Los gallos comenzaron a cantar, avisando la inevitable muerte de la madrugada y en menos de un instante mi caballo y yo galopábamos certeros, hacia la montaña negra, como acostumbraba llamarle a la protuberancia misteriosa que yacía entre mi casa y el lado distante del oriente, por donde nace el sol cada mañana. La orquesta de pájaros cantores, los trinos de los pajarillos y el sonido del agua cayendo por las piedras del río al costado del campo, daban una tonalidad de aria a la maravilla de estar vivo en un amanecer en mi niñez. Era domingo, el año 1965 y el friíto de febrero me calaba los huesos aunque el escenario no era Alaska ni la extraña Siberia.
Sin habérmelo propuesto, es decir, por jugarretas del destino misterioso miré hacia la izquierda mientras cabalgaba, y vi el perrito herido tirado sobre la hierba mojada por el rocío sutil de la madrugada aquella y alumbrado por la luz de la luna, que a esa hora todavía reinaba en el cielo negro de mi finca. Sus gemidos parecían más bien sonidos de un pajarito, que quejidos de un perrito herido. Sangraba lentamente por la herida en su vientre y era evidente que un tiro certero procedente del rifle infame de un ser barato como lo más despreciable de la raza humana, hizo blanco en el frágil cuerpecito de aquel animalito de Dios.
Saqué la linterna de mi alforja, y enfoqué bien , el perrito me miró como pidiéndome auxilio y demás está decir que lo agarré, lo sequé con mi abrigo, lo apreté contra mi pecho y Galopante y yo casi volábamos sobre la hierba mojada, en dirección a la casita de Felipe, el encargado de la finca. Felipe, era bajito, tan bajito como un niño de escuela elemental, pero sabía de todo, desde curar heridas a los animales hasta acabar con las infecciones de hongos que atacaban los árboles de naranja y toronjas.
No bien llegamos a la casita de Felipe, él acostó al perrito en su caucho, encima de una colchoneta roja y blanca, le amarró las patitas y con una cuchilla de mondar frutas extrajo los siete perdigones incrustados en la barriguita del animalito herido.
Desde ese día en adelante Cuco, como le llamé al can, sato por supuesto, se convirtió en mi sombra y en el custodio voluntario de las gallinas que intentaban escaparse a la finca vecina. Cuando salíamos a pasear, cada tarde, cerca de la caída del sol, Galopante , Cuco y yo, que me creía un vaquero del oeste norteamericano, nos dábamos a la tarea de investigar el guayabal. Caminábamos con mucho cuidado por el lado de los árboles de algodón, pues no sé por qué, estos eran los árboles preferido de las avispas, que distintas de las abejas son viciosas y un día me picaroon a Galopante, provocando ello que Felipe quemara sin piedad tres árboles de algodón, a los que cubrió con una manta de hule para asegurarse que ni una sola avispa saliera viva de la hoguera.
Lo que aprendí de Galopante y de Cuco no aparecía en los libros ni en las salas de clases. La fidelidad, la celebración de mi presencia, la paciencia y el regocijo cuando les daba dulces, era para mi una fiesta. Es más, hubo momentos que me sentí tan animal como ellos, o ellos tan humanos como yo.
Había que ver las alianzaas de nosotros tres. Galopante y Cuco comían paletas Payco de guayaba y tamarindo, me refiero a las que venían con dos palitos de madera, no las que venían con uno solo. Comían MaryJane, Chiclets Adams, tomaban jugo La Famosa y Chevy Chase y aunque no lo crean Santa Claus y los Reyes Magos traían regalos para ellos cada navidad.
Del final de ellos dos no quiero hablar, pues evito la tristeza, prefiero recordar nuestras aventuras y el amor recibido por mi, de aquellos dos animales tan nobles y cariñosos, que sin lugar a duda superaban y por mucho las cualidaddes humanas de muchos de las personas de aquella época y de ahora.
No quiero acabar el relato sin decirle que Felipe averiguó quien fue el agresor de Cuco, se trataba de un pendenciero, abusador que se jactaba de meterle petardos en la boca a los lagartijos y de caerle a pedradas a los gatos. Felipe, que también era detective, yo creo, una vez comprobó que el abusador era aquel flaco del demonio que vivía en una casita cercana a la finca, una tarde lo veló, lo agarró, se lo llevó para detrás del guayabal y le quitó la ropa al siverguenza. A renglón seguido lo amarró y le metió una pela con una varita de guabaya pelaíta, dice Felipe que el tipo gritaba como un chivo. Lo próximo que supe de él, fue que partió hacia Nueva York y siempre esperé que la lección de Felipe hubiera erradicado de su mente aquellos impulsos sádicos que le llevaban a torturar a seres indefensos.
Galopante y Cuco hace años que no están en mi vida física, pero en mi dimensión espiritual, siguen viviendo…y vivirán por siempre jamás. Y cada vez que vea un pedazo de queso de papa, una Uvita Old Colony, los chiclets, las paletas de frutas y las otras golosinas que ya mencioné, que dicho sea de paso algunos de esos productos desaparecieron también, me acordaré de mis amigos de viaje y lloraré un poquito…y seguiré caminando…pues en cada caballo que veo y en cada perrito que abrazo y beso…veré siempre las miradas inolvidables de mis amigos de la niñez. Los que hicieron de mi una persona sensible y orientada al bienestar de la humanidad. Contáctame en angelcintron@yahoo.com

El doctor Cintrón Opio es un educador en el área de la cognición. Realizó estudios en varias univers...


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