Por Jaime Torres Torres
El apóstol Juan, testigo de los prodigios de Jesús y quien no se despegó de la Cruz durante su pasión, comenta en su evangelio que en el lugar donde Jesús fue crucificado había un huerto y en el huerto un sepulcro nuevo donde no habían enterrado a nadie.
Versa la Palabra que, como el sepulcro estaba cerca y debían respetar el día de la preparación de los judíos, enterraron a Jesús allí, posiblemente al atardecer del primer Viernes Santo de la historia.
Y el Evangelio de Juan también documenta que después de la crucifixión, José de Arimatea se presentó donde Pilatos y le solicitó permiso para retirar el cuerpo de Jesús. José de Arimatea era un fariseo rico que se había convertido a la fe, pero por miedo a los judíos no lo decía. Y el apóstol Juan también nos habla de otro fariseo que seguía a Jesús desde el clandestinaje: Nicodemo, aquel que le preguntaba a Jesús qué era eso de nacer del agua y del espíritu. Y si leemos bien, continuaron dialogando y la conversación terminó en una catequesis en la que Jesús, entre otras cosas, le dijo: “Tanto amó Dios al Mundo, que entregó a su Hijo Unico para que todo el que crea en el El no se pierda, sino que tenga vida eterna”.
Y por eso, convertidos del fariseísmo al evangelio del amor, José de Arimatea y Nicodemo decían presente en la hora de la muerte de Jesús y, cuando todos se habían marchado, tomaron unas cien libras de mirra perfumada y sábila, y perfumaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, tal vez como una prefiguración, preciosa por demás, del celo con que debemos custodiar el Santísimo Sacramento del Altar.
Y lo colocaron en el sepulcro. En aquella época para muchos el sepulcro y la enorme piedra que lo sellaba simbolizaban el fin de una vida; la caída del telón en la existencia de un ser humano. En este tiempo, eso no ha cambiado mucho. La funeraria, el ataúd, el cementerio, el panteón, la fosa común y la cremación son palabras prohibidas. Nadie quiere hablar de la muerte. Nadie se quiere morir, aunque conozco excepciones de enfermos terminales en hospitales que me han suplicado que les ore para que el Señor libere sus almas de un cuerpo flagelado por el cáncer.
Pero, en términos generales, cuando se tiene salud, belleza, juventud, dinero, virilidad, comodidad y las adulaciones del mundo, el sepulcro es un tema prohibido, incluso para muchos cristianos.
No nos queremos morir, aún cuando Jesús prometió que la Casa de su Padre es una enorme mansión celeste de muchas habitaciones en la que hay una reservada para ti y otra para mi…
Y tampoco nos queremos morir, incluso si recordamos el episodio evangélico de la transfiguración de Jesús junto a Elias y Moisés, en que nos ofrece una primicia de cómo será la vida espiritual…
Lo cierto es que sin sepulcro no hay resurrección. Pero la realidad es que no nos queremos morir porque morir implica renunciar a las comodidades que tenemos aquí en la tierra… A un trabajo prestigioso; a una casa con fachada de palacio, a nuestra esposa e hijos; a los banquetes, a los placeres, a los viajes en cruceros, a los partys… Son muchas las cosas que nos atan, que no permiten que miremos al sepulcro con esperanza pensando como decía San Agustín, en la muerte que abre la puerta a la vida… En la muerte vital… o como reflexiona San Pablo, en morir para estar cerca de ti Señor…
El gran conflicto que enfrenta la cristiandad del Siglo 21 es su poca confianza en las promesas de resurrección de Jesús. El clero y la jerarquía las deben predicar más; nosotros los laicos las debemos predicar más…
En casos como el de la hermana que recientemente perdió a sus dos niños en un accidente de tránsito, debemos buscar la manera, como Iglesia, de que el mensaje de las promesas de resurrección de Jesús le llegue con esperanza y firmeza…
Pero, como no confiamos lo suficiente, el sepulcro y la tumba nos horrorizan porque la mochila está llena de muchas cosas. Sólo aquellos que la vacían, que se desprenden de las ataduras terrenales, que caminan con una mochila liviana, conscientes de que somos peregrinos en esta tierra y que nuestra morada final está en la Gloria del Padre porque a El le pertenecen nuestras almas, no sudarán frío ni temblarán ante la idea del sepulcro…
Y cuando comprendemos esa Verdad comenzaremos en vida por enterrar todo aquello que nos aleja de la comunión con el prójimo y por consiguiente, de Dios Padre. Yo sé lo que debo enterrar hoy. ¿Y tú? Sólo los que en vida nos esforcemos por enterrar nuestro desamor, en la muerte terrena seremos capaces de brotar a la vida eterna…
Jesús le dijo a Nicodemo que necesitaba nacer del agua y del espíritu, que necesitaba nacer de nuevo, desde arriba. Pidamos al Señor que nos cobije con su gracia y nos renueve con su Espíritu Santo para comprender cuál es nuestra misión en tanto nos llega la hora, a cada uno, de abrazarnos al sepulcro con la confianza de que Jesús es la Resurrección y la Vida.
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