autor

Mario Alegre Barrios

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodista de El Nuevo Día desde hace 20 años. Fue edit...

ver biografía completa
blogs el nuevo día
Noticias
Deportes
Flash
Por Dentro
Noticias