No es suficiente, pero contrario a lo que piensan los detractores, la Iglesia ha hecho mucho más que las instituciones estatales aunque esto le duela a muchos y otros no estén de acuerdo.
Por ejemplo, hablaba el otro día con una amiga sicóloga y me reconocía que mientras la medicina se empeña en escarvar en el pasado de un paciente depresivo para simplemente conocer el por qué de su enfermedad, la consejería cristiana va enfocada en hacerle reconocer al individuo que el Señor lo puede capacitar para encontrar la solución y no un mero remedio pasajero.
Pero para eso es necesario tener algo que el mundo no conoce ni quiere conocer: FE.
Por eso es que el Estado insiste en drogar al adicto o al enfermo mental, pero Cristo y la fe en Él, han salvado al que ha caído tan bajo como en la heroína. Y no sólo eso, que en casos como ese, se cumple lo que dice la Biblia en 1 Corintios 1:27: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte”.
El Estado presenta como supuesta 'solución' a la adicción, que el paciente se continúe drogando. Cristo presenta la cura. Ser librado de toda atadura.
¿De qué vale conocer las razones de un problema, si no se van a buscar soluciones permanentes al problema?
Los mismos sicólogos, por lo menos los responsables, reconocen que recetar drogas para la depresión y otros padecimientos siquiátricos son como hacer un remiendo. Recuerdo las palabras de un profesor de ciencias sociales en mi segundo año de universidad, que se mostraba avergonzado con el pobre servicio que brindan algunos profesionales de la salud mental que todo lo solucionan con una receta.
¿Será que buscar para sus pacientes otro tipo de solución implica demasiado compromiso?
Los líderes espirituales como el pastor asesinado en el área este hace unos meses, son una muestra de precisamente esas personas que dan hasta la vida por ayudar al prójimo y no están meramente para tapar un hueco.
Pero todavía la Iglesia puede hacer mucho más. Como leí en un libro (El Reino de Dios y su Justicia, de Guillermo Maldonado), no basta con que digamos que el Reino de Dios se ha establecido. Tenemos que demostrarlo impactando a las comunidades con evidencias de que el Reino ha llegado a la tierra.
Jesús vino a la tierra en cuerpo, y mientras estuvo aquí sirvió sanando enfermos y realizando milagros.
Escuché a un profesor de un instituto bíblico decir, con razón, que la Iglesia en Puerto Rico tiene que volver a ser como en el pasado, que establecía escuelas, hospitales, etc., para ofrecer unos servicios que impacten a la comunidad donde está.
Estamos claros que la Palabra dice que la salvación no es por obras, para que nadie se gloríe, sino por la gracia de Dios.
Así que no depende de las obras de justicia nada más. Pero si la Iglesia está llamada a ser sal en la tierra como lo dice la Palabra, tiene que aportar para ser un vehículo de cambio.
En la medida que la Iglesia siga haciendo eso, va a impactar más que haciendo mil protestas frente al Capitolio como comentó hace un tiempo un lector de El Nuevo Día.
Estoy de acuerdo en que la Iglesia tiene que levantar su voz cuando hay injusticias como el aborto, la violencia, etc. Jesús mismo fue ejemplo vivo de que aborrecía la injusticia y levantó su voz para denunciarlo, cuando amonestaba a los fariseos.
Pero creo que lo que le da más validez a esas protestas es que seamos más proactivos haciendo la obra de la calle.
Y se está haciendo. Pero aún falta que, dejando atrás las divisiones denominacionales, la Iglesia sea una, como Jesús le oró al Padre en Juan 17:21: “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”.
He visto testimonios de cómo la Iglesia cambia vidas, como el matrimonio que acude a una congregación para asistir a talleres de parejas en busca de salvar su relación, y después termina reconciliándose. Esto lo ví el domingo.
¿Qué hace el mundo? Presentarle en bandeja de plata la alternativa del divorcio. Sí. Sin luchar, sin fomentar la comunicación ni buscar que se restablezcan relaciones.
No siempre aplica, lo sé. No se puede pretender que una relación matrimonial continúe, cuando, por ejemplo, se ha llegado hasta el maltrato físico y la vida corre peligro. Ahí no se puede esperar para actuar. Creo que las estadísticas de asesinatos por violencia doméstica hablan solas.
Pero en muchas ocasiones se le enseña al mundo a buscar la puerta de salida más fácil, y no a luchar por las mejores decisiones y las que a largo plazo producirán una mejor salud emocional. Que me digan los que han pasado por la experiencia del divorcio si no es una huella de dolor que permanece casi imborrable a pesar del tiempo.
La semana pasada ví la reconciliación de ese matrimonio separado. Ambos reconocieron que se ofendieron de parte y parte. Ambos reconocieron que es mejor empezar desde cero y dejar en el pasado esas heridas.
¿A caso no es lo que promete Dios en su Palabra? Miqueas 7:18-19 lo establece: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.
Pero la motivación de la Iglesia al dar un servicio no puede ser ganar miembros para su congregación. El motivo tiene que ser darle la gloria a Dios. Que a través de la obra, el mundo vea la mano de Dios y no precisamente al hombre o a X o Y denominación.
Cuando nuestra motivación es glorificar a Dios, su poder, que es el que trae cambio a las vidas, se va a manifestar. La motivación tiene que ser dejarle ver a las personas el amor de Dios, manifestado a través de sus hijos.
¿Qué queremos entonces como Iglesia? ¿Su poder? ¿O el crédito por una obra realizada?
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