Seis papas han pasado por el Vaticano a lo largo de mi vida. Al primero no lo conocí. Se llamaba Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli y adoptó el de Pío XII como su nombre profesional.
Cuando murió -el 9 de octubre de 1958- yo apenas había cumplido dos años y muy poco sabía de todo, cuanto menos aun de ángeles, demonios y sucesores de Pedro.
A Pío XII le sucedió Angelo Giuseppe Roncalli, el popular Juan XXIII, quien pasó a la historia con el mote de “El Papa bueno”, tal vez un poco por su estampa redondamente bonachona y quien fue venerado -rosario en mano- por abuelas, tías y todas las señoras beatas de la vecindad -como la del Chavo- donde viví la infancia.
Al “Papa bueno” el gusto le duró relativamente poco: menos de cinco años. Murió el 3 de junio de 1963 y el nuevo “habemus papa” se escuchó una vez más el 21 de junio de ese mismo año, para convertir a Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini en el sucesor de Pedro número 262. Falleció el 6 de agosto de 1978 con el nombre de Paulo VI.
Más efímero aun fue el reinado de Albino Luciani, quien fue el primero en adoptar un nombre compuesto -Juan Pablo I- y cuyo súbito deceso ha alimentado las más diversas conjeturas, sin que al día de hoy se haya confirmado si murió por mandato divino o expiró por alguna retorcida -y vaticana- conspiración humana. En 33 días en el poder -entre 26 de julio y el 28 de septiembre de 1978- le dio tiempo para acuñarse el mote de “El Papa de la sonrisa.
Llegó entonces el polaco Karol Józef Wojtyla, quizás el papa más carismático del último medio siglo, coronado el 16 de octubre de 1978 y quien acumuló una cantidad inmensa de horas de vuelo a través de decenas de giras alrededor del orbe, pasión que se tradujo en los sobrenombres con los que Juan Pablo II abandonó el mundo de los vivos: “El Papa viajero” y “El Papa peregrino”.
De este vistazo retrospectivo a cinco papas saco dos conclusiones inmediatas: primero, que ni las influencias celestiales -por más elevadas que sean- garantizan la inmortalidad y, segundo, que es común que a estos señores de la Iglesia se les cuelgue un apodo que -como suele suceder con los sobrenombres- está anclado a un rasgo distintivo de su personalidad.
En el caso del papa actual -el alemán Josef Ratzinger- la primera de estas dos reflexiones sin duda alguna se cumplirá de manera inexorable, como ha sucedido desde que el mundo es mundo -y como sucederá hasta el fin de los días- con todo lo que en algún momento tiene aliento, independientemente de que del otro lado lo espere una vida eterna o simplemente nada.
El dilema real es con el sobrenombre que mejor le viene a Ratzinger, quien acaba de iniciar un viaje a África con la "inspiradísima" afirmación de que el condón no sirve para luchar contra el sida y que, mucho más efectiva que ese subestimado accesorio, es la consagración en cuerpo y alma -más en cuerpo, desde luego- a una vida virtuosa y apegada a los preceptos morales de su iglesia, regla que no deja de ser extensiva -con la ayuda única de la abstinencia o el ritmo- para el control de la natalidad, los embarazos no deseados y todas las potencialmente espinosas consecuencias derivadas de los vicios de la carne.
Esta nueva declaración de Ratzinger en su retrógrada y obtusa cruzada contra el preservativo -obviando la dramática realidad no sólo de la explosión demográfica en los más paupérrimos enclaves tercermundistas, sino también de una enfermedad de la magnitud trágica del sida- es una muestra más del calibre de a quien -como sexto papa en mi lista vivencial- le sobran rasgos para componerle una larga lista de apodos con adjetivos que escandalizarían a mis abuelas, a mis tías y a todas las señoras beatas de mi vecindad que, con rosario en mano, suspiraban por su “Papa bueno”.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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