Son las once de la noche y Juan no podía lidiar con la incesante sensación de que golpearía el escritorio con su cabeza mientras trataba de estudiar para su examen de cálculo de mañana. Para su fortuna, hace unas semanas su ahora ex-novia había decidido que el virus del amor ya no la tenía infectada y de buenas a primeras decidió darse de baja de la vida de Juan. El ambiente no parecía ser el óptimo para mejorar la nota de esa clase que ya había repetido en dos ocasiones.
En medio del desbarajuste entre números y recuerdos, suena el teléfono. Juan contesta con pesadez; era su amigo Luis, quien sólo llama cuando las cosas se ponen difíciles y en verdad necesita “darle lata” a alguien. Juan escucha atento tratando de olvidarse de sus complicaciones y aconseja a Luis con la mayor sensatez. Luis cuelga contento, con el espíritu relajado y deja a Juan cargando con el “muerto”.
Pasan dos minutos en los cuales trata de perderse entre los números de aquél excitante repasoy tocan a la puerta. ¡Llorando! Así encontró a su hermanita menor frente al umbral de la puerta porque por quinta vez en los últimos seis meses se dejaba de su novio. Juan empujó con su mano los libros de la cama y le pidió a su hermana quinceañera que se sentara para así poder hablar. Ella se fue, y Juan ya tenía el cementerio municipal encima. Estresado, desconcentrado y desconcertado no le quedó más remedio que irse a dormir.
Moraleja: Como diría mi mejor amiga: “Tienes que dejar de ser mejor amigo de los demás y ser tú mismo tu mejor amigo”.
Hay muchos que sirven de paño de lágrimas a otros, y ahí estriba el error. No está mal ser un buen amigo, y cuando sea realmente necesario, ser un consejero. No obstante, hay quienes nacen con ese don de servir de guía y anestésico para las emociones ajenas, y esta virtud se puede convertir en un dolor de cabeza cuando no sabemos cuándo detener las cargas de otros para dedicarnos a las nuestras.
Es valioso recordar siempre que depende de cuán bien estemos con nosotros mismos para poder brindar algo positivo a los demás. Quiero que observen los momentos en que descuidan a su ser interior y olvidan que su alma también necesita consejo y apoyo y quién mejor para hacerlo que la persona que mejor puede conocerte: tú mismo. Dedíquense a mimarse y quererse y desarrollar esa comunicación intra-personal que fortalece el espíritu y entonces, lo que surja de su crecimiento como ser humano, será el regalo que podrás legar a los demás.
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