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Vicios, virtudes y valores

Pablo A. Jiménez

BIO
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28 de enero de 2009

Virtudes privadas y vicios públicos

En septiembre de 1995 tuve la oportunidad de asistir a la ceremonia de premiación de la escuela a la cual asistía Antonio José, mi hijo mayor. En aquel tiempo Tony estaba matriculado en una academia militar que, a la sazón, es una de las mejores escuelas de Puerto Rico. Como pueden imaginar, estas ceremonias se llevan a cabo con la rigurosidad que distingue a los militares. Primero, se celebra una actividad de premiación para cada grupo en el anfiteatro de la escuela. Segundo, los estudiantes se sientan cerca del podio y los familiares en las gradas del anfiteatro. Tercero, se llaman a los estudiantes premiados de acuerdo con las distinciones que hayan ganado: en primer lugar los honores, luego los altos honores y al final se otorga el premio para el estudiante más sobresaliente del grupo.

Fue interesante notar el tremendo contraste entre la actitud de los estudiantes y los familiares. Mientras los niños y las niñas aplaudían a rabiar a cada estudiante premiado, los padres y las madres demostraban su parcialidad en el asunto. Si sus niños ganaban los premios más altos, se levantaban alegremente a tomar fotos y a celebrar la “victoria” de sus vástagos. Si sus hijos ganaban los premios menos prestigiosos, los familiares mostraban su descontento indicando que sus hijos podrían hacer mejor trabajo. Si sus hijos no ganaban nada, los padres y las madres demostraban su enfado con sus palabras y sus actitudes.

Mi hijo no ganó el premio de mejor estudiante. Tampoco ganó un alto honor. Se ganó un par de cintas y recibió un diploma que lo designaba estudiante de honor. No obstante, Tony aplaudió y felicitó calurosamente a cada uno de los “ganadores”. De cierto modo, compartió la felicidad de sus amiguitos y amiguitas. Nunca olvidaré cómo buscaba mi rostro entre la muchedumbre para decirme por señas “ese que ganó es mi amigo” o “esa que ganó está en mi salón”. Nunca olvidaré su carita de felicidad.

Sin embargo, hay otro incidente que nunca olvidaré, que no fue tan positivo como el que acabo de contarles. Me refiero a la actitud de los familiares para con los niños después de terminada la actividad. Los padres de los estudiantes que no recibieron mención alguna les decían con coraje: “El año que viene tienes que ser honor”. Las madres de las estudiantes que recibieron honores les decían: “El año que viene tienes que ser alto honor”. Los familiares de los estudiantes que recibieron honores les decían: “El año que viene tienes que ser el mejor estudiante de la clase”. Finalmente, el padre y la madre del mejor estudiante le decían: “Tienes que volver a ganar el año que viene”.

No niego que salí de allí muy orgulloso de mi hijo. Si bien sus notas me dieron mucha satisfacción, más satisfacción me dio su actitud de compañerismo. Pero también debo reconocer que salí de allí muy preocupado por la actitud de los familiares de los niños. Al parecer estos no entienden que las “virtudes privadas” pueden convertirse en “vicios públicos”.

¿Qué son las “virtudes privadas”? Las virtudes son las características y los rasgos de conducta que nos incitan a hacer el bien. Hasta cierto punto, las virtudes son las cualidades que nos permiten tener “éxito” en la vida. Tiempo atrás la gente podía identificar sin dificultad cuáles eran las virtudes necesarias para la vida humana. De hecho, algunos de nosotros todavía podemos enumerar las “cuatro virtudes cardinales” (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) o las “tres virtudes teologales” (fe, esperanza y caridad).

Lo triste es que esos tiempos han quedado en el pasado. Ahora la gente piensa que todo es relativo; hasta las virtudes son relativas. Por lo tanto, en nuestros días lo que separa a las virtudes de los vicios es una línea muy borrosa. Tanto así que a veces es imposible distinguir las buenas acciones de las malas.

A continuación ofreceremos tres ejemplos de “virtudes privadas” que, si bien pueden conducir al éxito profesional y económico, también pueden ser muy dañinas para la vida en comunidad. Por eso, se supone que las personas que cultivan estos rasgos de conducta los manifiesten sólo en privado.

La primera “virtud” necesaria para “triunfar económicamente” en nuestro mundo es el egoísmo. Sí, así como lo oyen, el egoísmo. Ese defecto de carácter que nos lleva a amarnos a nosotros mismos en forma exagerada y a pensar únicamente en nuestro propio bienestar es una “virtud privada” de la gente de éxito. Tomemos, a manera de ejemplo, el caso de un comerciante. Digamos que un hombre es el dueño de la ferretería del barrio. Este hombre vende su mercadería para obtener ganancia, para ganar dinero y para mantener a su familia. En este sentido, el ferretero no es ferretero únicamente por amor a la carpintería y a la albañilería. También es ferretero por egoísmo, porque entiende que por medio de su negocio puede alcanzar el bienestar propio. Del mismo modo, los clientes compran allí por conveniencia, ya sea porque la ferretería les queda cerca del barrio, porque el dueño les vende a crédito o porque los precios son razonables. En este sentido, tanto el comerciante como el cliente están motivados -hasta cierto punto- por el egoísmo.

La segunda “virtud” necesaria para obtener “éxito” en la vida es la codicia. De hecho, la ambición es uno de los motores principales de la economía de mercado. Píenselo bien, ¿por qué compramos artículos de lujo? ¿Por qué deseamos cambiar el auto por uno nuevo? ¿Por qué deseamos tener algo que es “el último grito de la moda”? Bueno, puede ser que nuestros motivos sean siempre los más sanos, los más buenos y los más apropiados. Sin embargo, me atrevo a pensar que muchos de nosotros nos “antojamos” de adquirir ciertas cosas por pura codicia. Vemos el automóvil último modelo en la televisión. Es lindo, es lujoso, es nuevo y si cualificamos para un “lease” podemos llevarlo a casa sin pronto pago o depósito alguno. Queremos el carro nuevo porque es más grande y mejor. Queremos el carro nuevo porque es una clara señal de que estamos “triunfando en la vida”. Sí, estamos triunfando tanto que podemos comprar un carro nuevo.

La tercera “virtud privada” necesaria para “triunfar” es la avaricia, definida como el apego y al amor al dinero. Hasta cierto punto, la avaricia es lo que nos motiva a trabajar duro, a ahorrar y a progresar económicamente en la vida. En resumen, el egoísmo, la codicia y la avaricia son algunas de las “virtudes privadas” que caracterizan a los “triunfadores” en nuestro mundo.

Empero, como indicamos anteriormente, se supone que la gente cultive estos rasgos de conducta solamente en privado, ya que no son actitudes aceptables en público. Es decir, nuestro sistema económico espera que estemos motivados por cierto grado de egoísmo privado, pero que en público seamos personas amables y solidarias. Nuestro sistema espera que tengamos un cierto grado de ambición, codicia y avaricia privada, pero que en público seamos buenos, decentes, amables y generosos.

Todo esto nos confronta con un problema enorme: ¿Cómo podemos ser egoístas en la oficina y generosos en la calle? ¿Cómo podemos ser ambiciosos en el trabajo y amables en el hogar? ¿Cómo se logra este balance? ¿Dónde está el botón que hay que oprimir para apagar nuestra avaricia y encender la misericordia? ¿Dónde?

Este es el centro del problema. Los seres humanos no podemos cambiar nuestra personalidad a voluntad. El buen corazón no es un objeto y, por lo tanto, no puede quitarse y ponerse a voluntad. La persona que crece buscando únicamente su propio bienestar, su propio beneficio, terminará pisoteando a los demás para lograr sus propios propósitos.

Dios sabe muy bien que los seres humanos tenemos esta horrible tendencia a destruir a los demás para lograr nuestros propios propósitos. Por eso, por medio de las palabras de Jesús, Dios nos enseña a rechazar el egoísmo, la ambición, la codicia y la avaricia.

Oísteis que fue dicho: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos. Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así los gentiles? (Mateo 5.43-47)

Y…Ninguno puede servir a dos señores, porque odiará al uno y aborrecerá al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. (Mateo 6.24)

Antes de terminar, quiero volver a la anécdota con la cual comenzamos nuestra reflexión. Hasta cierto punto, aquellos familiares que exhortaban a sus hijos y a sus hijas a procurar obtener las medallas más altas en la escuela estaban pensando en el bienestar de sus hijos. Después de todo, en nuestro mundo no triunfan los que aplauden con alegría a sus competidores. No, en nuestro mundo triunfan las personas que tienen la determinación necesaria para competir por el primer puesto, para ganarle a los demás y para vencer los obstáculos que puedan encontrar en el camino. Sin embargo, estas personas no se dan cuenta de que están criando personas que sólo pensarán en su propio bienestar.

No hay interruptor. No hay botón. No hay “switch” que pueda apagar el egoísmo, la ambición, la codicia, la avaricia y el pecado. Las “virtudes privadas” de la economía de mercado -las mismas que conducen a la fama y la fortuna- se han convertido en los “vicios públicos” de nuestra sociedad.

¿Qué opina usted? Le invito a ofrecer su opinión, comentando este blog y haciendo un frente amplio para hablar de valores.

El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado. Puede ver sus vídeos educativos en el canal titulado “drpablojimenez” en youtube.com y en godtube.com.

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