Salir de lo ordinario, de lo que hemos sabido hacer por años o lo que muchos llamamos la “zona segura” no es cosa fácil, pero hay que hacerlo porque sino la vida nos pasa por encima y no llegamos a probar la variedad de sabores que nos pone en vitrina.
Hace unas semanas conversaba con una amiga sobre un issue parecido a este. Ella es una de las personas más talentosas que he conocido en toda mi vida. Todo lo que le pongan de frente lo va a mirar, analizar y se pondrá a trabajar para hacer la mejor labor que esté a su alcance. Sin embargo, hace poco se le presentó un reto para el cual nunca se sintió segura. Su familia nunca la apoyó porque pensaba que no era capaz y sus amistades nunca la imaginaron haciéndolo, pero aún así se aventuró un día y resulta que sí lo podía hacer. A pesar de esto, mi amiga tenía miedo y por eso estaba dentro de sus planes renunciar. Después de casi una hora de conversación logró entender que su sentir surgió porque, a veces, salir de nuestra zona segura puede resultar ser uno de los pasos más difíciles porque el cambio es una acción que nos expondrá a riesgos, entre ellos el fracaso, el cuál es uno de los temas más sensibles en la vida de cualquier persona.
El filósofo francés contemporáneo, André Comte-Sponville, expresa en su Diccionario filosófico que:
“En un mundo en el que todo cambia, la inmutabilidad sería imposible o mortífera. Un país, un partido o una empresa sólo pueden conservarse con la condición de una adaptación permanente. Un individuo no puede seguir siendo él mismo si no evoluciona, aunque sea a regañadientes o lo mínimo posible. Vivir es crecer o envejecer, dos maneras de cambiar. En honor a Heráclito: todo cambia, todo fluye, lo único que permanece es el devenir universal”.
Mi amiga no es la única a quién enfrentar un cambio se le hace difícil, y más en un país que se distingue por ser estático y no aventurarse a mirar más allá del marco social que creó el último gran cambio en su historia, el cual se remonta a mediados del siglo pasado. Por ello, es necesario que cada uno de nosotros mire un poco más lejos de sus narices y se ponga en la carrera con el resto del mundo en términos culturales, personales, sociales, políticos, económicos, en fin, en todos los aspectos. Y debe hacerse así a pesar del intrínseco miedo humano que surge como reacción natural con el fin de protegerse y cuidarse de lo desconocido. Sólo así evitamos que la historia se nos venga encima y que dejemos un brillante futuro esfumarse ante nuestros ojos por el simple hecho de no querer probar un sabor distinto.
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